Muerte de un pajarito

Rodolfo Bueno

A los seis años era un niño travieso, mal educado, engreído y llorón, pese a ello miraba con curiosidad las catapultas que los chicos del vecindario hacían para jugar. El aparato consistía en un pedazo de rama seca bifurcada, en cuyos extremos se amarraban sendas cuerdas de caucho unidas en la parte media por un receptáculo, en el que se situaba el proyectil; luego se apuntaba y se disparaba.

Construí para mí un artilugio semejante y me fui de cacería. Cerca del río Guayas recogí unos trozos de metal, resultado de los agujeros que se hacía en las láminas de hierro para colocar en su lugar los remaches para las corazas de las barcazas que se construían en el Barrio del Astillero. En ese lugar divisé un pajarito que en la rama de un almendro alegremente entonaba su dicha de vivir, apunté y disparé. El proyectil fue a incrustarse en la mitad de su colorido pecho. El agonizante animal cayó cerca de mí; le extraje el proyectil e intenté reanimarlo. Luego de un penoso padecer, el pájaro se desangró y expiró en mis manos.

Pensé en la desdichada posibilidad de que la víctima hubiera dejado pajaritos en algún nido. Este hecho me conmovió y comprendí que nadie tiene derecho a arrebatar la vida a nadie. El daño era irreversible, sólo quedaba modificar mi conducta. A partir de entonces, y de que conociera la crueldad del mundo, he sido enemigo de la pena de muerte, porque eso fue lo que de niño sentencié contra el pobre animal, del que también fui su verdugo.

Que se ejecute a un condenado es una de las cosas que más disgusta, porque no se justifica la pena capital y el país que la práctica tiene visos de salvajismo, y nada más. Desde que Jesús muriera en la cruz, se demostró que todo ajusticiado puede ser inocente del cargo por el que fue sentenciado.

La vida, fenómeno milagroso, se mantiene gracias a que consume vida. Existe una aglomeración que de manera activa y sin cesar se regenera por sí misma; así actúa la naturaleza. Lo inmoral e incomprensible es su eliminación premeditada y el intento de justificarla sobre la base de principios ficticios, que jamás se cumplen. Duele que no se reproche, como es debido, la pena de muerte que las potencias imperialistas de Occidente han decretado para eliminar a los pueblos de Palestina, Iraq, Siria, Libia… con ayuda de la más elevada tecnología, y se mire con el ojo tuerto estos crímenes, cometidos en nombre de la libertad y la democracia.

Cuando el Presidente Trump sostuvo: “Es el peor error cometido jamás en la historia de nuestro país: meterse en Oriente Medio por parte del presidente Bush… Puede que Obama sacara de mala manera (a las tropas en Irak y parte de las desplegadas en Afganistán), pero meterse ahí es, para mí, el peor error cometido en la historia de nuestro país… Nos gastamos siete billones de dólares en Oriente Medio… Siete billones de dólares y millones de vidas, porque me gusta contar (las vidas perdidas) en ambos lados (de la contienda). Millones de vidas”, se pensó que sacaría de allí a las tropas de su país, pero se ve que no puede, pues si no las saca es porque el Pentágono, que tiene más poder, no lo aprueba.

Si Trump hubiera repetido estas palabras en la ONU, cuando proclamó ser el mejor presidente de su país, no hubieran causado la hilaridad con que los presentes acogieron esta declaración. Es que en este sentido no le falta razón, porque desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial es el único mandatario que no ha invadido ningún país. Y ojalá continúe así, pues a ningún pueblo del mundo le interesa ser invadidos por cualquier pretexto. Y esto es lo esencial, si Trump hubiera repetido sus palabras es muy posible que lo hubieran sacado en hombros de la Asamblea de la ONU. Los que le escuchaban no supieron de qué hablaba ni comprendieron por qué creía ser mejor presidente que los anteriores, más que nada por la mala fama que le han dado los medios de información masiva, pese a que todavía no ha comenzado ninguna guerra. Su visión sobre el problema del calentamiento global es uno de sus mayores e inexplicables errores, ojalá los huracanes que a menudo azotan EE.UU. lo convenzan de lo contrario.

Son múltiples y variados los crímenes que se cometen para mantener la hegemonía de las potencias imperialistas y la estabilidad del sistema capitalista, las “guerras humanitarias” son una parte de ellos. Todas tienen el mismo resultado común, y este es el magro logro que aportan en la conquista de la libertad y la plena democracia, pretextos por las que fueron emprendidas. Pese a que nuestra generación no conocerá la idílica sociedad con que se sueña, esto no es un obstáculo para levantar la voz en contra de este tipo de asesinato. Bien que lo haya hecho el Presidente Trump.

Algún día, el mundo será más justo y se avergonzará, igual que ahora se avergüenza de la inquisición, de las barbaridades que en el nombre de la democracia, la libertad, la justicia social y los derechos humanos se cometen y se seguirán cometiendo. Ojalá, las palabras de Trump, que lastimosamente fueron expresadas fuera de la ONU, sirvan para que el pueblo estadounidense tome consciencia, se organice y rompa las cadenas, con las que le obligan a ser carne de cañón en guerras ajenas y lejanas.

Hoy son importantes las elecciones legislativas de Estados Unidos, si Trump pierde la mayoría del Congreso y es destituido de la presidencia, los partidarios de la guerra reactivarán el conflicto sirio y las invasiones, como política de Estado, retornarán a la Casa Blanca; caso contrario, se abre la posibilidad de que se tranquilice la situación mundial y que los llamados halcones sean finalmente derrotados. En fin, todo está por verse.