Por Abraham Verduga
Son las nueve de la mañana en España, las tres de la madrugada en Ecuador. El mensaje me deja en vilo, me paraliza. Me corta el aliento.
—MAMÁ: “Mijito querido, no me siento bien. Esto me está superando”.
Ocho años fuera del país y siempre me he enterado de las preocupaciones, enfermedades y angustias de mis padres a través de mis hermanos. Mi madre es de esas madres que prefieren callar los problemas para no preocupar al hijo que vive lejos. Si fuera por ella, viviría en la fantasía de que todo marcha bien, de que nadie se enferma, de que su hipertensión es solo una anécdota, de que la vida sigue su curso sin sobresaltos. “No hay nada de qué preocuparse, mijito”, me ha repetido siempre, mientras sé que mi padre sigue ingiriendo sus veintitantas pastillas diarias para mantener a raya la diabetes y sostener su frágil corazón.
Pero la realidad siempre se impone. Y hace unas semanas, la vida de mi familia dio un vuelco inesperado. La persecución contra mi hermano Augusto nos tomó desprevenidos. Sabíamos —claro que sabíamos— lo que implicaba enfrentarse al poder cuando decidió postularse al CPCCS. Sabíamos que plantarle cara al establishment, a ese monstruoso aparato institucional engendrado por el trujillato, a la banca corrupta donde se lava el dinero sucio, traería consecuencias. Pero, francamente, nunca imaginamos que viviríamos esta pesadilla.
Decido llamarla. Me contesta. Su voz es otra. Lenta, inusualmente pausada, como si cada palabra le pesara en la lengua. Sé que lleva días a base de ansiolíticos para sobrellevar esta tortura. Porque es imposible escapar. Porque a cada instante aparecen titulares, comentarios, publicaciones en redes, informaciones que lo dan por hecho: corrupto, tramitador de puestos, desestabilizador del país, intermediario de los GDOs, beneficiario de pagos millonarios, sospechoso de asesinato…
No tienen límites. No tienen vergüenza. No tienen piedad.
He dedicado años a estudiar este fenómeno. Se llama lawfare, la judicialización de la política. Es el eje de mi tesis doctoral, el tema central de mi primer libro. He intentado abordarlo con un lenguaje accesible, alejado de la jerga académica que solo sirve —no siempre— para engordar egos en círculos elitistas. Porque el lawfare no es un concepto abstracto ni una disquisición teórica: es un arma de guerra. Un mecanismo perverso que destruye democracias, secuestra instituciones, destroza vidas y aniquila reputaciones.
Y ahora nos ha tocado a nosotros.
Anoche, el escándalo fabricado de los chats de Augusto me salpicó a mí. Era cuestión de tiempo. En horario prime time, Ecuavisa convirtió mi nombre en noticia. Solo después de la tragedia ambiental en Esmeraldas y de la suspensión de los derechos políticos de la vicepresidenta, apareció en su escaleta la supuesta “gestión de favores personales de Augusto Verduga a su hermano”. Es decir, a mí.
El primer acto de manipulación de un medio es la selección de sus titulares. Agenda setting, lo llaman. La creación de coyuntura. Todo responde a una decisión política (del dueño del medio).
Luego, el desarrollo de la noticia. Jacqueline Rodas, veterana reportera del canal, presentó como irrefutables unos chats extraídos del teléfono de Augusto. “El consejero Verduga pedía favores a alcaldes y prefectos aliados del correísmo”, afirma. Y remata: “Ese dinero público, al parecer, sí llegó a manos del hermano del exconsejero”.
“Al parecer…”
El lawfare no necesita pruebas, solo instalar la duda. No importa la verdad, solo el efecto.
No me detendré a cuestionar el deplorable nivel profesional de Rodas. Al final, es una asalariada de un medio coludido con esta farsa desde el primer minuto. Nadie debe olvidar que Ecuavisa tenía cámaras listas cuando se allanó el CPCCS y le arrancharon los celulares a mi hermano sin la presentación de una orden judicial. Actuaron en coordinación con la fiscalía corrupta de Diana Salazar. Tampoco gastaré un solo minuto en desmontar esta patraña judicial basada en conversaciones manipuladas, fuera de contexto, muchas de ellas forjadas, obtenidas mediante una explotación ilegal de dispositivos, con una cadena de custodia violada de forma escandalosa.
Porque ese es su juego. Quieren mantenernos allí, en su sucio hábitat, en el fango. Buscan distraernos, desviarnos de lo importante, mantenernos reactivos, desmoralizados, jugando a la defensiva. Sí, también intentan domesticarnos, callarnos, acanallarnos. ¿Y saben por qué?
Porque están desesperados. Sabemos que lo que se viene hasta el 13 de abril será peor. Fabricarán nuevos episodios, cada uno más grotesco que el anterior. Su objetivo no es una condena judicial, sino el desgaste. Mantener el proceso vivo el tiempo suficiente para que cale en la mente del electorado.
No necesitan hechos. Tienen el relato.
Lo diré claro y por única vez: jamás he recibido un solo centavo de ningún gobierno seccional. Esa es una mentira fácilmente desmontable. No he intercambiado jamás una conversación sobre pauta publicitaria con el prefecto de Manabí, ni con el alcalde de Milagro, ni con la prefecta de Pichincha o el alcalde de Guayaquil. Solo conozco personalmente a este último, mi buen amigo, Aquiles, y jamás le he pedido absolutamente nada. Las cuñas publicitarias del municipio de Quevedo en mi programa fueron el resultado de una conversación directa y transparente con su alcalde, Alexis Matute. Estábamos en un periodo de prueba, aún sin la firma de ningún contrato, solamente con una expectativa de colaboración futura. Solo hacía falta preguntar… Contrastar, dice el manual del buen periodista, ese profesional que, para ejercer su actividad, decía el maestro Kapuściński, ante todo tenía que ser una buena persona.
Ahora bien, aclarado eso, ¿desde cuándo explorar formas de sostener un espacio comunicacional es un delito en Ecuador? ¿Es que solo los medios corporativos pueden aspirar a una pauta publicitaria? ¿Es que Ecuavisa jamás ha recibido algún patrocinio de una administración “correísta”?
Nada le costaba a la periodista Rodas hacer lo que un periodista debe hacer: preguntar, indagar, verificar. Pero no lo hizo. Y seguramente seguirá durmiendo tranquila, inmune al daño que causa. Es lo que tiene no tener alma.
Les ruego entender algo: este no es solo un ataque contra nosotros. Es una advertencia.
“Miren lo que les pasa a los que nos desafían.”
No se equivoquen: ni Augusto ni yo nos vamos a doblegar. Sabemos lo que esto significa. Sabemos que buscan aplastarnos. Pero aquí estamos. Seguiremos de pie. Seguiremos luchando.
¿Golpeados? Claro que sí, pero altivos.
Es imposible negar que duele, y duele mucho, leer los textos de mi madre en Facebook, seguramente escritos entre lágrimas de impotencia, tratando de defender la honra de su familia. Duele ver a mi hermana, médica muy querida y con un prestigio ganado, jamás vinculada a la política, exponiéndose públicamente solo para decir con orgullo que es hermana de Augusto Verduga. Duele el silencio de quienes nos conocen. Duele el retuit infame de algún familiar contaminado por la desinformación y el odio. Duele ver cómo exponen la identidad de personas de bien, tantos compañeros entrañables de militancia (las mejores personas que conozco) cuyo único “pecado” es ser cercanos a nosotros.
Sí, duele la impunidad. Pero también reconforta la solidaridad. La de tantos, propios y extraños, que nos abrazan en estos días oscuros. A ellos, a la abrumadora mayoría, gracias. Gracias desde el corazón.
Esta pesadilla no durará para siempre.
Mi llamado es claro: mantengámonos firmes. Cerremos filas por la esperanza. Falta poco.