Pensaba en el cambio. Existen diversas formas de comprenderlo. Hay cambios que se producen desde la inconsciencia misma de la vida y otros que son el resultado de procesos más deliberados y conscientes. Lo único indiscutible es que los seres humanos habitamos un devenir permanente. Vivimos inmersos en una transformación constante que no solo nos atraviesa individualmente, sino que también modifica el mundo que nos rodea. Quisiera referirme aquí a un tipo particular de cambio: aquel que puede ser profundamente consciente desde una perspectiva, e inconsciente desde otra.
Este cambio se relaciona con la manera en que actuamos en los distintos espacios sociales que habitamos. No somos las mismas personas en el ámbito familiar, en el trabajo, entre amigos o en una organización política. Adaptamos nuestros comportamientos, nuestro lenguaje e incluso nuestras emociones según el entorno en el que nos desenvolvemos. Podría decirse que se trata de un cambio camaleónico. Aunque, en apariencia, esta adaptación es consciente, vale la pena preguntarse por las razones más profundas que la motivan.
Para comprenderlas, es necesario reconocer que la cultura ecuatoriana arrastra todavía fuertes rasgos de servilismo heredados de la experiencia colonial, posteriormente reforzados por las dinámicas de dominación propias del capitalismo. Este legado nos enseñó a ser complacientes con quienes detentan el poder, autoritarios con quienes consideramos inferiores e hipócritas o envidiosos con quienes percibimos como nuestros iguales. En lugar de construir relaciones basadas en la solidaridad, aprendimos a interpretar gran parte de nuestros vínculos sociales a través de jerarquías y relaciones de competencia.
En este punto resulta pertinente recuperar la teoría del reconocimiento de Axel Honneth. Desde esta perspectiva, el reconocimiento, bajo la lógica capitalista, deja de ser una condición para la realización humana y se convierte en un mecanismo de adaptación funcional a los espacios que habitamos. Aprendemos a encarnar aquello que cada contexto demanda de nosotros para obtener beneficios materiales, simbólicos o políticos. Nuestros sueños, capacidades, emociones e incluso nuestras fragilidades son convertidas en recursos intercambiables, en mercancías susceptibles de generar algún tipo de rendimiento.
Sin embargo, esta forma de reconocimiento produce consecuencias profundas en el tejido social. Al estar mediada por la competencia, fomenta valores que erosionan los vínculos colectivos: la denigración del otro, el odio, la difamación y el menosprecio. Tales prácticas no son simples desviaciones morales individuales; constituyen mecanismos funcionales a una lógica que privilegia el éxito personal por encima de la construcción de proyectos comunes. En consecuencia, operan como un poderoso factor de desarticulación social y debilitan las posibilidades de organización y representación política de los sectores populares.
Por ello resulta especialmente preocupante observar cómo estas mismas prácticas se reproducen al interior de organizaciones sociales y partidos políticos que, al menos en el plano discursivo, buscan cuestionar el orden capitalista. Cuando la disputa política se expresa mediante la difamación, el desprestigio personal o el menosprecio sistemático de los compañeros, se terminan reproduciendo precisamente las lógicas que se pretende combatir.
La disputa política es legítima e incluso necesaria. Ninguna organización sana está exenta de conflictos, desacuerdos o debates internos. Por el contrario, la ausencia de discusión suele ser síntoma de estancamiento. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre el debate político y la destrucción del adversario interno. Los mecanismos de disenso deberían contribuir a la elaboración colectiva de mejores estrategias y no convertirse en instrumentos para la acumulación individual de poder. Cuando esto último ocurre, la organización comienza a erosionarse desde dentro.
Además de resultar incoherente, esta conducta plantea un problema ético. Quien reproduce prácticas de odio, difamación o sectarismo para preservar una posición de poder termina subordinando los objetivos colectivos a intereses personales. La política deja entonces de ser una herramienta de transformación social para convertirse en un escenario de competencia por espacios de representación.
La difamación entre coidearios con el propósito de perpetuarse en cargos de dirección no solo revela una profunda mezquindad humana; también evidencia una preocupante falta de compromiso con los procesos políticos que se dice defender. Más grave aún, demuestra la ausencia de una visión estratégica. Las fracturas internas, lejos de fortalecer a quienes las impulsan, terminan proyectando una imagen de debilidad ante la sociedad y ofreciendo ventajas a los adversarios políticos.
Por ello resulta lamentable que sectores progresistas adopten los mismos mecanismos de denigración que han sido forjados e institucionalizados por la derecha neoliberal. Esta actitud no solo refleja una incapacidad para reconocer errores propios, sino también una preocupante falta de aprendizaje respecto de experiencias recientes. El sectarismo ya tuvo consecuencias concretas: contribuyó al debilitamiento del progresismo durante los últimos procesos presidenciales. Persistir en esa conducta implica ignorar las lecciones que la propia realidad política ha puesto sobre la mesa.
En última instancia, esta forma de hacer política, profundamente influenciada por valores y prácticas propias de la competencia capitalista, reduce las posibilidades de consolidar uno de los procesos más relevantes de los últimos años: la construcción de la unidad de las izquierdas. Dicha unidad, con todas sus dificultades y contradicciones, representa probablemente la estrategia más sólida para articular una alternativa capaz de disputar la conducción política del país y enfrentar al gobierno de Daniel Noboa. Debilitarla por intereses faccionales o ambiciones personales no constituye únicamente un error táctico y estratégico; representa una renuncia a una posibilidad histórica.
