Más allá de muerte de Khashoggi

Rodolfo Bueno

Jamal Khashoggi, periodista saudí y columnista del The Washington Post, cuya postura respecto a la conducción de Arabia Saudita por el príncipe Mohamed bin Salman, MBS, era crítica, el 2 de octubre fue al consulado de su país en Estambul; allí lo torturaron durante un interrogatorio. Se dice que hay grabaciones en las que el cónsul saudí grita: “Hagan esto afuera, no me causen problemas” y que le reprochan: “Si quieres vivir cuando vuelvas a Arabia, cállate”. Se asegura que Khashoggi fue desmembrado cuando aún estaba vivo, antes de ser decapitado.

El fiscal de Arabia Saudita informó de la detención de 18 ciudadanos saudíes cuyos interrogatorios se hacen en el marco de la investigación pertinente. Recalcó que los involucrados en el crimen responderán ante la justicia, que fueron despedidos de sus cargos el subjefe del Servicio General de Inteligencia y el asesor del rey; añadió que la reunión de Khashoggi en el consulado de Estambul generó una disputa y una pelea, que provocó su muerte. El presidente Trump envió a Mike Pompeo para que se reuniera con el rey Salmán; inicialmente afirmó que Khashoggi fue víctima de “asesinos que actuaban por su cuenta”, más adelante, que no estaba conforme con las aclaraciones saudíes sobre su muerte. Por su parte, el Gobierno británico afirmó que no son creíbles estas explicaciones. El presidente turco, Erdogan, aclaró que se trata de un asesinato brutal y planificado.

La portavoz de la Casa Blanca, Sarah Sanders, informó que “EEUU acepta el anuncio de Arabia Saudí…” Según el New York Times, “las agencias de inteligencia tienen cada vez más pruebas circunstanciales de la implicación del príncipe MBS y que hay interceptadas conversaciones de funcionarios saudíes discutiendo un posible plan para detener al Sr. Khashoggi”; que como MBS controla por completo los servicios de seguridad “se hace altamente improbable que una operación así se hubiera realizado sin su conocimiento”.

Hasta aquí lo sustancial de las informaciones de prensa que, como siempre, no tocan lo medular de un problema, en este caso, los nexos que hay entre el asesinato de Khashoggi con el wahabismo, la Hermandad Musulmana, Al-Qaeda, el Estado Islámico, las guerras del Medio Oriente, las ventas de armas a Arabia Saudita, las elecciones intermedias de EEUU y muchas otras cosas más.

Muhammad Abdul Wahhab es fundador del wahabismo, una interpretación radical del Corán que predica la obligación de convertir por la fuerza a los apóstatas así como a los malos creyentes y justifica el exterminio de toda doctrina religiosa que le sea adversa. En comparación con sus dogmas y prácticas, el catolicismo medieval es progresista. En 1744, Abdul Wahhab manipuló el contenido del Islám para que la familia Saud, la casta que gobierna Arabia Saudita, conquiste y consolide su poder.

Según Jean Michel Vernochet: “Existe una especie de hidra cuyas cabezas fundamentales están en Washington con la Reserva Federal, en Manhattan, en la City de Londres, en Bruselas con la OTAN, en Francfort con la sede del Banco Central Europeo y en Basilea con el Banco de Pagos Internacionales… Desde esta perspectiva, la ideología wahabita es una religión destinada a reemplazar a todas las demás y que podríamos designar con toda razón como monoteísmo del mercado”.  

En Arabia Saudita las leyes son draconianas y toda reforma se veta antes de ser siquiera formulada. Se trata de un conglomerado de príncipes herederos que compiten entre sí por el poder. Ya se pueden imaginar el cúmulo de usurpaciones, traiciones, ruindades, intrigas, zancadillas y asesinatos que se deben producir entre tanto varón aspirante al trono; se dice varón porque allá la mujer no cuenta, ya que ni siquiera puede vestirse como quisiera ni casarse con quien le guste, peor dirigir un reino tan rico en dinero, pero pobre en los derechos más elementales. En Arabia Saudita están prohibidos los partidos políticos, no hay ni parlamento ni ningún sistema legal que se semeje a los estándares universalmente aceptados, sólo hay muchas decapitaciones.

MBS aconsejó a su padre que ordenara decapitar al jeque Nimr Baqir al-Nimr, por sostener que “El despotismo es ilegítimo… Desde el momento mismo en que usted nace, se ve rodeado por el miedo, la intimidación, la persecución y los abusos… Tenemos miedo hasta de las paredes. Desde que nací hasta hoy, nunca me he sentido seguro en este país… El director de la Seguridad del Estado me dijo: ‘A ustedes, los chiitas, habría que matarlos a todos’. Esa es la lógica de ellos”.

Nada de lo que pasa en la política mundial es casual. Cuando en 1973, los países árabes cortaron el suministro de petróleo a Occidente, por su apoyo a Israel durante la guerra del Yom Kippur, EEUU eliminó la conversión del oro en dólar, que pasó a ser en el mercado mundial la moneda de intercambio de hidrocarburos; posteriormente se dio el atentado del 9/11, en el que estaban implicados ciudadanos saudíes; más adelante, EEUU atacó Iraq, eliminó al sunita Saddam y cedió el poder a los chiitas, aliados de Irán; por último, Obama no impidió la caída de Mubarak, retiró las tropas americanas de Irak, minimizó sus ataques en Siria y negoció el programa nuclear de Irán. Todo en contra del interés saudí. Entonces, llegó Trump al poder.

El asunto es simple, EEUU sabe que Arabia Saudita algún día se va a enfrentar a una revolución social profunda; estima que, aunque le fue útil para combatir a la URSS en Afanistán, que hizo un buen trabajo en Yugoslavia, Chechenia, en el derrocamiento de Kadhafi, en Libia, y en la guerra civil de Siria, se ha convertido ahora en un estorbo, en un movimiento que intenta imponer el Estado Islámico, por eso desempolva el viejo plan de expulsar de Arabia a los Saud y los empuja a cometer errores, uno de ellos fue bajar tanto el precio del petróleo que casi quiebra la industria del fracking, y no puede permitir que unos petroleros árabes dicten lo que se debe hacer. En 1975 fue asesinado el rey Faisal de Arabia Saudí, por eso es muy probable que ahora actúen más radicalmente.

En este contexto debe analizarse el asesinato de Khashoggi. Todo depende del resultado electoral de noviembre. Si Trump pierde abrumadoramente y es sacado de la Casa Blanca, la monarquía saudí está condenada a muerte; si Trump no pierde, o pierde con muy poco, seguirá el dicho “business are business”, que traducido a su lenguaje significa: Con tal de que me compren ciento diez mil millones en armas, hagan lo que quieran.