11 315 días de amor y espera por Santiago y Andrés Restrepo

María Fernanda Restrepo

Cada inicio de año viene cargado de propósitos para todas las familias ecuatorianas: obtener ese nuevo crédito, graduar al último hijo, pasar más tiempo con el nieto, viajar más, hacer ese curso, agrandar la casa, ¡porque son tantos! Nuestros propósitos como familia se han resumido desde 1988 a no olvidar. A seguir buscando a Santiago y Andrés, a no cansarnos, a soñar que aparezcan ya, que algo, que al menos… que quizá alguien pueda al fin aclarar toda la verdad. Así hemos sumado años y entiendo que el amor puede ser infinito.

Son 31 años, 1 día, 2 horas, 2 minutos… Mi papá suele relatar así cualquier recuerdo que empieza a evocar en torno a la desaparición de mis hermanos. Su memoria es intacta, quizá incluso más clara y potente que antes, mientras su andar es más pausado.

Cada gobierno de turno que ha intentado apagar nuestra lucha y dejarla en el olvido, que ha intentado echarle tierra al caso en estos 11 315 días sin Santiago y Andrés, no ha menguado esos propósitos de inicio de año con los que empezamos. Seguimos de pie con la frente en alto, y no escondida bajo solapas policiales, bajo discursos políticos de maquillado “cambio”, bajo archivos de fiscales inexpertos en escritorios pasajeros.

En 1988 la voluntad política era crucial para ordenar que se aclare el crimen, cuando aquella cruel y adiestrada policía, que seguía políticas de un régimen de terror como lo fue el de León Febres Cordero, decidió porque sí, por un “falso positivo”, por un ascenso en sus mazmorras, torturar, asesinar y desaparecer a dos niños inocentes.

Pudo haber sido tan fácil como admitir que su política de Estado arruinó la vida de cientos de familias, que harían todo lo que estuviera en sus manos antes de entregar el poder para resarcir la angustia de tantos padres de la época. Pudo haber sido tan fácil para la policía como entregar inmediatamente sus cuerpos torturados, los cuales habríamos enterrado de la manera más cuidadosa posible, se habría castigado a los culpables, y nos hubiéramos ido quizá de Ecuador para siempre. Pudo haber sido más fácil para todos. Pero decidieron el camino del engaño, la mentira y la impunidad. Un camino eterno que no esperaban que asumamos combatirlo hasta el final.

Pasaron los años, y pudo haber sido más fácil para Borja ordenar una búsqueda inmediata en Yambo, luego de la confesión del ex agente Hugo España, y no esperar 1 mes más tarde, en el que todo pudo haber sucedido. Pudo haber sido más fácil luego para Sixto dejar de oír música clásica los miércoles y atender a dos padres con carteles que seguían exigiendo la devolución de sus niños. Pudo haber sido más fácil para los siguientes gobiernos, entre elegidos e interinos, hacer algo, lo que sea, menos permitir que la sordera afecte su sentido de entenderse padre o ser humano al menos.

Pudo haber sido más fácil dar la importancia que se merece este caso y las miles de desapariciones involuntarias que se registran actualmente en el país, para capacitar con todos los medios y más tecnología a fiscales, jueces, peritos, entre otros. Pudo haber sido más fácil no eliminar 2 de los 5 fiscales en Pichincha que tratan delitos sobre desaparición y no hacer este camino más tortuoso para todos.

En años pasados, el ex ministro de gobierno Serrano nos ofrecía un acto por todo lo alto, en el que la Policía pediría disculpas públicas a la familia por el crimen cometido contra mis hermanos. Nos negamos, porque sin la verdad total, que solo reposa dentro de esas mazmorras policiales y los agentes que aún quedan vivos, no existe el perdón.

Pasó el tiempo y vino mi documental para resumir -en parte- todo el infierno que hemos debido enfrentar. Cuando Lenín Moreno era vicepresidente, apareció algún día pidiéndome un DVD para verlo. Me arrepiento de no habérselo enviado, pero aún estoy a tiempo, para recordarle con qué tipo de pasado está pactando ahora que es Presidente.

Veo a mi padre caminar más lento y aún no puedo entender cómo es posible que cada uno de los responsables sigan engullendo una parte de la verdad, e incluso mueran con ella. ¿Cómo pueden sostener su oscura existencia, sabiendo que un padre tal vez no llegue a descubrir nunca esa verdad y que quizá tampoco sea yo?

Me calma al menos saber que existe un país distinto pendiente de Santiago y Andrés, que todas las generaciones que vienen detrás seguirán preguntando, señalando, recordando. Que lo fundamental de la vida está en la memoria, que por eso no han muerto del todo y más bien se multiplicaron por miles.

Pudo haber sido todo más fácil, pero como no lo fue, seguiremos infinitamente recordándoles que nuestra lucha y nuestro amor son eternos.