Las solidaridades silenciosas

Orlando Pérez

Dos o tres llamadas amenazantes y violentas bastan para cambiar tu estado de ánimo, tus rutinas y la sensación de seguridad. Y, al mismo tiempo, eso se transforma en una suma de otras llamadas, mensajes y sentimientos de solidaridad. Pero también pasa algo estos días y que ya no me es nuevo: una solidaridad desde los silencios, de aquellos amigos o conocidos, colegas y adversarios políticos que con un guiño, un pulgar arriba o un like en las redes sociales expresan su malestar por ese hostigamiento que uno sospecha de dónde viene y qué intenciones tiene.

Esas solidaridades silenciosas ayudan mucho, crean un blindaje al miedo, lubrican las ganas de seguir sin tensiones, manifiestan un sentido de la realidad que no está precisamente en las redes sociales ni en las expresiones más eufóricas.

También hay de las otras y aúpan un fervor sentimental sano y sustancioso.

Lastimosamente ninguna autoridad del gobierno (donde suponía que había algunos amigos aún) ha llamado o señalado su preocupación. Ya no importa. Y también es muy sintomático ese silencio. Esos “amigos” saben que cuando ha pasado algo nunca faltó una llamada o un recado de solidaridad. No importa el cargo ni la distancia, lo que cuenta es que somos humanos con unas memorias y unos actos en común que no nos podrán borrar los lazos creados en su momento.

Por cierto quisiera estar mucho más seguro para afirmar que no tiene nada que ver el gobierno en ese acoso. Hasta ahora creo que no. Pero sobre todo estoy mucho más convencido que en esas llamadas y amenazas, persecución y hostigamiento perverso y morboso está la huella de algunos políticos conocidos hoy por sus mínimos escrúpulos y por su historial de ex abruptos y también por su ficha de prontuariados. Y si no son ellos directamente han posibilitado crear, a su sombra, una escuela con su modo de actuar, ser y hacer política. Ya sabemos cómo actúan, con quién trabajan y cómo esas fuerzas tenebrosas adquieren vida e iniciativa propia cuando observan con temor una cierta amenaza con un comentario o con la simple existencia de un adversario que desnuda sus estrategias o planes.

Cuando digo que ya no es nuevo para mí, también debo decir que si antes no lo hice y preferí creer que con eso no me victimizaba o al menos me sentía más seguro sin hacer aspavientos ahora no me voy a callar porque ya no tengo que explicar mis recelos sobre las amenazas desde un cargo público (que era razón más que suficiente para ser víctima de una emboscada o un linchamiento mediático sin protección alguna). Si unos pelagatos son capaces de insultar y ofender a una ex presidenta de la Asamblea Nacional o un tal fundamiedoso ataca a un hombre íntegro como Jorge Jurado o unas presiones oscuras y fascistas sacan del IAEN al académico Fernando Casado, no es extraño que mañana sea otra persona la víctima de unos “falsos positivos” y de unas acciones terroristas avaladas por algunos periodistas a destajo de los poderes fácticos o bajo la complicidad de un fiscal “encargado” o unos jueces atentos a la chequera.

Por ahora queda algo aleccionador: denunciar ayuda mucho, la indiferencia de varias autoridades las desnuda como son y sobre todo el aparato de protección y garantías del Estado solo se ocupa de las supuestas víctimas de la pasada década y no toma en cuenta el presente, y por eso Andrés Padilla no tendrá justicia plena por más videos que denuncien a su asesino y a quien ahora lo protege.

Bienvenidas las solidaridades silenciosas, pero también que sean para acopiar algo de vergüenza para saldar lo más pronto el cúmulo de barbaridades que se van cometiendo sin que tengamos los escándalos de antes por cosas menores.