La nueva Edad-media: desinformación masiva e info-intoxicación 2.0

Hernán Reyes Aguinaga

Desinformación. Rara palabra para una sociedad donde las búsquedas en internet parecerían depositar en cada clic la posibilidad del acceso a una infinidad de información, de acuerdo a las necesidades y preferencias de cada usuario de la red.

 Sin embargo, la realidad parece siempre ocultar una cara siniestra. La supuesta “sociedad de la información” ya evidencia sus propias contradicciones más profundas. Como bien lo anota Ignacio Aguaded, ahora vivimos simultáneamente tres fenómenos de efecto inesperado; sobresaturación informativa junto con una expansión relacional nunca antes vistas; creciente ausencia de filtrados editoriales y cambio profundo del modelo periodístico clásico; y, auge de los contenidos pseudo-informativos. Se trata, entonces, de un radical efecto desinformativo en la era del Internet o si se quiere y en alusión a las clarividencias de Vattimo, de la opacidad más profunda en tiempos de la sociedad de la transparencia.

¿Cómo es posible hablar de desinformación en un tiempo infoesférico? Tal posible paradoja ya fue explorada hace años por un sociólogo, Scott Lash, quien acuñó la idea de una “sociedad desinformada de la información”, donde las dos acepciones de “información” aparecen contraponiéndose una con otra: más información sobre el mundo en que vivimos, pero a la postre, menos formación del sujeto, en cuanto a disponer de un mundo con sentido.

¿Cómo esta situación afecta -y hasta pone en serio riesgo de existencia- al oficio del periodístico? Aguaded estudió el efecto desinformativo del internet alrededor de la multitud de las reflexiones académicas hechas los últimos años respecto a términos como “desinformación digital”, “sobresaturación informativa”, “infopolución”, “infoxicación”, “infodieta”, “pseudo-información”, “mediamorfosis”, “crisis de los medios de comunicación”, “competencia digital”, “competencias comunicativas” y “competencias comunicacionales”.

Sus conclusiones son estremecedoras. En primer lugar, es “casi imposible para aquellos carentes de suficientes niveles de competencia digital, informacional y comunicativa, distinguir entre información, rumores y desinformación”. Por otra parte, “la desinformación queda insertada como elemento fundacional del ecosistema”, es decir, es imposible informarse de algo, sin a la vez quedar desinformado, o al menos, correr serios riesgos de quedarlo.

En tercer término, no sólo es la lógica “prosumidora” de los usuarios de Internet la única que puede ocasionar graves daños a la capacidad de las personas para saber qué está pasando en realidad. La lógica concentradora y centralizadora del mercado informativo empobrece la diversidad informativa, hasta casi su anulación. Como evidencia Aguaded, hay un “efecto ventrílocuo”, pues las grandes empresas mediáticas privadas globales monopolizan los mismos “recalentados informativos” de sus multimedios, con el fin de obtener mayor rentabilidad. O sea, reina la uniformidad de las versiones e interpretaciones de las Big Five (Reuters, Associate Press, Agence-France-Presse, EFE), agencias que son fuente obligada para los medios más chicos respecto a los temas de impacto mundial.

Lo anterior está acompañado de la opción por la inmediatez, la gratuidad y la masividad informativas, o en palabras de Aguaded, la presencia del “periodismo autómata”, aquel que “otorga más espacio a los contenidos de entretenimiento, opinión y notas de prensa provenientes de gabinetes de comunicación, mientras son cada vez menos presenciales los géneros interpretativos y de investigación”, fruto de la “crisis laboral” en los medios de comunicación y no, como algunos intentan falsamente decir, de las normas regulatorias.

Finalmente está el auge de los pseudo-contenidos informativos, los que se refieren a aquel acontecimiento “que discursivamente se construye o es prefabricado para que tenga cabida en los factores de interés de la audiencia, pero que carece absolutamente de relevancia”, actividad diaria del periodismo de la no-información.

Ya no son casos aislados de mala práctica periodística como aquellos que cuestionaba hace años Ignacio Ramonet: el recordado caso de Jayson Blair, periodista estrella de The New York Times que falsificaba hechos, plagiaba artículos de Internet y que inventó decenas de historias hasta publicadas en portada; o aquel del reportero Jack Kelley, un reportero-entrevistador y estrella internacional del USA Today que resultó un falsificador compulsivo de relatos sensacionales, un “impostor en serie” que estuvo suelto entre 1993 y 2003.

Hoy en día se puede afirmar categóricamente que el ecosistema comunicacional y digital actual “es endógeno y sistémicamente desinformativo”, sobresaturador e infoxicador. Ante tal escenario desastroso, ¿hay cabida aún para poder hacer de la información un bien público estratégico, o simplemente decidimos aceptar que cada quien esté  inmerso, aislado y perdido en su propia esfera de realidad imaginada? La lucha recién empieza.