Por Daniel Kersffeld

“Irán no representa una amenaza para los Estados Unidos”. Tanta sensatez por parte de un alto funcionario del gobierno de Trump resulta poco menos que sospechosa…

Hasta su renuncia como responsable de la agencia nacional de contraespionaje, Joseph “Joe” Kent era conocido, sobre todo, como un activista de la extrema derecha del Partido Republicano.

Ex ranger y ex agente de la CIA, con experiencia de combate en Irak, Yemen y en el norte de África, Kent cobró notoriedad luego del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021: fue un paso previo para su ingreso a la organización de ultraderecha MAGA, la principal base electoral del trumpismo. Luego se convirtió en un referente de los antivacunas durante la pandemia del Covid 19 y tuvo una breve carrera política marcada por derrotas electorales en 2022 y 2024.

Desde su cargo, Kent tuvo responsabilidad en toda la ofensiva bélica desplegada por Trump desde su regreso a la Casa Blanca. Sin embargo, y con una vocación aislacionista antes que pacifista, el ahora ex funcionario ha defendido uno de los lineamientos centrales del trumpismo: una política de no involucramiento de los Estados Unidos en conflictos internacionales que podrían caracterizarse como demasiado alejados de las necesidades inmediatas del país.

Con su tardía renuncia, Kent revela el fuerte proceso de aceleración de las contradicciones internas en las que se está desenvolviendo el gobierno de Trump, entre quienes optan por el intervencionismo externo y quienes, por el contrario, prefieren priorizar los problemas internos de la nación. Y, al mismo tiempo, refleja la baja popularidad de una guerra que no arrastra voluntades y que, incluso, podría convertirse en un pesado lastre para las elecciones de medio término que se celebrarán en noviembre y, sobre todo, para la segunda mitad del mandato de Trump.

Las últimas encuestas realizadas en los Estados Unidos, justamente, dan cuenta del desinterés o, directamente, del rechazo que está generando un compromiso bélico que, en definitiva, pocos ciudadanos estaban dispuestos a asumir y que no figuraba en la campaña presidencial republicana.

Un promedio entre distintos sondeos arroja que sólo un 40% de los entrevistados respalda la respuesta armada de la Casa Blanca contra Irán: un número relativamente bajo sostenido principalmente por el apoyo mayoritario, de cerca de un 80%, de los votantes republicanos.

Sin embargo, se trata de valores que podrían decaer en los próximos días cuando se conozcan más detalles sobre la posibilidad de que Washington envíe soldados a combatir cuerpo a cuerpo. Una iniciativa controvertida que, de hecho, ya se ha comenzado a implementar por el desplazamiento a Medio Oriente de 2500 soldados de la Unidad Expedicionaria de Infantería de Marina.

Más allá de la oposición de los demócratas y, hasta cierto punto, del electorado independiente, hay preocupación en el gobierno por la reacción que estarían teniendo los militantes del trumpismo que se sienten defraudados por la incursión bélica en Irán. Kent no es único caso: pesa también la opinión de líderes de opinión de la ultraderecha como el periodista Tucker Carlson, quien afirma que Israel presionó a Estados Unidos para involucrarlo en esta guerra.

Si los estrategas de la Casa Blanca supusieron que una victoria rápida de Estados Unidos contra Irán podía restablecer el ánimo de los votantes y volver a inclinar el voto hacia el gobierno, probablemente, se trató de un error de autopercepción. Frente a una economía que no despega y ante los escándalos del caso Epstein, lo que menos necesitaba Trump en estos momentos era comprometer al país en una guerra sin capacidad de aglutinar a la nación en su propio interés.

A lo anterior se suma que el objetivo final de la guerra para la Casa Blanca ya no es claro y parece cambiar día a día, de acuerdo con la coyuntura más amplia de los enfrentamientos y las disputas.

Si en un inicio el propósito mayor de Trump era el de derribar al régimen de los Ayatolas e implantar otro pro occidental en su lugar, luego cambió por la destrucción de los principales arsenales existentes en Irán, un objetivo que, de todos modos, frente a la capacidad militar y a la resistencia de las fuerzas armadas persas, parece tan difícil de cumplir como el primero.

No sorprende que hoy las pretensiones sean más mundanas y que se ubiquen en la apertura del Estrecho de Ormuz, un paso estratégico para el comercio mundial del petróleo y el gas que, al estar paralizado desde Teherán, ha disparado el precio del crudo de manera incontenible.

Con todo, la mayor novedad por estas horas consiste en la dificultad del gobierno de Estados Unidos para lograr una coalición internacional que contribuya a liberar el Estrecho y que, principalmente, responda a los intereses políticos de Washington y a su estrategia bélica.

En pocas horas, y en retribución a su permanente maltrato y a su constante arrogancia, Trump recibió varios golpes que, sin duda, deben de haber lastimado la inmensidad de su ego.

Primero fuer el rechazo de los gobiernos de la OTAN a sumarse a la cruzada contra Irán. Sin duda, incidió la decisión inicial del gobierno de Pedro Sánchez al negarse a prestar sus bases militares para el reaprovisionamiento de las fuerzas estadounidenses en dirección a Medio Oriente. Luego Polonia, Italia, Grecia, Suecia y más países rechazaron la posibilidad de verse involucrados en una guerra con costos todavía muy altos y sin certeza alguna de una victoria en el corto plazo.

Posiblemente, la intervención más elocuente fue la del ministro de defensa alemán, Boris Pistorius, quien proclamó, no sin un dejo de ironía, “¿Qué espera (…) Trump que hagan en el estrecho de Ormuz un puñado o dos puñados de fragatas europeas que la poderosa Marina de Estados Unidos no pueda hacer?”. Para luego rematar con toda una síntesis anti Trump: “Esta no es nuestra guerra: no la hemos comenzado”.

Por otro lado, y como se acordó en la cumbre de ministros de relaciones exteriores realizada el 16 de marzo en Bruselas, tampoco la Unión Europea aceptó sumarse a esta iniciativa bélica que sólo puede presagiar una mayor incertidumbre a nivel global.

Como si fuera poco, la invocación de Trump también resultó infructuosa cuando formuló invitaciones personalizadas. China, aliado de Irán, declinó participar en la liberación del Estrecho de Ormuz, pero también lo hicieron otros países con aceitadas relaciones con Estados Unidos, como Australia y Japón, dos de los principales puntales del Pentágono en el Pacífico.

Frente a un escenario tan complejo, tanto en el frente interno como en el externo, hoy algunos de los asesores de Trump están concentrados en una medición en particular. ¿Qué decisión tendrá el costo político más alto? ¿Continuar una guerra sin avances claros, con apoyo local menguante y con evidentes dificultades en el armado de una coalición externa? O bien, ¿retirarse todavía a tiempo de un conflicto bélico en el que sólo se lograron algunos objetivos parciales y limitados?

La renuncia de “Joe” Kent estaría indicando que la opción del gobierno de Trump sería la segunda: hoy Estados Unidos tiene más para perder que para ganar sobrellevando una guerra tan costosa en términos materiales, pero también electorales y en su propia legitimidad internacional.

Con todo, la salida de Estados Unidos tiene un alto precio a pagar. Sin haber destruido completamente la capacidad de fuego iraní, la ofensiva bélica quedaría únicamente en manos de Benjamin Netanyahu y de la agresiva y descontrolada agenda militar promovida desde Israel.

Ésa es la paradoja en la que hoy se encuentra Trump. Por motivos políticos, no debería continuar la guerra contra Irán. Sin embargo, y por razones geopolíticas, tampoco podría salirse de ella

Por RK