A veinte años del Nobel, Saramago hasta siempre (1)

Modesto Ponce Maldonado

A principios de los noventa, una sobrina que vive en Sao Paulo, titulada en Literatura y Lenguas, me dijo: “Tío, lee de José Saramago El Evangelio según Jesucristo”. No había oído su nombre y en las librerías no lo conocían. Saramago nació en 1922 de una familia campesina, pobre, en un pequeño pueblo llamado Azinhaga. Vivió de pequeño en una choza, a la cual llamó “la casa de las paredes ciegas”, descalzo, rodeado de animales y nieto de analfabetos y de padres rústicos. Salvo dos novelas escritas de muy joven y que no se publicaron sino después de su muerte en 2010, se dedicó al periodismo principalmente y participó en la “revolución  de los claveles”, que derrotó  en 1974 a la dictadura salazarista que gobernó Portugal por cuarenta años. Fue un convencido marxista (de un marxismo humanista, tal como fue concebido en el análisis de la sociedad), y además ateo que en sus famosos Cuadernos de Lanzarote definió a Dios como “un grito del hombre en el silencio del universo”.  Saramago, igual que Cervantes, comenzó a escribir a los 55 años. Según él, no tenía todavía nada que decir. El Nobel le fue otorgado en 1998.  Por motivos económicos careció de estudios universitarios y su único título fue de “mecánico cerrajero”. El padre, un policía, supuso que no llegaría a más.

De casualidad, encontré un solo ejemplar de El evangelio según Jesucristo en un local pequeño, ¡especializado en libros “esotéricos”! La librería no tenía idea de lo que vendía. Así conocí a Saramago e inicié un peregrinaje alucinante a través de la casi totalidad de su obra. A causa del Evangelio y de sus ideas fue perseguido por la Iglesia Católica — “por aquella estructura odiosa, aquél odioso espíritu”, según declaró—, que impidió que la obra sea presentada a uno de los premio europeos más importantes, y que determinó que dejara Portugal para radicarse en la isla Lanzarote, en las Canarias.

Hace unos años, preparé dos charlas, una sobre El evangelio y otra titulada “Saramago y la dimensión de lo profundo” sobre su obra, su estilo, sus contenidos, que fueron presentadas en universidades de Quito y Guayaquil. (Si alguien se interesa, pueden consultar mi página web y acceder a los textos). El evangelio comencé a leerlo una tarde lluviosa de sábado, y después de mirar una reproducción de Durero sobre la crucifixión, no pude pasar del primer capítulo debido al impacto que me produjo. Esperé hasta el próximo sábado, leí dos veces más ese capítulo y solo así pude continuar. No podría responder a la pregunta sobre qué autores y obras prefiero. Que me interroguen sobre los que amo. En esta materia hay elementos subjetivos, propios de cada estructura emocional y de actitudes ante la vida. Normalmente, preocupa nada más que la obra en sí, pero en el caso de Saramago es muy difícil dejar a un lado al hombre detrás de la palabra. Él fue contrario al concepto de muchos teóricos del lenguajes que hablan de un “narrador omnisciente”, una especie de dios que todo lo controla, o del narrador personaje. Saramago opina que solamente es el autor el que “ejerce función narrativa real en la obra de ficción”, a quien califica como un “narrador inestable”.

Rodeado de los cuentos del abuelo, Saramago es fruto de un ambiente oral. Sostiene que escribe, más que para ser leído, para ser oído. Las pausas propias del habla y la cadencia incorporada al lenguaje oral son diferentes al escrito. De allí que su prosa sea muy melódica y contenga elementos de la música, es decir “sonidos y pausas, altos y bajos, unos breves, largos otros”. Piensa que debe tenerse en cuenta “la voz que dentro de la cabeza del lector dice que los ojos que simplemente ven (…) El narrador oral no usa puntuación”, y Saramago tampoco lo hace, salvo en el caso de los puntos y las comas. Los inicios de los diálogos son precedidos de mayúsculas. No hay signos de ninguna clase. Hay personas que no pueden con Saramago y se pierden, que luchan contra él en vez de dejarse transportar. Las dificultades para leerlo se terminan cuando el lector capta el ritmo escondido en su prosa y mantiene el compás de su narrativa. Estamos ante un caso en que la palabra dicha se encuentra sobre la palabra escrita.

Nuestro autor ha impuesto la necesidad de pensar sobre las relaciones de la literatura y la vida, la literatura y la historia. Un comentarista de Saramago ha opinado: “¿Qué es más ficticio, la obra literaria o la Historia que se considera como ciencia? (…). Sus novelas basadas en hechos históricos (…) están cuestionando a la historia, a las historias oficiales. ¿Es el escritor el historiador heterodoxo de la Historia”? En definitiva, cuánta realidad en la novela y cuánta ficción en la historia. Esto es más evidente en el mundo enloquecido de hoy. En la parte segunda de este comentario se tocará el conjunto de la obra del Nobel.

Otro elemento notable está en la forma como maneja los tiempos. No son únicamente saltos de siglos, con historias de amores y desamores,  vidas, muertes, sueños y sombras, locuras y fantasmas; son también rupturas de tiempos que no dejan de producirse; rupturas que se introducen  a partir de comentarios, comparaciones, palabras del habla popular, refranes, opiniones filosóficas, estéticas o políticas, crítica social, comentarios sobre el oficio de escribir. El tratamiento caprichoso de los tiempos narrativos se complementa con los cambios repentinos de los tiempos verbales: un presente que aparece repentinamente, un pasado que pudo haber ocurrido, un futuro hipotético que jamás sucederá en la novela.

Saramago estuvo en todo. Cuando se enteró del conflicto Ecuador-Perú en 1995 escribió: “El conflicto ha sido motivo para que los ‘profesionales’ del patriotismo de ambos lados salgan a las calles en manifestaciones de apoyo más o menos histéricas, con las habituales banderas, himnos gloriosos (…) y criaturitas esperando crecer para ir, también, a la guerra. (…) ¿La paz no podía haber sido conseguida antes? ¿Era necesario que mueran estúpidamente una cuantas centenas que no tenían nada que ver con el asunto? (…) a causa de unos cuantos kilómetros de selva amazónica que ambos juran a pie juntillas pertenecerles?”