El despotismo de la tecnología

Carol Murillo Ruiz

Hace poco le decía ingenuamente a un amigo que me alegra vivir el hoy -a pesar de su desquicio y caos- porque la tecnología facilita muchas cosas y nos permite acceder al mundo contemporáneo en tiempo real. Mi amigo, bastante espiritual, se sonrió de mis palabras y su gesto me llevó a pensar, una madrugada, por qué la racionalidad contenida en mis palabras puede convertirse en una fe moderna, tecnologizada y acaso también superficial.

Recién yo había leído a Richard Sennett, sociólogo estadounidense, quien apunta varios puntos que se ligan con la idea loca de pensar que la tecnología es un campo abierto para indagar y conocer con libertad aquello que nos es negado por la localidad o lo parroquial de nuestras vidas cotidianas, estemos donde estemos. Semejante hecho, en palabras de Sennett, lleva una trampa implícita. Parafraseo: la tecnología (redes sociales incluidas en su código de instantaneidad) es el nuevo método de dominación que de un modo bastante elocuente se presenta tal como es y no nos oculta nada: al pasar por la red todos nos exponemos a su potencialidad de aparente libertad y desnudamiento de los (nuestros) gustos o visiones de la realidad (digámoslo sociológicamente: de la vida social), de tal suerte que todo está al alcance de lo que se espera que confesemos o lo que se espera que cambiemos… en función del orden global y local.

Ergo, Internet y las redes sociales, verbi gratia, con sus infinitas posibilidades de información, datos, contrastes de comportamientos culturales, estética e inducción de deseos y anhelos, es un universo dispuesto y disponible para readecuar la vida cotidiana -ya alterada- de las últimas tres generaciones en el globo, sobre todo de aquellas que tienen entradas a lo virtual.

Así, trabajar en la computadora o a través de ella -u otros dispositivos- y sus incontables servicios en línea demanda múltiples interpelaciones acerca de nuestra forma de enfrentar la esfera laboral, pues la vida cotidiana, la no laboral, se enlaza sin más con el nivel de dominio de la tecnología: todo es trabajo, incluso las relaciones personales, amatorias, amistosas, familiares. O sea, el trabajo virtual de construir relaciones no personales -o cuando estrictamente se lo requiera porque lo humano a ratos lo necesita- es otra fábrica seudo afectiva que la tecnología ha sublimado para hacer sentir que su instrumentalización de los sentimientos es otro imperativo, quizá menor, de los tiempos modernos. Si se revisan los efectos de las redes más personales, ni tan políticas, donde aparecen fotos, videos caseros, chats, etc., veremos que dicha instrumentalización ha cambiado radicalmente nuestro contacto con la realidad y con los semejantes.

Mucha gente cree hoy que los jóvenes leen y escriben más porque se ven obligados por sus adminículos tecnológicos. Pero la misma demanda de unos códigos, medianamente especializados, ha empujado a que estas generaciones se hagan cargo, sin procesar, de los lenguajes figurativos de la tecnología: los usuarios no escriben, simplemente reproducen dibujos, caritas, memes, GIF, stickers, y toda una serie de diseños (ya disponibles) que ahorran tiempo (¡gran invento del capitalismo económico, cultural y emocional!) para destinarlo al trabajo no cotidiano. La gran ficción consiste en que todo es cotidiano: el trabajo… y la vida diaria aparentemente no conectada a lo laboral.

La libertad que ofrece la tecnología para hacer más fácil cualquier trabajo -menos el artesanal o el que se hace con las manos- es otro artilugio para evadir la hondura del trabajo intelectual tecnologizado.

Recuerdo un cuento de Anton Chéjov que se desarrolla en torno a un hombre joven que no desea ser burócrata; porque prefiere el trabajo que se hace con las manos. Pero su padre y la sociedad le impelen a ser funcionario -hace más de un siglo- porque ese sí es un trabajo intelectual. El joven se resiste. Ahora que lo veo bien su dilema se parece al de hoy: quienes trabajan con la tecnología son los ¿nuevos intelectuales? que han incubado el idioma cifrado del dominio sin saberlo, o sea, su dominación está encubierta en su trabajo obligado y en su ‘trabajo’ cotidiano o vida personal. Hace poco, en un foro, una persona decía algo evidentemente interesante, palabras más, palabras menos: antes conocíamos al esclavizador, le veíamos la cara, lo sabíamos concreto y real. Al parecer, hoy ni siquiera nos importa si hay un amo, señor feudal, jefe, patrón, propietario, dueño, gerente o cualquier autoridad parecida. El capitalismo prescinde de esta figura porque la tecnología, por decirlo de alguna manera, ha hecho un holograma perfecto de la autoridad en nosotros mismos: somos nuestros jefes, nos autorregulamos y nos exigimos de acuerdo a la demanda de la productividad tácita en nuestras actividades diarias. El látigo virtual lo manejamos nosotros mismos; porque la comodidad de la tecnología anula la supuesta diferencia entre el trabajo intelectual realizado en sus diversas plataformas y el trabajo con las manos que hace posible la existencia de la faena virtual. Ergo, el capitalismo de hoy no es solo una inteligencia artificial que nos subyuga -hasta en nuestra propia cama- cuando operamos o manipulamos un smartphone y, además, manipulamos con cariño, a los receptores de nuestros mensajes o stickers, sino que es una magia para creernos autónomos, intelectuales, trabajadores superdotados y libertos, lejanos a la artesanía de la vida real de millones de personas que nunca han tocado un celular, una computadora o un dispositivo cualquiera.

Por eso, quienes se mueven en el cosmos de la tecnología, principalmente comunicadores (o financistas del capitalismo virtual) creen que sus labores determinan o afectan la realidad y pareciera que en ciertos espacios es así. Lo inmaterial, enclavado en las cadenas tecnológicas, implica que un mensaje de Twitter, por ejemplo, fraguado desde una campaña digital con intencionalidad política, termine por crear eso que la postmodernidad maneja con tanto esmero y primor: las percepciones. De allí que el linchamiento mediático –por distintas vías ‘inmateriales’- pueda causar un daño (material) sin parangón en la vida concreta de personas e instituciones.

Lo que aparentemente ha sucedido con el profesor Fernando Casado, linchado sin piedad por gente ajena a lo académico pero cercana a esa inmaterialidad ideológica y comunicacional, para nada inocente, que ‘regala’ la tecnología, escenifica esa maniobra dizque intelectual que devasta el prestigio de quienes no tienen por qué cortar el pensamiento académico del pensamiento político. La vida no es una fragmentación de posturas, es la combinación inteligente de argumentos, ideas, contradicciones y conceptos, y la consabida expresión y relativización de opiniones (políticas) cuando la situación lo amerita. Por tanto, en nuestro país, el Ecuador, en este período de tensiones y arbitrariedades institucionales es inevitable ver este caso en el marco de una supremacía tecnológica absurda: un profesor es acosado virtualmente por sus opiniones políticas y eso es extendido y enganchado a su específica dependencia laboral. Si la institución en la que se desempeña corrobora que el despotismo virtual influyó en su despido, es que estamos viviendo la horrible coacción de la inmaterialidad de las redes sociales transfigurada en el despotismo corporativo del poder político actual. ¿Seremos cómplices de semejante atrocidad?