La tiranía de la transición

Carol Murillo Ruiz

Hay muchas tiranías en el mundo público y privado. Tiranías cotidianas en el espacio laboral o en las familias controladoras. Tiranías de relaciones personales unívocas y exclusivistas. Tiranías políticas revestidas de la parafernalia retórica de la democracia. Esta última es la que vive el Ecuador actual: una tiranía política y comunicacional que se sirve de una porción del poder ganado y legalizado en las elecciones de 2017 para trastocarlo a través de una consulta mendaz en 2018.

Todo lo hecho hasta hoy, a pesar de la cortina de humo lanzada en los ojos y narices de la gente, es la prueba fehaciente de que la institucionalidad lograda en la década pasada peligra y que los cambios ‘autorizados’ por el pueblo el 4 de febrero lograrán lo que tanto reprocharon a Rafael Correa y que nunca hizo: tiranizar, por fuera de institucionalidad, la designación de las principales autoridades de control de la organización estatal.

¿Cómo es posible que nadie se queje del caos institucional que desde agosto de 2017 vive el Ecuador? ¿Es dable que el discurso sobre la corrupción haya causado una especie de absoluta miopía social que no se perciba que atrás de todo lo único que hay es el interés supremo de acabar con un modelo de Estado? ¿Acaso hoy no se nota ya que el show anticorreísta lo que busca es restituir relaciones de poder que antes perdieron su influencia en los pasillos de Carondelet?

El secuestro político, económico, mediático y ¿moral? que vive el país debe hacernos meditar profundamente en lo que se hizo mal durante los últimos tiempos. Un secuestro de la opinión pública así de absorbente es nocivo para la vida democrática de cualquier nación. Los referentes de información que antes tenían contradictores y versiones contrapuestas, hoy se han evaporado. Circula una información única. Un enfoque único. Unos analistas que colocan sus obsesiones –ni siquiera sus opiniones- en la palestra pública sin ningún escrúpulo. Y la economía, el eje real del jaleo hoy, es tratada como la prostituta a la que hay que recomprar para sacudirla de sus antiguos usuarios que la enloquecieron con sus juegos de inversión social y no con los nuevos/viejos juegos de recato fiscal.

Las dos puntas de la disputa (la economía y la política), además, parecen obviar del debate -¿hay debate?- que lo real, no la retórica de los cronistas del apocalipsis, es sobre asuntos de fondo: el modelo de Estado y el reacomodamiento de los grupos de poder desplazados esta década.

Y eso se nota en lo siguiente: para ciertos analistas este es un gobierno fuerte; para otros, un gobierno débil. No me apunto en ningún extremo. Este es un gobierno impostor. Sirve a intereses concretos pero invisibles a la percepción del pueblo aún. Llama la atención que, por ejemplo, Guillermo Lasso haya anunciado su próxima candidatura presidencial. Faltan tres años para las elecciones. Pero como las sospechas abundan, nadie sabe si las elecciones serán antes…

La incertidumbre reina en el país. Los rumores fuera de los focos mediáticos cunden y el miedo a unas medidas económicas fuertes alimenta la idea de que dentro del gobierno hay una disputa por la direccionalidad política e ideológica… pero eso se verá, por fin, cuando anuncien el paquetazo.

Simular esa disputa también es parte de la distracción política actual. Lo que se cuece en las alturas del poder es algo más que un barullo de coyuntura, es la apuesta fatal por revelar que la transición de la que tanto han hablado no solo consiste en desmantelar el correísmo sino qué y quiénes lo van suplir. Y, sobre todo, cuándo.