1 enero,2019

El libro invisible

Juan Carlos Moya*

Poseer una biblioteca es un acto de codicia, un exilio al silencio. Una biblioteca no es un puente con los otros, es una isla.

Acumulamos libros sin saber con certeza si alcanzarán nuestros ojos hoy jóvenes (mañana viejos) a leerlos. Y acumulamos esos libros sin la preocupación de que ellos (esos centenares de novelas, títulos, obras) nos sobrevivan a nuestra muerte; allí, en esos estantes de nuestro estudio, se quedarán dormidos/silenciosos, también inmortales.

Sin remedio estaremos bajo tierra y habremos leído quizá tan solo un tercio de toda nuestra biblioteca. Los libros que se queden sin abrirse/leerse serán testigos tristes de nuestra condición inútil o efímera.

A veces, suelo ver con clarividencia ese libro que nunca leeré pero que sin embargo me mira desde lo alto del mueble, acodado con los otros (con los que reviso a diario). Ese libro me increpa, me hace sentir tonto, un usurero de páginas de papel, un ser humano absurdo que piensa que le sobrará tiempo cuando se avecina todo lo contrario: el final de su tiempo, la muerte, la desaparición.

Viendo con calma las cosas, la vida es deleitable/soportable solo si leemos, si nos abrigamos con un libro en una cabaña en la niebla.

Hay un cierto sentido de procurarnos civilización al abrir un libro, o una respuesta salvaje, o un enlace con otra puerta. Pero también al abrir un libro existe el deseo de romper lanzas con cualquier esperanza. Porque como en el poema de Kavafis: si arruinaste tu vida aquí, la has arruinado en toda parte.

Poseer una biblioteca es sembrar un jardín donde juegan nuestros hijos, donde hallamos dudas para nuestras dudas; una biblioteca genera un lector, a veces un escritor, y casi siempre un ser humano discrepante.

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Los escritores viven de vender sus libros. Y un país, una sociedad, necesita de los escritores; pues ellos son quienes cuestionan con rotunda libertad artística la condición humana que nos hunde o eleva. Los escritores leen entre líneas la estupidez de una época o la sinuosidad de la conducta de los hombres. Sin las historias que los escritores cuentan en sus libros no descubriríamos lo patéticos que podemos ser como especie o la arrogancia y estulticia de quienes hacen del poder su puño. Desde luego están las pasiones, torrente de contradicciones que los escritores saben descifrar capítulo a capítulo, cuerpo a cuerpo. Y lo que más nos gusta es que ellos, los escritores, ya nos vaticinaron, muchos siglos atrás, el vacío de la existencia o el paseo sensual/glorioso por la frivolidad de los días.

Con la pericia de un lenguaje hechizante, estos artistas solitarios o ensimismados, marginales o delirantes, anarquistas o visionarios, nos conminan a celebrar la vida, a cuestionarnos en lo más secreto de nuestros sótanos. Porque cuando un libro (poema, novela, cuento…) prende fuego dentro de nosotros, hay que tener por seguro que su autor ha regresado del infierno.

Un escritor debe sobrevivir y lo hace de buena o mala manera. Con el ingenio de un funambulista o la tenacidad de un niño que se aferra a su isla o a su pureza.

Un escritor termina siendo ese loco, ese enfermo, ese suicida, ese eremita, que lucha por quedarse en su cuarto escribiendo contra tiempo y marea.

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  “No escribo para una selecta minoría, término que para mí no significa nada, ni para esa adulada entidad platónica que llamamos ‘las masas’. No creo en ninguna de las dos abstracciones, tan caras para el demagogo. Escribo para mí y para mis amigos, y escribo para aplacar el paso del tiempo”. Jorge Luis Borges.

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Para Agustín Guambo, poeta quiteño que emerge de Ciudad de Dios (Comité del Pueblo) este año se concretaron los siguientes proyectos: Primavera nuclear andina ha sido seleccionado para ser editado (edición bilingüe) por Ugly duckling press en New York, y su nuevo libro Bonustrack, está ya aceptado para sellar con la editorial chilena Andesgraund.

Sintonizando con la redes sociales, Rafael Lugo salta del papel a la fibra óptica y nos presentó su serie de humor y sátira Tripa Mistic, que devendrá en un comic de la vida ecuatorial (no faltarán ridículos acordes con nuestra idiosincrasia).

Marcelo Báez Meza, poeta, cinéfilo, escritor guayaquileño presentó su novela Nunca más Amarilis (Premio de Novela Corta Miguel Donoso Pareja), obra cuya protagonista es la poeta guayaquileña Márgara Sáenz.

De esa misma ciudad surgieron presencias extrañas que configuraron el nuevo libro de Solange Rodríguez: La primera vez que vi un fantasma, editorial Candaya.

Hay un libro en particular, infaltable en esta nota. Se trata de Guerrero Sonoro. Una crónica sobre la música contemporánea del Ecuador. Su autor, Hernán Guerrero.

Fabián Guerrero (que no es nada para el anterior mencionado) cocinó en soledad otro poemario que narra su destierro y esos sinsabores propios de su pluma. Hablo del libro Ardid, editado por La caída.

Y ya que mencionamos a esta editorial, valga la mención a German Gacio Baquiola, editor de cuatro pulmones, infatigable, apasionado, quien anima y expone constantemente nuevos autores en su sello editorial La caída. Saludos a los chicos y chicas que se hallan en su catálogo.

No atino a definir bien qué mismo significa la palabra éxito. Pero si hablamos del cariño y atención de los lectores, eso se lo lleva el Pájaro Febres Cordero, quien con sala a reventar y con su sencillez y calidez per natura presentó su primera novela titulada Fatiga.

Verónica Oviedo Buendía es una escritora quiteña que reside en Cuenca. Su primera obra infantil se titula: ¿Qué vas a ser cuando seas grande Josefina?, de editorial Libresa, que fue presentada en la FIL de la capital con una respuesta inmediata de los niños.

Cristian Londoño Proaño, escritor y documentalista, presentó la tercera entrega de la trilogía El Instinto de La Luz, la novela llamada El retorno de La Luz. Londoño ha venido abriéndose mercado y lectores en Chile, donde es bienvenido. Allá ya presentó la novela Los Improductivos, sello chileno Andesgraund. Además, en febrero, Londoño editó y publicó la revista Teoría Omicron, que es la primera revista de ciencia ficción y fantasía del Ecuador con carácter hispanoamericano.

Y en esa línea hubo buenas noticias: regresó el periódico de cine del Ochoymedio, con la dirección de Mariana Andrade. Y en Cinemateca Nacional, su director Diego Coral López nos presentó la revista 25 watts y el primer concurso de ensayo sobre cine de la Cinemateca.

Efraín Villacís, ensayista y escritor quiteño, decidió romper el género tradicional de la novela y presentarnos una obra que expone con ironía, cinismo y mordacidad las memorias y los días a vuelo de pájaro (o a paso de vuelo lento) de un personaje que parece perderse en la lluvia de su rictus: me refiero al libro La sonrisa hueca del señor Horudi, obra/bitácora presentada ante un auditorio que copó la sala mayor de Flacso.

Recuerdo con cariño a Mónica Ojeda. La entrevisté en mi programa de radio. Entre su timidez y su palabra cálida, entre las canciones y las preguntas, pude vislumbrar su ánima generosa y obsesionada por la escritura con nervio e intensidad, una escritora apasionada por crear nuevos universos donde el lector no tenga más remedio que colapsar o sumergirse en aguas oscuras. El día que la entrevisté compartimos el taxi y la lluvia. Y algunas confidencias sobre el insomnio y la ansiedad. Mandíbula se titula su segunda novela que continua apuntalando su proyección internacional y la seducción con sus lectores.

Un referente de una trayectoria premiada es sin duda Raúl Vallejo, quien este año se llevó importantes galardones a su escritura. Su novela Gabriel (a), Parábola de Transeúntes alcanzó el Premio de novela corta Miguel Donoso Pareja’. Y poco tiempo después su obra El perpetuo exiliado obtuvo el Premio RAE 2018’. Vallejo es un escritor cuyo laboratorio narrativo sorprende al lector por su búsqueda de nuevas voces y maneras para contar.

En el ensayo hay que mencionar a Casa tomada, editorial La Caracola, obra de Santiago Vizcaíno, poeta y novelista. Y además, Verdad, barroco. Ethos y mariachi mental de Edwin Alcarás, editado por el Centro de Publicaciones PUCE.

El salto de la poesía a la novela lo dio Javier Lara con su obra El viaje de Méndez. Y el salto de la librería (Tolstoi) al libro, lo dio Karina Sánchez: quien publicó su libro Los senos maravillosos. Una obra que recoge memorias personales, sueños, reflexiones sobre el arte y el cuerpo.

También Adolfo Macías dio un brinco en la prestigiosa editorial Planeta-Seix Barral, al lanzar su más reciente novela llamada El mitómano. “Toda novela es un proceso continuo de revelación, una promesa proliferante. Datos o indicios, no hechos, que abren al lector la posibilidad de prefigurar lo que va a ocurrir”, comenta Leonardo Valencia sobre la novela en su columna en diario El Universo. Y de paso, se le agradece al escritor Valencia por mantener activa una plática inteligente y literaria con sus lectores, desde la mencionada atalaya.

Más de una vez nos sigue sorprendiendo en el género de la crónica el trabajo denodado de Xavier Gómez Muñoz, doctor en periodismo narrativo por la Universidad Complutense de Madrid, quien publica sus trabajos en revistas del medio y diarios extranjeros.

En tanto que en París, Santiago Rosero, cronista de honda mirada, presentó su libro El fotógrafo de las tinieblas. La obra reúne textos (crónicas, perfiles y relatos) escritos en su estancia en la capital francesa.

María Fernanda Ampuero, otra cronista viajera e intuitiva, irrumpió en la ficción con su libro Pelea de gallos, editorial Páginas de Espuma. Ha creado un cuentario que trata sobre las relaciones de poder, relaciones violentas, encierros y asfixias dentro del hogar. La mirada de Ampuero es reveladora a la hora de escudriñar el entorno familiar, desde lazos que parecen haber nacido para sangrar. Trece relatos que se tejen con una columna vertebral hecha de huesos de suspenso.

Finalmente, apoyado por la memoria (siempre incompleta y arbitraria), mencionaré al cuentista Alexis Zaldumbide Manosalvas, quien dio un campanazo al ganar el Premio Aurelio Espinosa Pólit, uno de los más importantes del Ecuador, con su libro Habitaciones con música de fondo.

Por otra parte, Abdón Ubidia, viejo amigo y generoso lobo estepario de la ciudad de Quito, publicó La Hoguera Huyente, novela corta sobre el movimiento Alfaro Vive Carajo, editorial El Conejo. Además, las traducciones al inglés: City in winter y Time.

Seguro la lista de publicaciones contiene otros nombres que no constan aquí. Mi saludo con ellas/ellos, habrá tiempo de retomar la comunicación…

Quizá en 2018 nos hizo falta un libro, el que usted estimado lector, emprendedor o ya experimentado en la escritura, lo lleva en la mente, aunque no se anima a publicarlo todavía. Brindo por ese libro invisible o imposible. Algún día será.

 *Juan Carlos Moya

Autor de la novela Caballos en la niebla (Planeta-Seix Barral). Premio Nacional de Periodismo Jorge Mantilla Ortega. Ha trabajado en Prensa, Radio y TV.