Camino al Museo de la Memoria, Ecuador. Parte II: la voz social, el dj y el graffiti, ¡presente!

Jimmy Herrera

En memoria de Javier Rojas, Juan Guabita y Carlos López, jóvenes del crew VSK, fallecidos en el Metro de Medellín a finales de julio. 

La persecución del Municipio de Quito a los graffiteros arrancó con fuerza: acciones legales en Fiscalía, cien mil dólares para un fondo de recompensas, declaraciones alarmistas del Alcalde para dar con los responsables de actos “vandálicos” en contra de los flamantes vagones del metro de Quito. Toda la parafernalia mediática, política e institucional, al más alto nivel, incapaz de mirar una dinámica social contemporánea, expresada desde hace décadas en las paredes de las ciudades con creatividad y denuncia. Los taggs de tres exponentes del graffiti colombiano muertos hace dos meses en el Metro de Medellín (Suber, Shuk y Skil), fueron reivindicados en las pintas sobre las naves del transporte capitalino. En concreto, la miopía conservadora no puede reconocer que se trata de la presencia de un movimiento que profesa la solidaridad, la expresión libre en el espacio público, la inclusión social y una identidad contestataria en el marco del Hip Hop.

Desde aproximadamente 1990 ya aparecieron estas manifestaciones creativas en las paredes de Quito. A diferencia de la heredad de otros movimientos sociales que hizo pintas desde la década de los 70, convocando a las reivindicaciones del salario digno, la justicia social, la organización sindical, o pronunciándose por la huelga, en contra de los gobiernos de hambre, el alza de los pasajes, el no pago al FMI, por la democracia en armas, entre tantas proclamas de lucha; el movimiento hiphopero actual, ha desarrollado la expresión popular a partir de sus elementos potentes: el brake dance, el dj, la lírica social y el graffiti.  Códigos que van muy de la mano con deportes como el skate, con la oralidad, con el arte de la calle y las luchas de los barrios urbanos marginados. Una organización efímera le caracteriza, pero su incidencia es contundente: miles de seguidores dejan sus melodías, bailes y tags por toda la ciudad.

Como todo movimiento social, sus orígenes son de herencias más profundas, de vieja data, de viejas luchas.  La del Hip Hop es hermana de la organización de la gente negra de los barrios newyorquinos, es decir, proviene de una bronca contra el racismo histórico norteamericano y la guetificación urbana por descender del primer ser humano africano. El Hip Hop propuso color, ritmo y poesía para enfrentar al consumismo de la Yunay. ¿Si la publicidad acapara los espacios en los medios de comunicación, escaparates y la ciudad atiborrada de propaganda, con imagen del sueño americano y el dólar, dónde quedan los sueños de los chiros? ¿En dónde se difunden, en donde toman forma? Respuesta contundente: ¡en la calle!

Allí se encontraron con otra gente, como la que también ha renegado de ser un ladrillo más en la pared de una ciudad mecanizada, allí se toparon con los artistas que criticaron los espacios tradicionales del museo, los medios de comunicación y las salas que históricamente posicionaron a quienes, sobre todo, ganaron el reconocimiento del estatus y la fama del mercado. En la calle se encontraron con millones a quienes les gustaron las formas de poderosos contenidos solidarios y críticos.

Los tags, esas huellas dinámicas y atrevidas que denotan a cada persona; la crew, esa simple organización que agrupa a la expresión y suscita una mínima tribu para sobrevivir o vivir en las urbes. Son muestras de un mensaje que promueve el orgullo de la expresión propia, no del dólar; la voz creativa, no la fama; la solidaridad con los chiros, no la violencia que la conocen de memoria porque el barrio es difícil, duro y las leyes no protegen allí.

“El graffiti es toda una cultura (…), para mí significa una manera de expresarse (…), es la galería de la calle”, lo dijo una de las graffiteras de Quito que aprendió del vandal (sin permiso de nadie y con la adrenalina en alto), además es publicista y ahora solo pinta legal (en espacios acordados y sin la presión del riesgo). “El graffiti me ha llevado lejos porque es una pasión (…), participé en concursos a nivel nacional y reconocimientos a nivel internacional (…), (he logrado) contratos con personas que han confiado en mi trabajo (…)”, lo manifestó otra graffitera que vive en la Capital y que también se ha identificado con el vandal pero actualmente más con el legal. Estas opiniones ahora querrán ser interpretadas como aliadas al buen samaritano y no como caminos que nacen en el vandal. Mejor guardar el anonimato de estas entrevistas y quien las hizo.

Viejas luchas, viejas represiones

Lo que alborota a Quito tiene su herencia también, la reacción de las autoridades actuales, fachas e inútiles, proviene de un legado conservador típico de los hombres de la muy noble y leal Capital. De esa élite que no solo desconoce del movimiento social y sus intereses, sino de la efectividad de la gestión pública que requiere más allá de caridades. Ya pasó tiempos atrás, con otras identidades urbanas, como la rockera, que también fue irrumpiendo de a poco, como un movimiento cultural más que llegó a ser respetado por su voz y actitud rebelde: ahora lo sostienen miles de bandas.

Ese legado conservador contra los rockeros, en cambio, se mantiene vivo en Guayaquil. “Está todo limitado en este momento por una Alcaldía muy conservadora (…)” lo explicó claramente Elizabeth Coronel, cantante de la banda guayaquileña Cuestión de Actitud, en la entrevista previa a su presencia en el Quitofest el 8 de septiembre. No hay espacios públicos para el rock en esa ciudad, aunque el super alcalde, que tanto lo quieren y ha logrado el Guiness de la popularidadddttt allá, resulta más retardatario que el monaguillo Andrés, de la canción de Rubén Blades. Además, recientemente se hizo pintar un mural en el Cabildo, el muy sencillo y poco vanidoso, a la usanza de los patriarcas de la nobilísima ciudad madera de guerrero. En lugar de graffitear en la calle, se pinta a sí mismo en el Cabildo. Él, renovado centro derecha, que camina a Carondelet.

¿Por qué no tratar a los graffiteros como a los medios de comunicación, aplicándoles los criterios que tanto pregonan de la libertad de expresión?: nada de sanciones penales, nada de sentencias pecuniarias, ni administrativas, solo trabajos comunitarios cuando no cumplen la Ley.  No hay tal. Más bien, la persecución ha comenzado a diestra y siniestra. Ya hay los primeros detenidos. La presencia policial y judicial en los operativos es en montonera porque quieren escarmentar y meter miedo al joven movimiento cultural Hip Hop.

Ese alboroto no solo es de Quito, hay una corriente que gana muchos espacios y sabe, sobre todo, reprimir a los movimientos sociales. La memoria dignifica, el olvido mata, la organización sigue: Movimiento Hip Hop ¡Presente! graffiti trainbombing