Santos, el póker y la OTAN

José Antonio Figueroa

Analizar la forma de operar Juan Manuel Santos constituye un tema obligatorio para todo el que quiera conocer el decálogo de la razón instrumental en la política. De él se cuenta que cuando joven, por allá en los cada vez más lejanos ‘60, se cortó la barba luego de visitar el palacio de San Carlos en Bogotá y constatar que ninguno de los cuadros de los expresidentes los mostraba barbados. En plena juventud sabía que su precoz decisión de llegar a la presidencia de Colombia tenía todas las opciones de ser real, ya que él pertenece al reducido grupo de familias que ha ostentado por siglos el poder en Colombia como una monarquía. Los otros factores a su favor son la frialdad y el cálculo con los que procede y con los que proyecta a largo plazo sus decisiones. Este factores, a decir de los que conocen el póker, constituyen un componente imprescindible de ese juego que tiene como uno de sus pilares el engaño al enemigo, haciéndole creer una cosa cuando realmente se está haciendo otra. Sólo alguien con gran maestría en el uso de la razón instrumental de la política pudo haber hecho un anuncio tan dramático como el de la incorporación de Colombia a la OTAN, tal y como si se lo contara en la sección de frivolidades de un periódico, o lo hubieran sorprendido tomándose un selfie frente al Manneken Pis en Bruselas. El tiempo político para el anuncio fue perfecto ya que el país y la región están inmersos en la discusión de los resultados de la primera vuelta electoral en Colombia.

Este proceder del maestro del póker no es novedoso: en 2005, cuando Álvaro Uribe se encontraba en la cima de su popularidad luego de haber convencido a buena parte del establecimiento político colombiano de las bondades del fascismo tropical que logró consolidar en su primer período presidencial, Juan Manuel Santos fue capaz de abandonar el partido liberal y fundar el partido de la U, reconociendo al líder del nuevo estamento del paramilitarismo y de la guerra sucia. Este hecho le ganó la confianza de Álvaro Uribe quien lo nombró su Ministro de Defensa y le endosó todo su capital hasta llevarlo a la presidencia en el 2010.

Las actuaciones de Juan Manuel Santos como Ministro de Defensa de Uribe muestran la magia de exhibir y esconder a conveniencia las cartas en el póker: en el período de su gestión ocurrieron los eventos más espectaculares de la guerra contra las FARC, mientras se profundizó la guerra sucia y el desplazamiento de población interna y salieron los falsos positivos, uno de los hechos más sombríos en la tenebrosa historia política de Colombia. Entre las acciones que lideró estuvo la Operación Jaque en la que se liberó a Ingrid Betancourt, a tres contratistas norteamericanos y a 11 militares en un evento que Álvaro Uribe no tardó en calificar como una operación militar perfecta, mientras que periodistas como Gonzalo Guillén la describieron como el desenlace de un pago millonario que se les hizo a los guerrilleros que custodiaban a los secuestrados; en su período también ocurrió el ataque de Angostura, conocido como la Operación Fénix, donde las Fuerzas Armadas colombianas violaron la soberanía del Ecuador, mataron al jefe guerrillero Raúl Reyes y a varios civiles, asestando un golpe a las relaciones binacionales cuyos efectos aún hoy perduran. A los falsos positivos no se les puede describir más que como una de las mayores infamias, al colocar como guerrilleros caídos en combate a campesinos a los que se les reclutaba y se les ejecutaba, luego de crear el mecanismo de pago de beneficios económicos a los militares de acuerdo al número de muertos que reportaban en la guerra.

Una vez lograda la presidencia, Juan Manuel Santos se centró en conseguir la firma de la paz con las FARC, lo que le permitió ganar el Premio Nobel en el 2016. Sin embargo, más allá de esa firma Santos ha hecho poco para garantizar el éxito del acuerdo ya que en su gestión presidencial se profundizó el despojo neoliberal, aumentó al doble la producción de coca y ya van más de 50 desmovilizados de las FARC que han sido asesinados, presagiando la repetición de genocidio contra la Unión Patriótica.

Ahora, en medio de una contienda electoral que por primera vez coloca a la izquierda con posibilidades reales de llegar al poder en Colombia, Santos anuncia el ingreso de ese país a la OTAN, mostrando de nuevo su cercanía con la extrema derecha de Uribe y de su candidato Iván Duque. Estas declaraciones han pasado casi desapercibidas a pesar de que significan la entrega de la soberanía de la región a los intereses de los países del Atlántico Norte, la conversión explícita del continente en un tablero de juego similar al Medio Oriente y se crean las condiciones para el ejercicio colonial directo de los Estados Unidos, en un contexto de crisis global del neoliberalismo y de empoderamiento del fascismo de los países de la OTAN. Colombia tiene una situación política inestable que impacta en los países vecinos y hay una tensión creciente con Venezuela.  Como miembro de la OTAN Colombia puede argumentar una agresión por parte de Venezuela lo que bastaría para que se activen los protocolos de la organización y el escenario de la guerra potencial simplemente se convierte en guerra generalizada, con armas nucleares de por medio.