¡Viva la patria boba!

Carol Murillo Ruiz

Al parecer todo el mundo le tiene miedo a las crisis: económicas, sentimentales, existenciales. En la media de la vida social, la crisis económica, presentada como una situación en la que lo que más peligra es la posibilidad de solventar las necesidades básicas (comer, vestirse, tener dónde vivir) ese miedo se agranda cuando hay señales concretas de que la crisis es inminente por las medidas que toma un gobierno con los pretextos que sean.

Pero hoy, en el Ecuador, la crisis está disfrazada de la corrupción previa, es decir, cualquier cosa que se haga hoy para salvar a los ecuatorianos se debe fundamentalmente a que la mesa estaba vacía, peor: devastada.

Decía que el miedo se acrecienta cuando hay señales que anuncian el terremoto de la crisis: subida del precio de los combustibles, de los pasajes, de los servicios, etc. Pero no hay información sobre eso, por el contrario, se la niega o relativiza con declaraciones oficiales inoficiosas.

Hace poco leí una entrevista a Noam Chomsky que me produjo primero un malestar (perplejidad) y luego una reflexión que quiero compartirla con los lectores de Ruta Krítica. Él decía: “La desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos”. Semejante afirmación en tiempos de ‘información tecnológica’, es decir que pasa por filtros de fotos, interpretación, montajes, ilustraciones, descontextualización, (incluso la epidemia de la postverdad), hace que los hechos reales, aquellos que pasan en la realidad, que son concretos, comprobables (luego de una pesquisa rigurosa por comunicadores, investigadores o analistas serios) hoy entran en tela de duda porque casi nunca los hechos (los cientos, miles y millones de hechos) no están al alcance directo de las audiencias y menos de los ciudadanos comunes. Ergo, un hecho real no siempre es un hecho real leíble –en concreto- por el público invisible a él.

Y aquí viene lo que dice Chomsky: la gente ya no cree en los hechos. Yo apunto: no porque éstos no existan sino porque su lectura, su acceso a ellos, su evidencia como devenir de causas no conocidas, están vaciados del antecedente o la razón que los provoca. En este punto es fácil que los hechos, de cualquier tipo, sean interpretados también de cualquier manera, es decir, que se los niegue, se los pase por alto, se los tergiverse, se los relativice, se los olvide. La mente humana, ya colonizada por las imágenes (ubicuas) de los medios audiovisuales está en desventaja para asimilar, aprehender o desmenuzar un hecho o varios hechos; porque lo que cuenta es que vertiginosidad de éstos anula a los precedentes y cada uno o grupos de hechos son eclipsados por la cascada de imágenes de los mismos y sus reemplazos.

En el caso que presentamos al principio como pre-texto, la crisis económica y las medidas que agudizarán su efecto en la vida cotidiana de nuestra población, no se muestran como un hecho o varios hechos, o sea, decisiones políticas y financieras tomadas para recuperar la noción y la práctica neoliberal de cómo entienden la economía las actuales autoridades gubernamentales y sus socios de la empresa privada, sino que eso que es esencial para el día a día de la gente es desplazado por los escándalos y la crónica roja política en que se han convertido los nichos mediáticos del país.

¿Cuál era mi perplejidad con Chomsky en relación a que la gente ya no cree en los hechos? A lo siguiente: si los medios conciben escándalos o ese nuevo género de la crónica roja política (el anticorreísmo es eso) y trabajan en ello día y noche: ¿es que la gente los cree y, por tanto, es un negocio informativo (e ideológico) idear noticias con hechos figurados? El juego de imágenes y contenidos es sustancial para que los medios y su relación con las audiencias existan.

Así, cuando un caso delictivo como el de Balda es enfocado como la vendetta de un político (no un prontuariado, que es lo que es) frente a un ex jefe de Estado, y los medios tratan la ‘información’ como un caso juzgado (sobre todo en sus redacciones físicas o virtuales), ¿es que ese “hecho” es creído por el público? Al parecer sí. ¿Por qué? Porque en el Ecuador de hoy el rapto mediático ha permitido, por más de un año, crear “hechos creíbles”, que apelan a la sugestión colectiva, a la transfusión de la moral del poder al espíritu sencillo del pueblo, al instinto del maniqueísmo más básico para invertir lo que Chomsky dice: la gente no cree en los hechos, cree en los hechos fabricados por el dominio mediático y político. Ecuador es un ejemplo chusco.

Mientras, la crisis económica cabalga rauda en la rutina de la gente, el desempleo crece, la informalidad llena las calles y el transporte público, la mendicidad abunda en los semáforos, el comercio de contrabando atesta algunas veredas de las ciudades, y lo cardinal para el régimen y los medios es mostrar que un malhechor joven y ‘guapo’ puede llegar a Carondelet algún día. ¡Viva la patria boba!