I

Uno de los rasgos que acompaña el intento imperial de recolonización del Ecuador, es la existencia de escenarios ocultos en la participación de Moreno Garcés como Vicepresidente del gobierno de Rafael Correa Delgado (2007-2013), como delegado del mismo gobierno ante NNUU (2013-2017), durante la campaña electoral (2016-2017), e inclusive en su gestión presidencial (2017-2020). Gracias a varias filtraciones, entre ellas las de Wikileaks, ha sido posible inferir esta característica que emerge de modo imprevisto pero persistente a lo largo de todos estos años.

Un primer escenario oculto incumbe a sus relaciones con los EEUU desde su posesión como Vicepresidente el 15 de enero de 2007, evidenciado en varios documentos de la Embajada estadounidense en Quito fechados inmediatamente después de ello (17-01-2007) y un año después (15-05-2008). Filtrados por Wikileaks, estos revelarían que el entorno vicepresidencial –“amigos del círculo cercano”- reportaban directamente a la Embajada sobre la situación de Moreno, quien era constantemente monitoreado por ellos (Calderón y Tirado, 2018). No les debe haber resultado difícil esta filtración en las cumbres, en un Estado cuyos aparatos de seguridad e inteligencia “nacionales” estaban penetrados, como se descubriría luego del ataque a Angostura, suelo ecuatoriano, por parte del gobierno colombiano de Alvaro Uribe, el 1 de marzo de 2008.

Pero, volviendo a Moreno, uno de sus colaboradores más cercanos y actual ministro de mayor confianza –Andrés Michelena- era considerado por la misión estadounidense como un contacto tan importante, cuanto que se darían instrucciones explícitas para proteger su identidad (Vold, 2017).  Según los cables filtrados por Wikileaks, hacia 2008 Michelena se entrevistaba en secreto con “Poloff”, nombre encubierto del principal funcionario político de la legación.  Un documento sellado como “secreto” y remitido por la embajadora Linda Jewell el 15 de mayo 2008, daba cuenta de una reunión sostenida por Michelena y “Poloff” el 17 de abril de ese mismo año, en la que el primero le dijo “…al diplomático que Moreno estaba ‘muy cómodo trabajando entre bastidores’” (Vold, 2017), es decir, “de modo confidencial o secreto” según las definiciones lingüísticas. ¿Qué significaba esto tan temprano como 2008?  ¿Qué Moreno ya había contraído “compromisos” con el gobierno de EEUU, o que podía perfilarse como un candidato para hacerlo? 

Para Vold, esta forma de hacer política lo muestra “como una figura […] que maneja hábilmente sus hilos en las sombras fuera de la luz pública…”, pero también lo convertía en alguien “que valía la pena intentar ‘abordar’ y así lo recomendó la Embajadora Jewell a sus superiores en Washington” hacia 2008 (Vold, 2017, en).  Lo cierto es que parecería que ya para 2013 la Embajada gringa apostaba a la candidatura presidencial de Moreno. Calderón y Tirado observan que los cables filtrados por Wikileaks en su período vicepresidencial (2007-2013), “…dan cuenta de una preocupación excesiva de los EE.UU. por los problemas de salud de Moreno, que por entonces parecían impedirle su candidatura a la presidencial en 2013, como reemplazo de Correa” (2018:2).  ¿Es que ya para esa fecha estaba preparado el “gobierno de la traición”?

II

Un segundo escenario encubierto de Moreno, sería el relativo a las presuntas operaciones económicas ocultas de su familia que se habrían registrado nada menos que cuando formaba parte del mismo gobierno de Correa, casi al finalizar su segundo período vicepresidencial (2009-2013).  Estas operaciones serian develadas en 2019 por otras filtraciones, y su impacto social y político ha tratado de ocultarse y minimizarse por parte del gobierno y sus aliados.  Los documentos filtrados revelarían un entorno familiar vicepresidencial contrario a la ética planteada por la Revolución Ciudadana, frontalmente opuesta a las prácticas oligárquicas de fuga de capitales a “guaridas fiscales”, ora para no pagar impuestos, o para ocultar dineros mal habidos. En efecto, según la información divulgada en 2019, hacia marzo de 2012, uno de los hermanos del Vicepresidente -Edwin Moreno-, habría constituido una empresa offshore denominada Ina Investment, cuyo objetivo habría sido receptar “…dineros … de coimas que determinadas empresas … pagaban por el lobby efectuado en las adjudicaciones de determinadas concesiones con el Estado” a través de testaferros. “Uno solo de esos movimientos –añade el documento- fue de 18.4 millones recibidos por Conto Patiño-X. Macías y que terminó “a nombre de Edwin Moreno en la cuenta de Ina Investment”.[1]  El 10 de mayo de 2019, la Directora del SRI confirmó la recepción de esta suma en dicha cuenta.[2] Sin embargo, hasta el momento, la investigación sobre este presunto ilícito no ha prosperado.

III

Un tercer escenario “tras bastidores” se identifica cuando Moreno ya fue designado candidato y durante la campaña electoral presidencial (2016-2017). Por aquel entonces, “jugaba a dos bandas”: planificaba la campaña con Correa y sus delegados, pero también se reunía con “empresarios de derecha”, adversos al proyecto político progresista (Tamayo, 2019).  Vold plantea que “…(l)a prueba más fehaciente de que [trabajaba tras bastidores …] es que Moreno logró pactar con los adversarios de Correa y la revolución ciudadana, mientras Correa y las bases de Alianza País llevaban a cabo la campaña electoral que lo llevó al palacio presidencial, sin que nadie se diera cuenta… “ (Vold,  septiembre 2017).  Según el testimonio de un individuo involucrado en la presunta conspiración, al parecer este doble juego, pero contra su candidatura,  también lo habría hecho en aquel momento la Embajada[3].

Una vez posesionado como Presidente empezarían a ser develados los pactos ocultos con los adversarios históricos de la Revolución Ciudadana.  El 2 de agosto de 2017, el Vicepresidente Jorge Glas denunciaba en carta pública el pacto secreto entre Moreno y “personajes nefastos”: la banca del “feriado bancario”, los “malos empresarios” explotadores de los trabajadores, “los de las barcazas”, los que “pretendían quebrar al Estado para privatizar y hacer grandes negocios, los seudo sindicalistas acostumbrados a tener privilegios….” Tal pacto prefiguraba el “…retorno del viejo país a través del reparto, del tongo” (El Telégrafo, 2-08-2017).  La denuncia fue corroborada por otros protagonistas y por otras filtraciones[4].  Para ese momento se evidenciaba que los actores, escenarios y pactos “tras bastidores” de Moreno involucraban al Partido Social Cristiano (PSC), Creando Oportunidades (CREO) y Fuerza Ecuador (FE), partidos de derecha, duros opositores al proyecto político progresista, a quienes se habrían entregado puestos claves del gobierno y de empresas públicas a través de la intermediación de asesores de Moreno, aparentemente cercanos a la Embajada de EEUU[5].  En torno a la articulación de la embajada estadounidense en estos escenarios ocultos, Eirik Vold plantea una interrogante necesaria: “El giro hacia la derecha, tanto en la política interna como en el ámbito internacional […] y los pactos forjados a espaldas de su propio partido y aliados, nos obliga a preguntar si los EE UU tuvo algún papel en el manejo entre bastidores de Moreno que debe haber tenido lugar los meses antes y durante la campaña electoral (Vold, septiembre 2017).

Así los hechos, lo cierto es que Moreno se reuniría secretamente con Paul Manafort, ex jefe de campaña de Donald Trump, y, en el marco de esas conversaciones sostenidas a mediados de mayo de 2017, es decir, poco antes de asumir la Presidencia, le habría planteado “…su deseo de que Assange abandonara la embajada […] a cambio de concesiones por parte de Estados Unidos como el alivio de la deuda…”  (CNN en español, 4-12-2018) [6].  Casi dos años después, el 11 de marzo de 2019, el gobierno de Moreno firmaría la décimo séptima Carta de Intención con el FMI, luego de trece años de exclusión de este organismo de las decisiones de la política económica del Ecuador (Pastor, 2019, 9-05-2019), y exactamente un mes después, el 11 de abril de 2019, transgrediendo flagrantemente toda norma del derecho internacional, le retiraría el asilo a Julián Assange, que el Estado ecuatoriano le había otorgado en 2012 a fin de proteger su vida, entregándole a los cuerpos de seguridad de grandes potencias, sin reparar en la violación de sus derechos humanos, pero poniéndose a tono con el discurso y la práctica imperial de “protección de  las ciberamenazas”  (Romano, Tirado, García Fernández, 2018a, 27-01). Pero, mientras la entrega a Julián Assange fue publicitada, la firma del acuerdo con el FMI en 2019 estuvo rodeada de secretismo y misterio, de “circunstancias opacas”, al decir de un analista (Waldmuller, 2019), que incluso provocaría el reclamo de la Defensoría del Pueblo para que se “trasparente” y se proporcione la información completa (Defensoría del Pueblo, 2019). 

Estos escenarios ocultos se han extendido con sectores aliados del sindicalismo, denunciados por sus compañeros por actuar “a hurtadillas” y en un ambiente de “secretismo…amarres … y complicidad”[7]. Y, a estas alturas, se han transparentado como inherentes a la práctica gubernamental.  De hecho, los sucesivos escándalos en torno al “reparto de los hospitales”, estallados en el marco de la actual crisis sanitaria (2020), han develado los pactos oscuros de intercambio de cuotas de poder gubernamental a cambio de votos en la Asamblea ejecutados en escenarios “tras bastidores”.  Ni qué decir del giro radical de la política internacional, o el desmontaje del progresismo en el Estado o su bloqueo en la sociedad implementados a lo largo de todos estos años, medidas claramente subordinadas a la estrategia regional de EEUU y, seguramente, pactadas con dicha potencia en escenarios encubiertos.

IV

¿Qué es lo que nos revela la presencia de estos escenarios ocultos en los que se toman las decisiones estratégicas de la política gubernamental del Ecuador de hoy?  Primeramente, la naturaleza de las superestructuras políticas del Estado y de la sociedad civil ecuatorianos.  Recordemos con Gramsci, que las relaciones internacionales “siguen” a las relaciones sociales fundamentales, es decir, a las inherentes a las clases fundamentales.  “Cuando más subordinada está la vida económica inmediata de una nación a las relaciones internacionales, tanto más representa esta situación un determinado partido y la explota para impedir que ganen ventaja los partidos adversarios […]  De esta serie de hechos se puede llegar a la conclusión de que a menudo el llamado ‘partido del extranjero’ […] es […] el partido […] que, en realidad, más que representar las fuerzas vitales de su propio país, representa su subordinación y el sometimiento económico a las naciones o a un grupo de naciones hegemónicas…” (1999: TV, 19).

En el caso que nos ocupa, se registran superestructuras (gobierno, Estado, partidos, dirigentes, etc.) mediadas de modo decisivo por actores externos, en este caso, por una potencia imperial, rasgo que debe ser privilegiado en el análisis, si consideramos que el capital monopólico subyuga a la economía ecuatoriana y la torna dependiente, al mismo tiempo que la penetra políticamente debido a la ausencia o debilidad de un Estado nacional (Quintero, 2005). Este rasgo cobra mayor relevancia en la actualidad. Como lo señala Paz y Miño. “(l)os materiales ahora públicos mundialmente, por las acciones de Wikileaks, de Assange, Edward Snowden, William Binney, Thomas Drake, Bradley Manning, Sibel Edmonds o Josselyn Radack, demuestran y comprueban, una vez más, que sobre la historia de América Latina no solo actúan las fuerzas de la confrontación interna, sino los poderosos intereses geopolíticos de las grandes potencias. No es una ‘cantaleta’ usualmente atribuida a los sectores de la izquierda, que permanentemente han sabido observar la presencia imperialista en la región. La incursión ilegítima merece ser denunciada y, además, combatida” (Paz y Miño, 2019).

Esta permeabilidad de las superestructuras a ser intervenidas por poderes extraños, naturalizada por las clases dominantes y sus intelectuales orgánicos, a tal punto que la toman a burla cuando se la introduce en el análisis[8], hace parte de la matriz colonial del  Estado oligárquico ecuatoriano, resistente a todas las reformas políticas a lo largo del siglo XX  y  lo transcurrido del XXI. Al comparar el pasado progresista de afirmación de la soberanía con el presente recolonizado, un periodista afirmaba: “¿Qué ha cambiado desde que el nuevo Canciller asumió la dirección de la política exterior?  El Ecuador ha redescubierto que Estados Unidos es un socio ineludible para la búsqueda de seguridad nacional frente a una frontera ingobernable; que los multilaterales son una fuente de financiamiento a tasas razonables y sin compromisos corruptos y que el régimen chavista de Venezuela, en lugar de ser la co-vanguardia (conjuntamente con Cuba) de la revolución latinoamericana, es una amenaza para el bienestar de la región y una plaga para los venezolanos. Además, existe una consciencia clara de que el asilo ecuatoriano de Assange es una vergüenza y un pasivo estratégico para el país” (Espinosa, 2018).

Lo significativo es que estas nociones apátridas, coloniales, inherentes a los escenarios de pactos “tras bastidores” se desenvolvieron en el mismo corazón de la Revolución Ciudadana.  Es decir, mientras por una parte desde las altas cumbres se afirmaba una política de soberanía frente a los poderes fácticos, había actores en esas mismas cumbres que pactaban a las sombras con ellos.  Adicionalmente, con seguridad la subestimación de esta variable distorsionó el horizonte de análisis, impidiendo a los actores del progresismo considerar escenarios posibles mediados por esta intervención, como el que se presentó en la realidad desde el 24 de mayo de 2017.

Por otra parte, la realidad descrita nos plantea otra interrogante.  ¿Hasta dónde han llegado los pactos en escenarios “tras bastidores” y encubiertos con Estados Unidos y las élites oligárquicas ecuatorianas?  El 5 de febrero de 2019 Moreno emitía el Decreto 660 mediante el cual reorganizaba el Ejecutivo a través de la “creación de un gabinete estratégico y seis sectoriales” con competencias para la toma de decisiones, poniendo a la cabeza de cada uno de ellos a funcionarios de su confianza, pero también a intermediarios de transnacionales, cámaras de la producción y a cuadros cercanos a los aparatos de seguridad estadounidenses (Registro Oficial #439, 1-03-2019).  Algunos analistas interpretaron que estaba “desentendiéndose de la conducción del Ejecutivo” y delegando la toma de decisiones (GK, s/f), presunción nada descabellada.  La insignificante presencia del presidente Moreno, circunscrita a asuntos protocolarios, viajes internacionales y comparecencias puntuales, mientras las decisiones estratégicas son comunicadas por funcionarios/as secundarios/as e incluso por los mismos burócratas internacionales[9], permiten plantear la hipótesis de que los pactos “tras bastidores” parecerían haber dado paso a un “gobierno tras bastidores”, un gabinete a las sombras,  que es el que toma las decisiones cruciales en este período de recolonización del Ecuador.

Fuentes

 

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