Ustedes le pusieron ahí

Lucrecia Maldonado

Cuando en redes sociales (hoy por hoy el medio de comunicación menos viciado de parcialidad y de subjetivismo) alguien critica al actual gobierno, no falta el comentario que dice con sorna: “Pero si ustedes le pusieron ahí, ustedes votaron por él…”. Nos lo enrostran con la crueldad de quien se ceba en los errores ajenos, nos lo sacan en cara con la actitud de los que se consideran impolutos porque no se equivocaron al votar por Lasso (¡!), o al dejar la papeleta en blanco, o al anular. Es como decir: “ustedes lo pusieron ahí, ahora se aguantan”, o peor: “ustedes lo pusieron ahí, gracias por el favor que nos hicieron”.

Y sí, tienen razón: nosotros lo pusimos ahí. No se sabe si todos quienes votamos por él estábamos en el mismo andarivel. Pero al menos una buena parte votamos por él por haber visto los logros y resultados de la década anterior. No quiere decir esto que algunos ajustes no nos hayan afectado a varios niveles, desde la vida cotidiana hasta una serie de aprendizajes ciudadanos que no fueron fáciles en un primer momento y que, obviamente, no resultan cómodos, pues obligan a posicionarse de otra forma frente a la vida comunitaria y social del país. Pero estuvimos dispuestos a bancárnoslo todo por algo más grande que un interés personal, de cuerpo o partidista. Confiamos. Y eso nos perdió.

Un conocido refrán dice que “suele juzgar el ladrón por su propia condición”. Y este refrán también se aplica al revés, pues también la gente de buena fe suele juzgar por su propia condición, y así piensa que los demás también actúan de buena fe. Cuando se propuso la candidatura de Lenín Moreno para Presidente del Ecuador la idea original era la de continuar con los avances y logros de todo tipo que se produjeron en el país durante los diez años anteriores, y, aparentemente, también subsanar algunas de las que se consideraban falencias del anterior mandatario, pero que poco a poco se perfilan como fortalezas: la firmeza (promocionada como ‘autoritarismo’), su frontalidad (promocionada como ‘grosería’), etc., etc.

Entonces ‘pusimos ahí’ a nuestro candidato. Y ganamos, con un margen pequeño, pero ganamos las elecciones. Ahora bien, más se demoró en atardecer el día del cambio de mando que en advertir cuánto nos habíamos equivocado todos, comenzando por el mismo Rafael Correa. Lenín Moreno, al principio en aparentes titubeos, pero luego con más certeza y firmeza, comenzó a cumplir el libreto que, obviamente, le habían encomendado los detractores de la década ganada.

Sin embargo, y más allá de cualquier criterio de moral personal o de ética política, la pregunta que surge es por qué nos pasó esto. Y no solamente esa, sino por qué dura tanto y no hacemos nada. ¿Acaso estamos conformes con lo que pasa? ¿Qué hay de las bases de votantes que le otorgaron más de diez triunfos seguidos a la Revolución Ciudadana en las urnas? Porque si bien es cierto que las fuerzas en la sombra (unas más que otras) cuya cabeza (por llamarlo de algún modo) visible es Lenín Moreno han obrado con esa perversa inteligencia de aquellos que la Biblia cataloga como ‘hijos de la serpiente’. A pesar del blindaje comunicacional de los grandes medios tradicionales, las metidas de pata del gobernante, su innecesaria exhibición de unos supuestos conocimientos de mecánica cuántica (basta ver dos o tres videos de YouTube para saber tres veces más que él respecto de ese tema), sus pésimos chistes, y sobre todo su proverbial cinismo ya le están pasando una factura cada vez mayor.

Más allá de la incomprensible inercia del pueblo traicionado, que tal vez responda a una especie de estrés postraumático, también es obvia la participación activa de la clase política en todo este desastre institucional. Queda claro que desde el primer momento el Movimiento PAIS, que auspiciaba la candidatura y aparentemente todo el gobierno de Rafael Correa, siempre estuvo plagado de oportunismo, falta de convicciones y la tendencia de sus miembros para venderse, alquilarse o regalarse al mejor postor si eso era necesario para sus fines particulares.

El anecdotario de los últimos quince meses está lleno de actitudes cuestionables, de discursos ambiguos, desvergonzados y francamente cínicos, de particulares concepciones de lo que es la ‘lealtad’, la ‘integridad’, la ‘honestidad’ y la ‘verdad’ (esta, sobre todo, completamente maltratada) que nada tienen que ver ni siquiera con las tradicionales definiciones que el diccionario hace de estos términos. Pero más allá de eso, es obvio que la clase política de nuestro país todavía mantiene un nivel de consciencia anclado en la búsqueda de poder para satisfacer ambiciones e intereses particulares de clase y de clan. Visiblemente, es una clase dúctil y maleable para los intereses de los poderes fácticos del país y del mundo. Pueden llamarse como quiera: comunistas, socialistas, frentes amplios del ve tú a saber qué mismo, en el fondo solamente van por sus fueros. Y no son solamente ellos, sino todos. En el fondo, esa clase política no es más que el reflejo de cómo nos posicionamos ante la vida de nuestro país la mayor parte de los pobladores del Ecuador. Entonces sí, así es, para ser nuestro espejo, para enseñarnos lo repugnante de nuestras propias actitudes mezquinas y falsas, para obligarnos a ser más cuidadosos y a probar realmente de lo que estamos hechos, nosotros le pusimos ahí. A él y a todos.