Soy apolítico a mucha honra

Antonio Malo Larrea

En estos días extraños en los que las realidades más absurdas son concretas y vividas, como si de repente el mundo entero hubiera sido absorbido, existiera y volviera a surgir en la mente de Kafka, cuando aparecen debajo de las piedras y entre los granos de arena infinidad de profetas, autoproclamados y ungidos, pero profetas al final. Profetas que, con sus sentencias de cafetín mediocre disfrazado de intelectualidad y bohemia, pretenden iluminar la oscuridad de nuestros rincones más obscuros, desinfectar nuestros olores más putrefactos, y castigarnos por nuestros errores más inconfesables. Estos mismos profetas, que con su iluminación que va más allá de la belleza y la ausencia, de la depravación y la inocencia, y del bien y el mal, nos enseñan cómo nuestra vil existencia es la causante de todas las plagas y males, apocalípticos y post-apocalípticos, de nuestro sufrido planeta. Debemos confesar, que todos y cada una de nosotros, hemos cometido el delito espantoso de existir. Nuestra sola presencia es suficiente para corromper toda la existencia, como si solamente los genes de la misma Eva surgieran y se expresaran. No, el problema no es la sociedad, no es un sistema, somos nosotros por haber nacido. ¿Cómo discutir con los gurús de la nueva era, ahora además hipsters?

Comparten su sabiduría en redes sociales, en las aulas de clase y en todos los espacios que iluminan con su sola presencia. Si nosotros como individuos somos los causantes de todos los males de la vida, la salida es que compremos nuestra iluminación (por supuesto, una iluminación descafeinada y light), y que luego la compartamos con quienes no han podido hacerlo, a cambio de cómodas cuotas mensuales. Como el origen de los problemas es individual, y no estructural, ni social, la política y las ideologías no tienen ningún sentido y deben ser dejadas atrás. Al final, todo esto ya lo dijo Fukuyama, y parecería que tenía razón.

La despolitización de la sociedad y la generación de individuos apolíticos han sido exitosas. El sistema educativo ahora forma técnicos, que cada vez deben ser más diestros en su técnica. El pensamiento crítico, la filosofía, el arte y la teoría no son útiles, no se compran ni se venden, y los saberes ancestrales son sólo folklore y artesanías. Hoy por fin nos han enseñado, y casi lo hemos entendido, que los problemas se resuelven con realismo, pragmatismo y tecnología. Al fin y al cabo todos los problemas de la humanidad nacen y terminan en la ignorancia. Debemos enfrentar la ignorancia con educación, y esperar que algún día eso nos salve del abismo. ¿Hay quien se crea esa historia? Pues, parecería que sí.

Ese discurso se ha convertido en hegemónico, es el que se repite todo el tiempo y no se cuestiona, no se lee entre sus líneas. Nuestro sistema educativo en todos sus niveles lo comenzó a comprar en los 80, lo masificó en los 90, y, para el siglo XXI, ya era el discurso ÚNICO, el discurso dominante. Hoy, quienes se formaron en él, desde la docencia lo perpetúan, reproducen y revitalizan. La reflexión y el pensamiento crítico ya no están. Para qué los necesitamos si podemos consultar en Wikipedia o Google ¿quién soy?, ¿de dónde vengo? y ¿hacia dónde voy?

Hoy es evidente y claro que el discurso del individualismo, la apoliticidad y lo técnico ha sido una eficiente y efectiva punta de lanza en el proceso de dominación intelectual y emocional. Su acriticidad implícita es, al mismo tiempo, la piedra nodal de la hegemonía del capital sobre los seres humanos, y su piedra filosofal, pues eterniza su existencia. Es también el caldo de cultivo ideal que garantiza el constante surgimiento y reproducción imparable de posverdades y fake news.

Por eso ha sido tan importante para la globalización neoliberal, y para el neoliberalismo criollo, la destrucción sistemática de la educación pública y su privatización. La destrucción de la educación pública garantiza que no aprendamos a pensar, y la privatización educativa garantiza la hegemonía del pensamiento único, de la dictadura del mercado. Cuando nos dicen que la solución a todo es la educación, ¿de qué educación hablamos?, ¿es acaso de esta educación? Yo no quiero esa educación en el Ecuador, yo no quiero esa educación para mis hijos.

Creo firmemente que la verdadera educación sí puede salvarnos, pero sólo si es radical y cuestionadora, si nos guía en la búsqueda de la raíz de los problemas, si nos lleva a debatir constantemente la realidad, a deconstruirla y construirla nuevamente. Una educación que nos libere, como propuso Paulo Freire; una educación que nos convierta en creadores constantes de los 7 saberes necesarios propuestos por Edgar Morín, una educación que nos humanice. Una educación que cumpla los sueños de Gramsci, que sea la madre inmortal de una revolución cultural constante y eterna.

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