La cultura pintarrajeada

Santiago Rivadeneira Aguirre

El gobierno de todos es ahora una entelequia o una irrealidad de difícil y complicado desciframiento. Se ha instaurado un ‘moral de manada’ como forma de resentimiento y de revancha, convertida esa moral en un epígrafe que se cuelga en la puerta de cada ministerio. Justificada, además, por una arbitraria ruptura del tiempo histórico, que niega la dialéctica de los cambios, fuera de la lógica de los conflictos. Dice Lenin Moreno, el presidente del gobierno de todos, que la nación y el pueblo ecuatoriano viven a plenitud una total ‘libertad de pensamiento’. ¿Le faltó decir de derecha? Lo dijo, con el acento insípido y lacio al que ya nos tiene acostumbrados, durante la entrega de los Premios Eugenio Espejo este 9 de agosto, Día de la Cultura, que lo corrobora también con su tonillo sacramental el Ministro de Cultura Raúl Pérez Torres.

Sustentándose en una extraña fe en el progresismo moderno del ‘no lo sé’, presidente y funcionario nos acaban de trazar el camino unidireccional hacia la tierra de la promisión, y que termina de disolver ‘la idea de la historia como proceso unitario’. Pero se congratulan el uno al otro (Pérez llamó a Moreno un ‘adelantado’) con una definición idealista y civilizadora de cultura y la asimilación del término, muy aparejada a las posturas tradicionales elitistas del debate cultural de mediados del siglo XX.

Es decir, con todos los prejuicios colonialistas a cuestas, se deja de lado el poder de la conciencia para producir acontecimientos históricos y solo se refieren al ser humano moral. Para Moreno y su gobierno, los ‘gérmenes de la civilización’ estarían, otra vez, en una ‘inteligencia’ que irradia sus ideas y en un gobierno que ha sido capaz de restaurar el orden, devolvernos la libertad (incluidas las del mercado y la de expresión) y de imponer normas de conducta a los ciudadanos. Nuevamente la historia moral decimonónica (el ultra conservadurismo) a la que se suma la iglesia católica que transmite su doctrina y respalda al poder. (Guillermo Bustos, El culto a la nación, 2017)

“Sí sabemos a quién hablamos, a quién le presentamos este sueño”, explicó Raúl Pérez Torres en el discurso del 12 de septiembre de 2017 para inaugurar el Plan Nacional del libro y la lectura José de la Cuadra, cuyos recursos han sido reducidos. También dijo: “la falta de lectura recorta nuestras alas, atrofia nuestro futuro, menoscaba, limita nuestros sueños”. Parece que desde entonces estamos viviendo la ‘siesta del sueño’, cuando los ‘sucesos de la mañana se entremezclan con los planes de la tarde’ (S. Johnson), sin ninguna concreción posible en la forma del presente. ¡O trazamos proyectos o recordamos! Nada más, y parece que en este caso, más bien ha sido lo segundo.

Sustentado en un ‘diálogo cultural’ tan ingenuo como precario, el gobierno habló de la cultura como resistencia. (Antes, el Ministro propuso una ‘revolución cultural’, término que enseguida fue desterrado, tal vez porque a ‘cualquier pendejada le llaman revolución’). Y dispuso a través de la secretaría de estado ‘democratizar el disfrute del tiempo libre y el espacio público’. Una subjetividad doliente y dogmática, que condiciona los modos de vida y los modos de ser de los individuos, tal como acaba de pasar con ‘la fiesta de las luces’ que inaugura ‘la nueva tradición quiteña’, de acuerdo al postulado mendaz de la alcaldía.

Los monumentos históricos de la ciudad se pintarrajean usando el subterfugio de la tecnología, para crear una estetización del espacio urbano. O una ‘estética del simulacro’ que sirve para desviar la atención sobre los problemas graves de la ciudad y la incapacidad manifiesta del alcalde Rodas. Que la prensa privada y la pública ocultan, por supuesto, porque sus dardos apuntan exclusivamente a destruir las acciones y logros del gobierno anterior.

Ambos, gobierno y alcaldía, juegan con el engaño, con la prestidigitación y hasta con el fraude ideológico. Porque lo de la ‘fiesta de la luces’ es un encuentro con el vacío como lo son también el diálogo y la democratización de la cultura que el ministro Pérez traduce ecológicamente como un ‘clima cultural’ que apenas se sostiene en tres elementos: la feria internacional del libro; el Festival de las Artes Vivas de Loja; y los fondos concursables. Otra vez la cultura pintarrajeada como la metáfora de una conciencia funcional, que favorece y privilegia a los sectores económicamente poderosos.

Sobrecoge, por último, la mirada mustia y melancólica del ministro Pérez Torres. Se entiende, si prestamos atención a su aislamiento social y político. ¿Una traición a sí mismo, a sus postulados y creencias, a su trayectoria de escritor e intelectual comprometido, consciente del rebajamiento de su discurso que no solo comulga con la derecha conservadora, sino que es la muestra palpable de una ingrata sumisión?

Peor que un beato de derecha será siempre un beato de izquierda, decía alguien.