En torno a Cabeza de Avestruz de Luis Borja

José Antonio Figueroa

He tenido el gusto de leer la colección de cuentos Cabeza de Avestruz de Luis Borja publicado el año pasado por la Editorial Turbina. En esta formidable colección de cuentos Borja nos recuerda las aporías entre la narración y la vida, entre el acontecimiento y el devenir y delega al texto la laboriosa tarea de ensayar algunos posibles cruces entre estas experiencias cruciales. Borja hace una apuesta y tiene una clara opción: los acontecimientos pueden ser amargos, fugaces, delirantes, o, por qué no, divertidos o irónicos; o como fotografías o pinturas, pueden poseer los componentes necesarios para declararse totales o autónomos. Sin embargo, en estos relatos cada acontecimiento está forzosamente colgado a otro igual de potente y a otro y a otro, lo que lo saca de su pretensión de totalidad y lo obliga a reconectarse con el texto. Una vez el acontecimiento está reconectado en el texto, una vez está reposicionado, nos encontramos con una potente narración que se debe por igual a la fuerza de los acontecimientos o a su devenir y se da así el lujo de  evitar cualquier final conciliatorio.

El texto de Borja está diseñado por narraciones que tienen fuerza suficiente para evitar cualquier cómoda conciliación en un punto final, pero su mirada, que es en últimas la que construye el acontecimiento y la narración, está atravesada por una profunda melancolía que parecería marcar todo tiempo, todo paisaje y toda la experiencia de la contemporaneidad. ¿Qué otra cosa, sino una profunda melancolía, marca la noche de un exfutbolista, que encerrado en una habitación con su compañera travestida y en medio de toda la oscuridad paranoide de los consumidores de bazuco,  fuma mientras evoca sus apasionados encuentros con ese nostálgico personaje que fuera su entrenador y se culpabiliza por haber causado un final a todas luces irremediable?

En los textos de Borja, la melancolía se cuela en el contraste entre personajes honestos, desgarrados y que, alejados del cinismo, añoran un mundo deseado o perdido que no llegará jamás y otros marginados del tiempo, creyentes en una autoridad y en unas creencias que no funcionan en su presente y que no son más que tristes fantasmas inmersos en una neurótica soledad, sin intermediación ni eco social. El desgarramiento define también los paisajes donde predomina un sentido de extranjeritud en las calles, en las casas, en las noches, en los encuentros y los lenguajes de quienes se suponen llamados a encontrarse pero no lo harán jamás.

Las tensiones entre la narración y la vida, entre el acontecimiento y el devenir y el papel gravitante de la melancolía que ayudan a evitar cualquier final fácil a través de un punto final concluyente, están acompañadas en los textos de Borja de una  fructífera y pertinente confrontación y diálogo de la literatura con el cine y la dramaturgia, pero especialmente con la música.

En un cuento como Olor a higos la música se convierte en un tercer personaje. En este texto la referencia a la muerte, la banalidad de la salvación y la melancolía –a la que Kristeva asocia con el descreimiento-, y las expresiones recónditas del deseo que forman la pieza musical If you are feeling sinister de Belle y Sebastian, son elogiados por María, la protagonista, para crear el ambiente perfecto para confesar a Franz los más protegidos secretos de su sadomasoquismo, sin sospechar que sólo estaba abriendo el inicio del fin de sus encuentros. Antes de este desenlace, la música se cuela tenuemente en un cuento narrado por una voz femenina cuya vida transita marcada por una genitalizada sexualidad.

Además de las fusiones de la literatura con la música, el cine y el teatro, en los textos de Borja hay  una permanente referencia al olvido que viene de la mano de la senectud y del Alzheimer y sólo en breves momentos se atreve a abrir la posibilidad de la dignificación del final de la vida por el arte, mientras algunas de sus narraciones describen minuciosamente la hilaridad alucinante del espíritu del alcohol y de las drogas, y nos invita a entrar a su mundo con un whisky en la mano disfrutando un largo solo de Jimmi Hendrix.