¿Resulta útil el lenguaje inclusivo?

Nicolás Villavicencio

Cuando saltó la noticia sobre la propuesta de Sophia Gubb y la subsiguiente polémica que despertó, me costó creer que fuera cierto, y, que, además, varios grupos feministas y pro género decidieran adoptarlas. Me refiero a la pretensión de transformar el idioma español para que este tenga un matiz más “inclusivo”. Lo que la bloguera plantea es eliminar las distinciones entre femenino y masculino en el lenguaje, reemplazando los sufijos “a” y “o” por la letra “e”. Una oración en la que se aplique este lenguaje “inclusivo” se vería de este modo: “nuestres amigues juegan emocionades”.

Las críticas que ha suscitado la propuesta de Gubb se centran, en su mayoría, en el problema lingüístico que acarrea, tal es el caso de Gloria Toledo, quien señala —refiriéndose en principio al uso de frases “inclusivas” como “todos y todas”, “amigos y amigas”, entre otras —, que el lenguaje tiende a evolucionar siguiendo “mecanismos de economía”, es decir, reduciendo el uso dispensable de ciertos términos e incluso letras, por lo que estas maneras de referirse a un grupo heterogéneo de personas (en su género) resulta innecesario. Con relación a la idea de Gubb, Toledo asevera que la lengua no es machista, lo es la sociedad. Es desde esta idea que parto para sostener mi crítica, saliéndome de los planteamientos lingüísticos y orientándome a lo que sucede en la sociedad.

Pregunto al lector: ¿configura el lenguaje la sociedad? O, por el contrario, ¿es la sociedad la que construye el lenguaje? Asumo la segunda posición, el lenguaje sirve como instrumento expresivo y denotativo de la realidad (me sostengo en las ideas de Pavio y Begg, citados en Ríos: usamos las palabras para darle nombre a lo que percibimos, a lo que sentimos y a lo que construimos. No podríamos dar nombre a algo tal como el machismo si no fuera real y profundamente palpable, el hecho de que nuestra lengua tienda a ensalzar el sexo masculino y el lenguaje cotidiano esté plagado de connotaciones machistas -casi siempre invisibilizadas- se explica porque la estructura social es machista; la lengua y el lenguaje son nada más que proyecciones que dan cuenta de las bases y configuraciones sociales que quedan ocultas al observador superficial.

Teniendo esto en cuenta, la propuesta de Sophia Gubb resulta no solo innecesaria, también inútil. Es imprescindible cambiar la estructura económico-social desde sus raíces, pues el lenguaje se transformará o no en función de ello, de todos modos es lo de menos; es por mucho, más importante, que podamos realmente sentirnos pertenecientes al género humano, para que el lenguaje, con el tiempo, sea capaz de denominarlo, pero mientras no exista esa condición, dar nombre a algo que no existe es ridículo. El lenguaje y la lengua, en sí, varían con el pasar del tiempo (basta ojear el Quijote para notarlo), mutan en función de las necesidades y condiciones materiales, pero la relación no se da en dirección contraria. Cito a Sara Sariol, que se refiere al mismo tema: “Se trata de ir a lo esencial; la forma es algo secundario”.

Finalizo diciendo que la lucha no es mala, simplemente está mal encaminada, la lucha por la inclusión de género debe orientarse a los cambios estructurales, no a las derivadas ad hoc de dichas estructuras. Lo único que se logra insistiendo en cambiar nimiedades como estas es el desprestigio social del feminismo y de las pugnas por la inclusión de género, que por cómo se conciben en el imaginario actual, no conviene hacerles más daño.

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