El feminismo: una historia de resistencia

Ligia Haro Mena

Para debatir sobre la identidad de género y el feminismo en la actualidad, no solo en calidad teórica sino más bien optando por su comprensión histórica, he recurrido a elementos tanto conceptuales como históricos, que me permitan efectuar un acercamiento meticuloso y objetivo al análisis crítico sobre el feminismo de género visto como una manifestación de resistencia, en tanto a los fines que este persigue como línea de pensamiento y a manera de movimiento social; para lo que retomaré categorías tales como las encontrados en Foucault referentes al sujeto, el poder, el cuerpo y el género y los hallados en Butler tales como las categorías: diferencia entre sexo/género, delimitación de la categoría cuerpo.

Para la reflexión crítica es necesario realizar un recuento histórico que precise el momento en el que la teoría feminista enfocada al género cobró fuerza con el advenimiento del posestructuralismo, esta transición hacia una nueva forma de pensar la historia y los hechos sociales que la constituyen, data entre los años  60 y 90 del siglo XX, facilitando que se abriera el debate en torno a la reasignación del significado de género; tomando en cuenta que el posestructuralismo representó el momento de inflexión más crítico para el modelo de conocimiento que lo precedió y al que puso en cuestionamiento (el estructuralismo), dado que, como tal, este propugnaba el pensamiento crítico y no era partidario, a diferencia del que lo precedía, de la permanencia y relativa estabilidad de las estructuras. Así, a medida que el feminismo se veía influenciado por la teoría crítica, comenzaron a surgir cuestionamientos acerca de los tratados sobre el género, dándose la apertura a repensar, a reconfigurar las concepciones relativas a la identidad de género y al sujeto.

En primera instancia, cabe destacar que Foucault, uno de los más importantes posestructuralistas, “propone y problematiza el poder como configurador del sujeto”, con lo que pretende decir que el sistema de poder en el cual se ve inmerso un individuo, mediante sus mecanismos simbólicos-discursivos, constituye un modo de ser, el que a su vez es condicionado históricamente por el sistema de poder vigente. Siendo específicamente el sistema hegemónico patriarcal sobre el que Foucault realiza sus reflexiones, ha de hacer referencia entonces a los mecanismos específicos que este sistema usa y los medios para su legitimación, tales como las instituciones de: la familia, la escuela, la cárcel, los hospitales y en sí todo espacio que sea propicio para el ejercicio de relaciones sociales, que son siempre relaciones de poder; sabiendo que la forma en que se expresa el poder no siempre puede ser abrupta y negativa, que ésta puede darse por medio del disciplinamiento, el que en cierta medida implica obediencia y por tanto otorga algún grado de legitimidad, y este guarda una íntima relación con el saber, que funciona cómo criterio de jerarquización y se ejerce través de los discursos y mediante símbolos. En esta medida la disciplina se convierte en una táctica para la producción de sujetos sometidos a una determinada forma de actuar por miedo al castigo y el afán de recompensa, que al no tener una comprensión crítica de su condición se someten al poder sin cuestionarlo.

De esta manera el poder incide hasta el punto de estructurar la subjetividad del sujeto de dominación, por tanto, es un factor que prima en la configuración de las relaciones sociales y que sirve para afianzarlas. En cuanto el poder, también configura y determina al cuerpo del sujeto, este se convierte en un “cuerpo político” ya que en el fluctúan las relaciones de poder. Por tanto, la identidad y el cuerpo del individuo tienen sujeción con las formas de dominación que perpetúan el poder, y sus medios de legitimación de carácter discursivo y simbólico sustentan el principio de diferenciación sexo/género en donde se mantienen los principios que legitiman la desigualdad.

El mencionado “dimorfismo sexual” estipula que el sexo se constituye biológicamente, mientras que el género lo hace socialmente, la cuestión es: ¿cuál es el determinante al momento de identificarse sexualmente?, Butler, que pertenece a la segunda ola del feminismo, partidaria del constructivismo social, alega que en este sentido la noción que se tiene sobre el cuerpo está construida socialmente y que “el género instituye la diferencia sexual anatómica como hecho natural”, no al revés. La discusión en torno a esto ocasionó una división en las vertientes feministas; cada ola del feminismo vino cargada de una manera diferente de concebir la división entre sexo y género de acuerdo con su percepción de la realidad respecto al espacio-tiempo.

El feminismo como movimiento intelectual, social, político y cultural, no solamente representó una ruptura en el modo de producción del conocimiento, sino también en la forma de estructuración de las relaciones sociales y consecuentemente en el orden económico. Cuestionó todo el sistema hegemónico patriarcal, a medida que articuló métodos y técnicas que le aceptaran realizar críticas reflexivas sobre el género, utilizando  recursos metodológicos como el del “giro lingüístico”, que permitía el análisis del lenguaje empleado en los discursos, de la forma y el contenido de género que difundían, accediendo así a una comprensión crítica del contenido simbólico e ideológico de los mensajes, emitidos en términos binarios, cuya lógica albergaba, en sí, el principio de la exclusión y de la diferencia, así como las nuevas categorías de género le sirvieron al feminismo para demostrar el grado de subordinación social que el término “mujer” o cualquier término que aluda a las “minorías sexuales” representaba.

El feminismo tiene su interés en oponer resistencia a la represión y exclusión hacia todas las minorías sexuales, de manera que a medida que fue ganando campo en la esfera de lo social y lo político fue instaurándose como un grupo social que presenta resistencia a la opresión infringida por la heteronormatividad naturalizada socialmente, cuyos cimientos yacen en el sistema de sexo/género, sistema que legitima y produce los principios de desigualdad entre lo masculino/femenino. Dado que el poder prevalece en la medida en la que los sujetos están inmersos en él, cuestionar el sistema de poder para el feminismo es en cierta forma un intento de romper el sistema desde su interior y, como tal, de presentarle resistencia a los mecanismos de coacción y coerción que usa el poder para perpetuarse.

No se trata de criticar el feminismo concibiéndolo como una categoría paradigmática, ahistórica y tácita solamente, se trata de preguntarse: ¿por qué el feminismo representa un momento histórico tan importante en el desarrollo del intelecto?, ¿cómo este expresa su propuesta de liberación?, ¿de qué manera las nuevas formas de concebir al género rompen con la heteronormatividad establecida y hasta cierto punto legitimada por el sistema sexó/género predominante en la sociedad?