Dictábamos sentencias desde los micrófonos…

Iván Sierra

“Despreciable”. Así tenía pensado titular este artículo, pero me pareció mejor utilizar la brutal frase del periodista Andrés Carrión, expresada recientemente en el programa Derechos Reservados, de Ecuador TV.

Brutal, anoté antes, por la fuerza descomunal de la confesión: “Nosotros dictábamos sentencias desde los micrófonos, desde las cámaras; nosotros resolvíamos qué era lo bueno y qué era lo malo, nosotros interveníamos en política, éramos actores políticos y al mismo tiempo éramos periodistas…”

Brutal también porque Carrión lo afirmó sin sonrojarse, sin ofrecer disculpas; y porque el resto de la prensa y la sociedad civil lo dejó pasar de forma casi inadvertida. Es como si viviéramos en un estado de brutalismo comunicacional en el que Carrión y cualquier otro puede mostrar públicamente de qué burdos materiales está hecho su ejercicio profesional sin disimulo alguno y los demás lo vemos como normal y permisible.

El laureado politólogo argentino Guillermo O’Donnell utiliza con frecuencia los términos “control horizontal” y “control vertical” para referirse al juego de poderes en un Estado de derecho. El control horizontal está dado por las funciones o poderes del Estado, mientras que el control vertical se gesta en la relación de la ciudadanía con el gobierno en cuanto a sus niveles de aceptación, de credibilidad y de proximidad. Bueno, allí es donde aparece la prensa, en particular la privada, y empieza a jugar roles diversos a lo largo de los tiempos de acuerdo a la coyuntura y a sus intereses. La prensa, constituida como la principal fuente de información de la mayor parte de la ciudadanía, nutre a ésta y forma -o deforma- las relaciones de poder del control vertical.

El poder de la prensa fue siempre altamente representativo, pero en este último tercio de siglo en que el mundo occidental ha convertido en negocio casi todo, su capacidad de influir en la sociedad está gobernada por intereses económicos y blindada por corporaciones millonarias. Su poder es brutal.

Ignacio Ramonet, en Cómo nos venden la moto, ilustra con una pregunta que él mismo responde: “¿Se puede contar con la prensa, con ese recurso del ciudadano que a veces es llamado el cuarto poder y que tradicionalmente, en las democracias, tiene por función principal desvelar la verdad y proteger a los ciudadanos contra los abusos de los otros tres poderes […]? De hecho, para decirlo llanamente, no”. No, apostillo, porque frecuentemente la prensa tiene intereses diferentes de las grandes mayorías ciudadanas. Y su poder, perdón la reiteración, es brutal.

Vuelvo a Carrión en el programa Derechos Reservados, donde afirmó refiriéndose al alivio por la supresión de las sabatinas: “Eso de estar todas las semanas diciendo que somos prensa corrupta […] es miserable; yo tengo hijos, yo salgo al supermercado y es probable que si eso te están diciendo todas las semanas, alguien pueda creer que sí es verdad”.

¿No fue eso justamente lo que hizo buena parte de la prensa durante los diez años de la Revolución Ciudadana cuando dictaban sentencias desde los micrófonos y decidían qué era lo bueno y qué era lo malo? Ese proceder malsano explica que la prensa ecuatoriana sea la duodécima menos confiable de la región, según el informe Latinobarómetro 2018 .

Dictar sentencias desde un micrófono es arruinar la honra de inocentes, destruir sus familias y mancillar el valor de obras públicas que llegaban para dignificar la vida de una comunidad; dictar sentencias desde un micrófono es afectar el ánimo ciudadano, exacerbar el odio, sembrar el caos; es un acto de cobardía, de ilegalidad y de miseria de alma. Es robarse la esperanza.

Si eso hicieron durante el gobierno de Rafael Correa, ¿qué sentencias dictarán ahora que incluso confiesan su proceder deleznable sin pizca de rubor?

¿Qué más, además de sentencias, estarán dictándole al gobierno actual? ¿A favor de quién estarán trabajando ahora que han vuelto a ser los intocables, el poder sin contrapoder?

Marcelo Bielsa, director técnico de fútbol y una de las mentes más respetadas en ese deporte, enfrentó hace poco a un sector de la prensa deportiva francesa, acostumbrada como parte de la nuestra a comunicar con poco rigor y menos ética. Les dijo “el oficio de ustedes es ese: cuando hay riesgo, convertirlo en catástrofe y cuando hay prosperidad acercarse al próspero. Por eso la compañía de ustedes siempre es despreciable”.

Despreciable. Suscribo.