La UNASUR no es negociable ni vendible

EDITORIAL RK

El patrón que sigue Lenín Moreno queda claro, de nuevo: sus aliados, la prensa comercial y pública, “reportan” los males de una persona, institución o proceso, crean una corriente de opinión adversa y su gobierno toma la decisión (supuestamente acogiendo el “clamor ciudadano”).

Desde el 24 de mayo de 2017 ha quedado clara esa estrategia. Y ahora con la Unasur vuelve por la misma ruta. Ni siquiera la prensa latinoamericana de derecha ha tenido la desfachatez de oponerse a un proceso de integración que -con errores propios de su nacimiento y crecimiento- ha dado pautas para un desarrollo regional autónomo con grandes perspectivas de frutos positivos para todos.

Para justificar la entrega del edificio a una universidad supuestamente intercultural e indígena, Moreno dice que se trata de un elefante blanco (lo mismo que ha dicho la prensa en sus “investigaciones”), que es una organización que ha fracasado (lo mismo que ha dicho Guillermo Lasso), que su trabajo se ha ideologizado (lo mismo que han dicho los editorialistas y supuestos académicos).

Ocurre exactamente lo mismo que se hizo para destruir la integración andina, cuando los empresarios y élites de derecha optaron por inclinarse a las directrices de EE.UU. y dejaron de lado las buenas oportunidades para el desarrollo de una industrialización local, participación conjunta de los grupos económicos nacionales y con eso, además, tendieron el puente a los tratados de libre comercio con la mayor potencia militar.

Lenín Moreno parece no entender el sentido y significado de la compleja oportunidad que implica un organismo que está por encima de los momentos políticos o las visiones de cada gobierno de turno. Tan es así que en su nacimiento, un gran acuerdo colectivo, estuvo más de un presidente de derecha. Sin embargo, hay otra orden desde EE.UU.: nadie puede aliarse para crearle competencias a la OEA donde Washington, como sede y sustento económico, decide según las opiniones del mandatario de ese país.

La entrega del edificio a una organización indígena ecuatoriana no es una potestad particular del Presidente del Ecuador y tampoco puede convertirse en una dádiva o chantaje político al indigenismo. Se trata no solo de un símbolo: ese edificio -como es la sede de la ONU en New York o la OMC en Ginebra o cualquier institución internacional- tiene unos significados que quizá el entorno de Moreno no mira con perspectiva histórica.

Quito, con la Unasur y su edificio, se convirtió en la capital de Sudamérica y siendo así hay unas responsabilidades políticas, administrativas y económicas como todo anfitrión que se precia de tal. Según el Acuerdo Sustitutivo del Acuerdo entre Ecuador y la Secretaría General de la Unasur, del año 2015, para que Ecuador haga uso del edificio, en primer lugar los países miembros deberían decidir el cambio del lugar de la sede y también que Ecuador se retire de este organismo.

Los caprichos de un gobernante o su entorno político, diplomático, mediático y corporativo no pueden irse por encima de procesos históricos que desde Simón Bolívar y pasando por las luchas de generaciones de líderes y estadistas latinoamericanos han forjado con gran esfuerzo procesos de integración para constituirse en entidades de cooperación, solidaridad y trabajo colectivo, cercano y efectivo.

Lo que hace y hará Moreno con Unasur solo mide su talla y visión política y evidentemente quedará marcado en la historia y no será ésta la que lo reivindique, todo lo contrario.

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