Contra los cazadores de pecados

Carol Murillo Ruiz

¿Qué pensará de esta época un ciudadano extranjero, un investigador, que venga al Ecuador después de cien años y quiera saber qué pasó aquí durante los primeros veinticinco años del siglo XXI? ¿Cómo serán las bibliotecas físicas y sus archivos electrónicos? ¿Cómo será la sección de los medios impresos ya digitalizados y clasificados en algún lugar de un centro bibliográfico? ¿Cómo serán los libros de historia de quienes hoy son los prohombres/mujeres que la escriben al calor de sus filiaciones (y fijaciones), pasiones, preferencias ideológicas y políticas, rencores personales y un sinfín de subjetividades que cruzan la conciencia de los historiadores –a veces oficial- de la verdad hegemónica vigente?

Me hago estas preguntas a propósito de un artículo (que recomiendo) de Mario Vargas Llosa publicado ayer en diario El País titulado Historia y ficción y se concentra en el comentario de un libro que estudia, entre otros asuntos históricos, la “leyenda negra” del imperio español. Más allá de sus detalles, lo que interesa es que aquella frase tan manida de que “la historia la escriben los vencedores” –no dicha por Vargas Llosa en esta cuartilla- revolotea cualquier texto de historia que sea escrito por alguien con un más o menos cuidado prestigio y que, otros libros, los tratados con auténtico rigor y/o con las metodologías de las nuevas investigaciones científicas y el aporte a ratos útil de lo transdisciplinario, podrían quedar relegados por la notoriedad de ciertos autores o por la insidia de los datos seleccionados para suministrar una trama que favorezca o demonice a figuras de un período histórico determinado.

La Historia -local o universal- es un conjunto de hechos y nombres que trascienden el tiempo; porque las derivaciones de su acontecer tuvieron un impacto que cambió las bases de una sociedad en un momento dado, de modo que el presente no sería tal sin ese impacto. Ahora bien, la forma de contar esos hechos o la línea de descripción y exégesis puede estar movida por la ubicación del historiador o investigador. Acaso pocos se dedican a escribir la historia de su presente, es decir del tiempo que están viviendo, pues prefieren re-ensayar la historia pasada con las herramientas de las pesquisas modernas.

Lo que inquieta es que hoy, en Ecuador por ejemplo, muchos de los libros que pretenden dar cuenta de la historia –o sucesos sueltos, digamos mejor- de las recientes dos décadas, sobre todo, acuden a la aglomeración de datos, hechos y personajes que no necesariamente explican en lo macro y en lo micro, los juegos de poder implícitos en su dinámica, y sacados de sus contextos y sin el bisturí de la ciencia histórica, parecen brotar de los devaneos de cronistas que se asumen cultos o conocedores innatos de qué puede tomarse o no como piezas esenciales para armar un rompecabezas que, figurativamente, sí le podría romper el coco a algún despistado o poco informado de su propia realidad y menos de la pasada.

Quienes lean algunos libros que circulan hoy por ahí, la mayoría no escritos por historiadores sino por cazadores de pecados y anécdotas de las hipotéticas bajezas de sus selectas víctimas, se dará cuenta de que una versión de nuestro tiempo “pasará a la historia” gracias a un puñado de seres infectados por el virus de contar los acontecimientos desde el delirio y la dictadura de la moral personal.

Lo mismo pasa con los medios impresos, audiovisuales y virtuales. La cobertura de los hechos –sociales, políticos, económicos- está marcada por la verdad hegemónica vigente ya aludida. El concierto sin ruido que los medios tocan cada día implica mirar la realidad, la pretérita y la actual, desde una tribuna de prejuicios morales y no desde la objetividad y el cruce de fuentes de información y actores genuinos. Lo que sale en sus páginas, pantallas o redes es también otro rompecabezas aparejado a conveniencia de un poder –el poder político que hoy hiberna en Carondelet- que extrañamente se erigió gracias a un proyecto con propósitos claros y hoy es un Frankenstein en proceso de descomposición interna y externa.

¿Qué pensarán de nuestro tiempo los historiadores o investigadores del futuro que se vean obligados a trabajar con estos materiales maleables, viscerales, plagados de la dispersión ¿conceptual? de sus mentores y atados a una moral parroquiana que frena una lectura racional y profunda de las disputas políticas o, peor aún, de las relaciones de poder tácitas en los aparentes consensos contra el interés común?

Nada en la historia se queda para siempre en las tumbas que fabrican los vencedores (temporales) de batallas reales o forjadas por los poderes fácticos. Alguien un día revelará lo que pasó en nuestro tiempo, con honestidad, claridad y crítica, sin temor ni favor.