21 abril,2019

Assange y el miedo del poder mundial

Para todos está claro que el mundo es importante, menos para el estadounidense medio, para el que el universo termina en los límites de su condado. No es una broma. Esto explica por qué para los políticos de Washington todo debe hacerse en función de lo que convenga a los intereses de EE.UU. Si esto se entiende, se aclaran un poco las barbaridades que cometen tanto los demócratas como los republicanos.

No le falta razón al Secretario General de la Liga de los Estados Árabes, Ahmed Aboul Gheit, cuando declara que la firma de la proclama presidencial que reconoce la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán ha puesto en peligro la paz en el Oriente Próximo y que, por ello, “EE.UU. se ha visto solo en la arena internacional”, aunque, a lo mejor, no cae en cuenta de que el interés del Presidente Trump no es el efecto de sus declaraciones sobre la paz en Oriente Próximo sino ser reelecto en la próxima elección presidencial de Estados Unidos. Trump con su actitud garantizó la reelección de Netanyahu y que el AIPAC, agrupación judía que realiza tareas de presión en todos los ámbitos de EE.UU. y sobre la que el Primer Ministro israelí tiene gran influencia, le brinde apoyo en la próxima elección.

Algo semejante pasa y va a pasar con el problema del periodista Assange. La secuela de la traición de Ecuador, en la medida en que transcurra el tiempo, va a complicar más y más el panorama político de todos los involucrados, con un efecto de tipo bola de nieve. El primer afectado es el gobierno de este país, que ya huele a cadáver pese al silencio que guardan sus acólitos y los interesados en que termine de cumplir su misión, o sea, hacer el trabajo sucio que ellos no desean hacer.

En cambio, doña Theresa debe actuar con mucho tino si pretende que su partido no sea barrido en la próxima elección. No es tonta, hay que ver cómo actúa. Lo más probable es que extradite a Assange a Suecia, para que sean los suecos los que manejen el problema, sin que la embarren a ella.

Es en EE.UU. donde el batiburrillo se va a complicar, independientemente de si Assange es extraditado o no. En ese país, el periodista ecuatoriano-australiano se va a convertir en una papa caliente que va a ser traspasada una y otra vez de manos demócratas a republicanas y viceversa. En este contexto se debe analizar lo que pasa y lo que posiblemente pase.

La próxima elección presidencial estadounidense va a ser reñida de verdad y en ella van a destaparse cosas por demás interesantes, en las que cada bando querrá sacar provecho al tema Assange. Los oponentes de Trump, tanto demócratas como republicanos, buscarán reeditar la telenovela Russiagate con argumentos que contengan elementos desempolvados del viejo bulo, en los que Assange va a jugar un rol sin precedente, al ser acusado de agente de Putin por haber trabajado contra la señora Clinton e, incluso, intentarán que sea condenado bajo el gobierno de Trump, pese a su evidente inocencia y que según el Fiscal General de EE.UU., William Barr: “No hay ninguna evidencia de colusión entre Rusia y Trump, incluso de miembros de su campaña electoral, o con cualquier estadounidense.”

Los galimatías a crearse son de antología: Que efectivamente no hubo colusión, tal como afirma el Fiscal Barr, pero que sí se pensó hacerla y que no se la hizo porque tuvieron miedo de ser descubiertos, pero que esa sola intención es de por sí condenable por ser indigna de un mandatario estadounidense. Que como en el informe no se indica claramente que no hubiera habido intentos de obstrucción a la justicia es muy probable que sí la obstruyeran…

Sin embargo, todos, menos el Presidente Trump, guardaran silencio sobre lo que es evidente, que no hubo colusión entre Putin y Trump para llevar a este último a la Casa Blanca, convertido en agente del Kremlin. Cantaleta que en los dos últimos años ha sido esgrimida miles de veces en los principales medios de información del mundo, que tendrían la obligación moral de disculparse ante su público por haberles mentido tan descaradamente.

De igual manera, las mismas fuerzas políticas que antes se rasgaban las vestiduras en defensa de la libertad de palabra de Pasternak, Soltzhenitsen o Sájarov, a los que incluso concedieron el Premio Nobel, que homenajearon en la Casa Blanca a los que llamaron “combatientes por la libertad”, semillas de Al Qaeda, que tumbó las Torres Gemelas, que protegieron a los terroristas chechenos que masacraron a los escolares y profesores de Beslán y no los quisieron extraditar a Rusia, porque temían que no tuvieran un juicio justo, sean los mismos que ahora guardan silencio cómplice cuando se persigue a Assange, un periodista que ha tenido el valor de denunciar los crímenes cometidos por las tropas de EE.UU. en Afganistán, Iraq, Libia, Siria… Denuncias todas verdaderas, en las que no hay una pizca de mentira.

En este caso, la verdad juega un rol muy importante, porque cuando Daniel Ellsberg, ex analista de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, entregó a diecisiete periódicos estadounidenses los llamados Pentagon Papers, un estudio sobre las decisiones del gobierno de Johnson relacionadas con la guerra de Vietnam, que el Pentágono había clasificado de top secret, el The New York Times escribió: “demostraron, entre otras cosas, que la administración Johnson había mentido sistemáticamente, no solo al público sino también al Congreso, sobre un tema de interés nacional trascendente e importante.” Vale la pena recalcar que la Corte Suprema permitió que el The New York Times publicara los Pentagon Papers, fallo que ha sido llamado “pilar moderno” de los derechos de la Primera Enmienda con respecto a la libertad de prensa. Posteriormente, Ellsberg sería galardonado con el Premio Right Livelihood.

El caso de Assange es casi idéntico, sólo que ahora fue Chelsea Manning, ex analista de inteligencia del ejército de Estados Unidos, quien entregó a Assange numerosos cables diplomáticos, miles de documentos clasificados sobre las guerras de Afganistán e Irak, que el The Guardian y otros periódicos publicaron gustosos, y el video del ejército conocido como “asesinato colateral en Bagdad”, en el que se ve disparar desde un helicóptero de EE.UU. a periodistas de Reuters y civiles de Iraq. Sin duda, ambos casos están protegidos por la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que prohíbe la creación de cualquier ley que reduzca la libertad de expresión o vulnere la libertad de prensa, y, tal vez, esta sea una de las razones por las que el ex Presidente Obama indultó a Chelsea Manning.

En cambio, si Assange fuera extraditado a EE.UU. y los fiscales Kellen S. Dwyer y Thomas W. Traxler, del Departamento de Justicia de ese país, lo acusaran de “conspiración para cometer intrusión de computadora”, en complicidad con Chelsea Manning, al haber aceptado conseguir la contraseña de una computadora del gobierno de EE.UU., para obtener documentos clasificados, y que a esta acusación le añadieran el cargo de espionaje, Assange podría ser condenado a la pena máxima, de ser declarado culpable. Esto es lo que se teme y el mundo debe evitar a toda costa.