Por Danilo Altamirano
El capital social es un concepto que ha sido abordado desde diversas perspectivas disciplinarias, incluyendo la sociología, la economía y la ciencia política. Su análisis parte de la estructura social y de la dinámica de construcción colectiva, resaltando la pluralidad de perspectivas que conforman su desarrollo. Como señala Byung-Chul Han (2017), en la sociedad contemporánea las relaciones humanas están mediadas por el rendimiento y la competitividad, lo que puede debilitar los lazos comunitarios que constituyen la base del capital social. No obstante, la literatura científica ha demostrado que sociedades con altos niveles de capital social poseen mayores niveles de confianza y cooperación, elementos esenciales para la cohesión y el bienestar social.
El desarrollo del capital social está influenciado por factores históricos, políticos y socioeconómicos, los cuales moldean su estructura y funcionalidad en distintas sociedades. En contextos de inestabilidad política o económica, la desconfianza institucional, la corrupción y la desigualdad socioeconómica erosionan su eficacia en la gobernanza. Noam Chomsky (1999) argumenta que la concentración del poder en estructuras oligárquicas limita la capacidad de las comunidades para generar redes de solidaridad y reciprocidad. Esto se traduce en sociedades donde la ciudadanía se encuentra fragmentada y con una capacidad limitada de incidencia en la esfera pública, debilitando los mecanismos de cooperación social.
Las implicaciones del capital social son significativas en áreas como el desarrollo económico, la gobernanza y el bienestar social. Un alto nivel de capital social está correlacionado con instituciones democráticas más robustas y con una mayor participación ciudadana. En este sentido, Pepe Mujica (2020) enfatiza que el verdadero poder no radica en la acumulación de riqueza material, sino en la capacidad de los individuos para construir redes de apoyo mutuo. El capital social no es una entidad individual, sino un entramado de relaciones interdependientes que fortalecen la resiliencia y la capacidad de adaptación de una sociedad ante crisis.
En Ecuador, el capital social ha sido históricamente un recurso clave para el desarrollo, especialmente en sectores rurales e indígenas. El capital social no se mide en bienes materiales, sino en la riqueza de los vínculos humanos que sostienen y transforman una sociedad. La tradición de organización comunitaria y la economía solidaria han fortalecido estructuras de cooperación y ayuda mutua. Sin embargo, el capital social también enfrenta desafíos significativos debido a la demagogia, la manipulación política y el atontamiento mediático, factores que han condicionado su movilización. A pesar de esto, ha servido como un mecanismo de resistencia frente a las desigualdades y como un motor para la acción pública en defensa de los derechos colectivos.
El capital social en Ecuador existe en un contexto de fragmentación social y polarización política, lo que ha afectado la confianza en los líderes y partidos políticos, reduciendo su efectividad en la gobernanza democrática. Sin embargo, el activismo ciudadano y las movilizaciones sociales han demostrado su capacidad transformadora. Aun así, las relaciones de confianza y solidaridad han sido impactadas por la baja inversión social y por las decisiones gubernamentales de turno, especialmente aquellas impulsadas por tendencias populistas de derecha, que han promovido la desarticulación de las redes comunitarias en favor de modelos individualistas.
El fortalecimiento del capital social es esencial para alcanzar una sociedad más equitativa y participativa. La verdadera libertad se encuentra en la construcción de vínculos comunitarios donde la autonomía individual se equilibre con la responsabilidad colectiva. La confianza, la reciprocidad y la solidaridad son pilares de una comunidad auténtica, donde la cooperación social refleja una ética de responsabilidad compartida. Para ello, es necesario fomentar políticas públicas que promuevan la cohesión social y la participación ciudadana en la toma de decisiones.
En este sentido, la construcción de una nueva cultura basada en el capital social implica repensar el rol de las organizaciones, fortalecer la cultura cívica y desarrollar enfoques teóricos y metodológicos que sustenten su aplicación empírica. El capital social es un puente invisible que une corazones y mentes, creando una sociedad donde la confianza y la cooperación sean la norma. Quien invierte en capital social no solo obtiene beneficios individuales, sino que contribuye a la construcción de un tejido social más fuerte y resiliente, cimentado en la solidaridad y el bien común.