La reportería o el periodismo de riesgo

Álvaro Samaniego

Todos quienes hemos oficiado alguna vez de reporteros enfrentamos riesgos. Unos mayores y otros menores. Recuerdo que alguna vez hacía una transmisión en vivo para televisión desde un mercado y las vendedoras estaban en un estado de frenesí inusual; decidieron adornar la transmisión de la información con tomates y lechugas que volaban por los aires.

Pululan siempre riesgos como el de hacer el ridículo, de equivocarse aparatosamente, de confiar en quien no se debe, no tener fuentes de información suficientes. También riesgos mucho más serios para los que difícilmente hay un proceso de preparación ni un protocolo establecido.

Lo que sucedió con el equipo periodístico del diario El Comercio es un ejemplo de tales riesgos y es de los casos que terminaron con el peor epílogo; pero muchos hemos enfrentado situaciones similares.

Más todavía cuando un periodista es joven, pero en general, siempre hay una pregunta rondando alrededor de la reportería: hasta qué precio estás dispuestos a pagar por una información. Y, para quienes son aficionados a las “exclusivas”, cuánto está dispuesto un comunicador a arriesgar por conseguirla.

Esa, comúnmente, es una decisión individual. En general (sé de excepciones pero no las he visto) un periodista puede negarse a realizar una cobertura que considere ponga en riesgo su integridad. Pero si no se niega, si la dirección del medio le comisiona a realizar una cobertura y no se opone, hay como una aceptación implícita de que conoce los riesgos y que está dispuesto a asumirlos, pero como una decisión personal.

La dirección de un medio que comisiona a un periodista, quien generalmente es el jefe del equipo, cree que su criterio es suficiente para enfrentar tanto los desafíos comunicacionales como los imprevistos operativos.

Se presupone, así mismo, que el periodista se informará antes de acudir a las coberturas, más todavía cuando el corresponsal acude a un evento o a una zona geográfica que está en conflicto.

Muchas cosas se pueden hacer anticipadamente pero solo cuando comienza a realizarse la cobertura los riesgos se exponen en su verdadera magnitud, más allá de las especulaciones previas.

Los periodistas tenemos una obligación con la verdad y buena parte de los obstáculos con los que nos topamos en la reportería es cumplir con esa obligación. Una ejemplo de ello es que ninguno de los que hemos estado en esta profesión hubiéramos permitido que una patrulla militar impida que vayamos donde suponemos que está la noticia.

Hay dos argumentos básicos: el primero es que los militares no saben (no tienen por qué saber) ni entienden (no tienen por qué entender) cuáles son las circunstancias del quehacer periodístico y por eso “las amables sugerencias” que hagan las fuerzas del orden sobre si un periodista puede o no transitar son eso, sugerencias.

El segundo argumento es que las leyes nacionales garantizan el libre tránsito de los ciudadanos por el territorio nacional (salvo limitaciones específicas). De manera que si no existía una declaratoria de emergencia nadie podía impedir que los comunicadores circulen por donde consideraran oportuno. Yo tampoco hubiera permitido que una patrulla me limite mi movimiento.

Luego, en el análisis de una cobertura un periodista sabe que si decide cruzar una frontera está solo. Su medio de comunicación le respaldará bajo ciertas condiciones, pero ni la sociedad ni el gobierno ni el Estado son responsables o tienen que hacerse responsables de los efectos que pueda acarrear esa decisión.

Para poner un poco de contexto: los comunicadores sabemos que en esa parte de la línea entre Ecuador y Colombia pasan muchas más cosas de las que nos cuentan. Que siempre ha sido una frontera caliente y que hay muy poco control sobre los protagonistas. Se mezclan desde los más ideológicos combatientes por la revolución hasta constructores de submarinos para narcotráfico, pasando por bandas de delincuentes, negociantes de drogas, comerciantes de armas y otras tantas ramas delictivas. Así ha sido durante mucho tiempo. Es de suponerse que un corresponsal enviado a un área de semejante inestabilidad lo sabe.

Este párrafo ya es especulativo. Para tomar la decisión de ir más allá del límite se debería medir el riesgo. La disyuntiva clave es: ¿entraré en un territorio en el que no me pueden amparar las instituciones del país, en el cual no hay ninguna garantía para hacer una cobertura de un grupo de supuestos disidentes de la guerrilla que tienen fama de violentos? Esa es una decisión íntima –porque nadie le obliga a un periodista a hacer reportería de esta naturaleza- y es necesario tener conciencia de que las garantías que pueda tener un comunicador en su trabajo cotidiano desaparecen en condiciones de conflicto. Es decir, si el objetivo comunicacional era el tal (a) “Wacho”, un periodista no puede esperar que el encuentro sea fluido, porque hay demasiados (malos) intereses de por medio. Incluso ha habido casos en que fuerzas oscuras empujaron a comunicadores a esos despeñaderos con fines de geopolítica. Hasta aquí el párrafo especulativo.

No se ha dado a conocer y probablemente no se sepa con exactitud, los colegas aceptaron una cobertura de alto riesgo y el desenlace fue el peor. Quienes hemos hecho cobertura de riesgo y hemos vivido un final feliz sabemos con un poco más de certeza la dimensión de lo sucedido y adoptamos una posición de congoja y solidaridad. Y no se nos quita de la mente la frase de “pude haber sido yo”.

Cientos de periodistas pierden la vida todos los años. En todos los casos debieron tomar decisiones: ¿hago o no la cobertura de zona de riesgo?, ¿hago o no la cobertura de un tema de riesgo?, ¿cuáles son los límites?

Al menos en tres ocasiones escuché muy cerca de mi cabeza el sonido de las balas, balas que no iban contra mí que era un periodista haciendo su trabajo: reportería en medio de un enfrentamiento. Esas noticias las conseguí porque esas balas no me encontraron en su camino.