Por Daniel Kersffeld
El secuestro de Nicolás Maduro como presidente en funciones ilustra de manera incontrastable el arrollador ejercicio de poder y la violenta búsqueda de control político ejercidas actualmente por el gobierno de los Estados Unidos.
El presidente Donald Trump justificó el ataque a Venezuela como el siguiente nivel en su guerra contra las drogas y en su creciente asedio hacia la economía de la nación sudamericana.
Si durante los últimos tres meses provocó la muerte de más de un centenar de personas al mando de improbables “narcolanchas” en el mar Caribe y también en el Pacífico, en las últimas semanas subió la apuesta en su interés por detener los barcos de bandera internacional que comercian con el petróleo venezolano.
La última acción ocurrida antes de que culminara el 2025, donde la CÍA habría atacado con drones “en el área del muelle donde cargan los barcos con drogas”, mostró al Trump más reconocible, preso de su ansiedad por revelar sus presuntos éxitos militares, pero también al que no duda en llevar su ofensiva contra Venezuela, ahora, directamente al espacio terrestre.
“Narcolanchas”, la supuesta pertenencia de Nicolas Maduro al Cártel de los Soles, el terrorismo transfronterizo del Tren de Aragua, etc. se convirtieron en conceptos centrales para justificar una cruzada bélica y una narrativa fácil de vender al público y al sistema judicial de los Estados Unidos.
Fue también un medio para legitimar a nivel internacional una escalada bélica que, salvo honrosas excepciones, como la de los gobiernos de Colombia, México y Brasil, no sólo no generó mayores repudios, sino que además contó con el aval explícito de algunos presidentes de la región (como Javier Milei), que hoy festejan el “triunfo de la libertad” y que hasta se congratulan por haber contribuido, aunque sea mínimamente, a respaldar un acto violatorio del derecho internacional.
Pero frente a los discursos y argumentaciones, y a la supuesta lucha contra las drogas se esconde, en realidad, una confrontación mucho más amplia por el petróleo, los minerales y las tierras raras. Y más ampliamente, por recursos energéticos y estratégicos directamente vinculados con imperativos tecnológicos y con esta fase expansiva del poder global. Y siempre bajo la histórica Doctrina Monroe, que orienta las apetencias estadounidenses por nuevos territorios en la región.
Con los hechos consumados, las preguntas sobre el día después en Venezuela son hoy más vigentes que nunca. ¿Qué vendrá a continuación? ¿Un caos prolongado a nivel nacional? ¿Enfrentamientos internos en la cúpula de poder? ¿Refugiados huyendo en masa del país? ¿Crisis humanitaria y una mayor presión sobre las fronteras? ¿Una guerra civil con un inevitable desborde regional?
Si hasta ahora la Casa Blanca no daba pistas sobre cómo continuaría el asedio a Venezuela, menos aún existen precisiones sobre los escenarios abiertos y cómo Estados Unidos piensa asumir esta coyuntura crítica, con apoyo de los tradicionales sectores de la oposición con un claro fervor destituyente y totalmente plegados a los designios del Salón Oval y del Pentágono.
Por el momento no está claro si el ataque contra Venezuela fue el comienzo de un conflicto más amplio o una operación aislada. Los principales referentes de la oposición, entre ellos la reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, han pedido a Trump que ayude a generar un levantamiento capaz de provocar el tan ansiado “cambio de régimen”.
Todo indica que, concretada la salida de Maduro del poder, la intención de Trump, y de su secretario de Estado Marco Rubio, será ir a fondo, desarmar un gobierno y volver a armarlo sobre la marcha, probablemente, con Machado o el excandidato presidencial Edmundo González a la cabeza. Pero siempre bajo el control militar y administrativo de los Estados Unidos
Más allá del evidente impacto político del ataque militar, las consecuencias a corto plazo se centrarán en el mercado global de petróleo. Más aun, teniendo en cuenta que Venezuela alberga las mayores reservas probadas de hidrocarburos del mundo, y con una producción de 1,1 millones de barriles de crudo al día, la mayor parte de los cuales se destina a China e India.
En medio de la confusión y la incertidumbre, algo resultó claro. En una de sus últimas declaraciones como mandatario, el pasado 1° de enero, Maduro le comunicó al gobierno de Trump que “si quieren el petróleo de Venezuela, Venezuela está dispuesta a aceptar inversiones estadounidenses como las de Chevron, cuándo, dónde y cómo quieran hacerlas”.
El interés de Washington en el petróleo venezolano es indiscutible, pero no bajo la aceptación de Maduro como intermediario para estas negociaciones. En el medio, la voluntad de Trump no es únicamente “recuperar” el petróleo (nacionalizado no por Maduro ni por Hugo Chávez sino en 1975 bajo el primer mandato de Carlos Andrés Pérez) sino cortar el oleoducto establecido desde hace décadas entre Caracas y Beijing. Desde ya Chevron está llamada a cumplir un papel en este proceso, pero también otras compañías como Exxon esperan entrar y ganar en el nuevo reparto.
Las repercusiones de un hecho de esta naturaleza resultan cruciales a la vez que globales. Para China, la caída de Maduro y la reorientación forzada que se la imprima ahora a Venezuela implican la pérdida de un activo estratégico, no sólo por el petróleo sino también por las profundas coincidencias ideológicas.
Para Rusia, se trataría de una advertencia directa: Trump fue capaz de avanzar en contra de un aliado político histórico de Vladimir Putin, pese a la supuesta cordialidad y buen diálogo que hoy prepondera entre los líderes de estas dos potencias, resquebrajando además un bloque de unidad regional cercano a Moscú como el conformado por Caracas, La Habana y Managua.
Para otros países, también saturados en recursos energéticos y bajo estricta observación por parte de Washington, como actualmente ocurre con Irán y Nigeria, el mensaje es irrefutable: Estados Unidos está dispuesto a actuar en su propio “patio trasero” pero, si de algún modo, sus intereses resultan afectados por factores externos, también podría intervenir en otros escenarios, geográficamente distantes, e incluso, bajo influencia directa de otras potencias o naciones.
Sin embargo, la principal amenaza por estas horas es para América Latina y, en un sentido más amplio, para el Sur Global. La voluntad de poder de Donald Trump y la avidez de las corporaciones que hoy dominan la economía de los Estados Unidos probablemente ser han transformado en el principal elemento de desequilibrio, inestabilidad e incertidumbre a nivel planetario.
La traumática salida del poder de Nicolás Maduro no será evocada como un hecho aislado: por el contrario, operará como un recordatorio y, desde el corazón del poder en Washington, será instrumentalizada con una clara finalidad disciplinante frente a aquellos mandatarios que decidan asumir una orientación distinta a la impulsada por los Estados Unidos o que, directamente, intenten oponerse a ellos bajo el riesgo de sufrir una constante desacreditación y el embate permanente por parte de sus amplísimos recursos mediáticos y militares.
Pero al mismo tiempo, será un llamado a generar coaliciones de resistencia más amplios y a fortalecer aquellos bloques ya existentes, como en el caso de los BRICS, que ahora deberán profundizar su trabajo político y económico frente a un poder imperial que, está más que claro que nunca, no dudará en generar cualquier tipo de crisis y de confrontación para, de ese modo, poder cumplir con sus objetivos.
