El discurso neoconservador como eje de la política ecuatoriana

Alejandro Salazar

Hace un año y un poco más, el Ecuador eligió democráticamente a quienes muchos consideraron sería “el nuevo caudillo del correísmo”; sin embargo los vientos de diálogo y los “aires de libertad” que empezaron a emanar del nuevo presidente traerían no la continuidad del proyecto progresista de la Revolución Ciudadana, sino las pútridas políticas neoliberales.

Los discursos que creíamos superados y agotados en los 90´s vuelven ahora con plena vigencia y completamente re potencializados a vencer en la disputa por el espacio de poder que por una década les fue justa y necesariamente arrebatado. Este espacio de poder al que me refiero es el Estado, sus instituciones y todo lo que tenga que ver con la administración pública.

A partir de la apropiación del espacio, este se funcionaliza en detrimento de la gran mayoría de gente y aparece ahora como servil de los intereses de quienes manejan oprobiosamente la economía. Lo interesante, sin embargo, no es solo lo que hacen, sino cómo lo hacen. Llevar a cabo esta re funcionalización del aparato gubernamental implica el retorno de matrices de pensamiento retardatarias, reaccionarias y retrógradas que hallan, a mala hora, en Carondelet el nicho de reproducción propicio.

Detrás del discursillo de “superar la confrontación” de “despolarizar al país” se puede entrever cómo aparece de a poco sigiloso pero infamemente el discurso propio de un proyecto neoconservador.  

El discurso neoconservador, si bien mantiene sus tensiones e incluso distancias con el discurso neoliberal, aparece en nuestra coyuntura perfectamente funcional a los intereses del neoliberalismo, pues en efecto, ambos pretenden hacer de la economía (capitalista) y del mercado el nuevo lenguaje de la política.

El neoconservadurismo aparece como una reacción ante la “amenaza roja” que representaban Correa y el progresismo, sin embargo es más que un proyecto de carácter político, es una forma de producir y reproducir la vida material e inmaterial de la población.

Modifica nociones claves como la de “democracia”, muta el concepto y lo llena de una carga negativa, lo presenta como el despojo del individuo de toda responsabilidad y, según los neoconservadores, lo induce dentro de la voluntad general que es por antonomasia irracional e irreflexiva; en el discurso neoconservador es necesario mostrar a la democracia como otra forma de despotismo. 

Ligado a esto aparece también el rechazo hacia la política en tanto práctica estatal y solo a ocuparse de la administración pública. Los postulados neoconservadores convierten a la práctica de la política en una suerte de “pantano” o “fosa” en dónde “solo los corruptos y ladrones triunfan”.

El gobierno, en su afán por “despolitizar la política”, atenta contra las instituciones que el mismo precede y en su afán por descorreizar el país teje la soga con la que pronto ha de ahorcarse. Como ejemplo de este rechazo a la institucionalidad “heredada” del correísmo hallamos una Corte Constitucional que emite una sentencia de nulidad sobre las enmiendas constitucionales tramitadas  por ese mismo organismo apenas tres años antes.

El discurso neoconservador apunta también a afianzar axiomas como la libertad completa del individuo, libertad que deberá ser ejercida únicamente bajo los principios de las leyes universales del mercado, rechazando a raja tabla cualquier intervención estatal en los asuntos privados o personales. Tal premisa lleva a concebirnos como individuos antropocéntricos y completamente autónomos que construyen una sociedad atomizada cuyos únicos puntos en común son valores o sitios de referencia que nos permitan reflejarnos cómo un todo compacto pero heterogéneo. La patria, la familia (heterosexual), la nación, son algunos de estos lugares en dónde se refugia el individuo.

Cuando existe el más mínimo intento de trastocar esos altísimos valores, en pos de mejorar de alguna forma las condiciones de la vida de la sociedad en general, la reacción es inmediata y en varias ocasiones violenta. Como ejemplo encontramos la férrea oposición que despertó la intención de reforzar el pensum educativo con un enfoque inclusivo y diverso en cuanto a temas relacionados con la identidad de género. No se hicieron esperar las marchas, concentraciones, plantones, hashtags, pronunciamientos y demás que clamaban por el derecho de educar a los niños en libertad, sin “ideología de género”, de educar en base a la homofobia y a la discriminación, pero eso sí sin ninguna intervención del estado, que, según estos sectores, pretendía atentar contra el diseño de familia original y tradicional.

A tal nivel llegó la reacción neoconservadora, que la Asamblea Nacional (dónde algún legislador hace poco afirmó que “el aborto es un asesinato infernal” y que “emergen del cerebro mismo de Satanás y también del corazón del infierno, actos de corrupción en la sociedad ecuatoriana”) aprobó una resolución en la que se exhorta a todos los órganos del poder público a cumplir con su más alto deber, que es el respeto a los derechos garantizados en la Constitución, incluyendo el derecho de los padres para criar y educar a sus hijos según sus principios, creencias y opciones pedagógicas.

Ejemplos como estos sobran desgraciadamente a la hora de voltear la vista hacia la política ecuatoriana que a cada paso que da parece intentar aplacar, mantener, retener, sustraer y eliminar cualquier posibilidad de reacción desde las grandes mayorías a las que afecta.

El proyecto neoconservador ha de suprimir la democracia liberal pues si la democracia es el proyecto político de las mayorías por definición, el neoconservadurismo es a grandes rasgos el proyecto aristocrático mediante el que gobiernan siempre las minorías aptas y capaces.

El arte de gobernar es privilegio exclusivo de las élites porque las masas son irracionales; parecería ser el mensaje que da el gobierno con cada una de las acciones que ha tomado, y que en lo que no reaccionamos como país, seguirá tomando.