Neoliberalismo neoautoritario

Julio Peña y Lillo E.

El avance de la ultraderecha en EE.UU., en Europa, así como en América Latina, nos deja entrever que no se trata simplemente de un regreso al ya conocido “neoliberalismo”, sino que esta vez nos encontramos frente al surgimiento de una tendencia neoautoritaria, en la que se entrecruzan de manera progresivamente peligrosa: la violencia económica de la “mano invisible”, con la violencia político-destructiva del “laissez faire – laissez-passer” (dejar hacer, dejar pasar), la judicialización de la política, o el uso indebido de instrumentos jurídicos para fines de persecución política (lawfare), y las campañas mediáticas xenófobas, que de manera orquestada aúpan y empujan una serie de “golpes de Estado blandos”, amparados en una ofensiva llevada a cabo por el Poder Judicial y los Mass-Media.

El surgimiento de este tipo neoautoritario de gobiernos neoliberales, no significa en lo absoluto una recuperación de la democracia, como señalan los sectores conservadores, por el contrario, como toda tendencia autoritaria, su ofensiva radical se contrapone al “demos” (el pueblo), y al rol activo y democratizador del Estado, con el único fin de apuntalar procesos de acumulación por desposesión, a partir del sacrificio y debilitamiento de los bienes públicos y de las políticas que reafirman los principios de solidaridad nacional.

Asumir que la promesa de progreso económico y político para todos, depende de una regresión en materia de derechos conquistados, es una perspectiva que amenaza y perjudica los avances efectivamente alcanzados en la agenda de políticas postneoliberales de los últimos 10 años. Resulta completamente descabellado, que en países de grandes desigualdades como los de América Latina, los corifeos neoliberales sigan alentando el dogma de “fe” en el mercado, mientras seguimos rodeados de “villas miseria”, de ciudades y poblaciones sin calles asfaltadas, sin alcantarillado, sin alumbrado público, sin servicio recolector de basura, sin hospitales, sin escuelas. ¿Cómo pensar que en semejantes realidades, la reducción del Estado pueda presentarse como un signo emancipador?

Una supuesta “transición” no puede llamarse democrática, si el papel que juega el Estado deja de ser el de una herramienta atenuante o paliativa de los brutales desequilibrios establecidos por las injustas condiciones económicas heredadas a lo largo del tiempo. El debilitamiento del Estado en sociedades altamente desiguales, es precisamente lo que reproduce las condiciones de miseria, y lo que destruye toda posibilidad de que los seres humanos puedan acceder a unos niveles mínimos de dignidad y de libertad material.

En tiempos de grandes encrucijadas políticas como en el que estamos inmersos, el desafío que enfrentan los sectores verdaderamente democráticos, reside en la capacidad que tengamos como sociedad, de cerrarle el paso tanto al fomento de la cultura xenofóbica, como al pretendido antagonismo entre las fuerzas de izquierda y los sectores nacional-populares, o al antagonismo entre los movimientos estadocéntricos y los movimientos autogestivos, puesto que esta fragmentación o división, termina fortaleciendo las posiciones neoaturoritarias de los sectores conservadores y reaccionarios.

Otra de las graves consecuencias del neoliberalismo – neoautoritario presente en la región, es su apuesta por el despliegue de regímenes despolitizados, en donde van a ser los poderes financieros globales los que controlan y dirigen a los gobiernos de los llamados países emergentes, a través de políticas que afectan directamente el campo de lo democrático-popular. Las políticas neoautoritarias, colocan el poder del Estado en manos de instancias y organismos no-electos, que operan a través de los flujos internacionales –muchas veces opacos- de mercado, reproduciendo por esta vía la des-democratización de los múltiples ámbitos de la existencia individual y colectiva.

En los Estados neoliberales y neoautoritarios, como sostiene Rancière, confluye la “impotencia de la política”, que se traduce en una ausencia creciente del demos (del pueblo) en las decisiones gubernativas, el cual se ve limitado e imposibilitado de intervenir o alterar la configuración de los marcos definidos y delimitados por los organismos y las empresas internacionales, que exigen y presionan por ajustes estructurales, controlando de esta manera la gobernanza real de nuestros países, mermando aún más la calidad de nuestras democracias.

En los Estados neoautoritarios, las decisiones sobre las cuales depende el destino de millones de personas, se ejecutan a espaldas del pueblo y no en función de las soluciones de los problemas reales de la sociedad. Los Estados neoautoritarios se tornan de esta manera, en herramientas que operan en favor de los sectores del gran capital, sacrificando la capacidad de control e influencia, en función de una gobernanza trans-territorial que se articula en un tipo de señorío excluyente y privativo. Asistimos de este modo, a la configuración de una nueva gobernanza que implementa un profundo ajuste disciplinario y restrictivo a la vida social.

Resulta entonces decisivo, al interior de sociedades que defienden una plena democracia, re-establecer los mecanismos que permitan conjugar las fuerzas de los movimientos sociales, con aquellos partidos políticos que hacen frente a la estragos causados por este modelo neoaturitario dominante. El momento crucial que viven nuestros países en la región, exige y demanda la articulación inmediata de los sectores progresistas, en un ejercicio permanente de denuncia y combate a los poderes fácticos (económicos, financieros y mediáticos).

El neoautoritarismo que acompaña el proceso neoliberal de nuestros días, promueve, como señala Rancière, políticas de odio a la igualdad, de desprecio a la justicia social, como si la lucha por una mayor igualdad o justicia para la región fuera algo infame, perverso o siniestro. Lo que las élites y los poderes fácticos pretenden dejar forjado en hierro, es la idea de una “naturalización” o “normalización” de las desigualdades sociales. El desgarramiento xenofóbico al interior de nuestros países, es otra de las condiciones indispensables para que el capitalismo neoautoritario siga avanzando en América Latina.

Las alianzas posibles en el campo de la política, de la comunicación y de la cultura desde los sectores progresistas, puede tener consecuencias de primer orden a la hora de re-definir el rumbo de nuestra región, puede servir, como nos recuerda Bolívar Echeverría, para contrarrestar la enajenación de lo político por parte de las imposiciones de la ley de mercado, es decir, para recuperar las facultades y competencias de la sociedad de auto-proyectarse y auto-realizarse de manera reflexiva, solidaria, y comprometida con las necesidades reales de nuestro país y de nuestra región en este siglo XXI.