Por Abraham Verduga
Ayer, 17 de marzo de 2026, en el programa de entrevistas de Andersson Boscán, se produjo una conversación que, más que entrevista, fue una confesión en voz alta. El invitado: Luis Eduardo Vivanco. Ambos, ubicados sin ambages en la derecha mediática, se movieron en un registro de confianza casi doméstica, como quien habla sin micrófonos… aunque los micrófonos estén encendidos.
Lo que sigue es un extracto de ese diálogo —prácticamente sin edición— en torno al estado de la democracia en el Ecuador. Un intercambio que, leído con atención, dice más por lo que evita nombrar que por lo que afirma.
BOSCÁN: Han allanado al alcalde de Cuenca hoy. ¿Opiniones? Piensa bien tu opinión porque ya hay un opositor crítico (Aquiles Álvarez) con el gobierno que terminó rapado en (la cárcel) El Encuentro.
VIVANCO: Claroff, sí da miedo que seamos tres.
BOSCÁN: Piensa, piensa bien tu opinión. No quiero asustarte mi querido amigo, pero…
VIVANCO: Piensa, piensa, piensa, piensa… O sea, no me gusta, para ser sincero una política de Estado basada en la judicialización de la política… Siempre defenderé que la política sea un espacio de lucha de ideas o proyectos, no de quien logra judicializar más los procesos políticos. No me gusta. El rato que pasamos a esta política cien por ciento judicializada, por eso se me quitaron las ganas de ser alcalde de Quito…
BOSCÁN: ¿Hoy es más importante tener votos o tener la Fiscalía?
VIVANCO: La Fiscalía.
BOSCÁN: Cuando le dicen a Noboa “es una dictadura”, ¿te parece una exageración o te parece una afirmación válida?
VIVANCO: Lo que pasa es que los conceptos de dictadura moderna todavía no están definidos… No estamos en el capítulo más democrático de la historia del Ecuador.
BOSCÁN: ¿Alguna vez llamaste dictador a Correa?
VIVANCO: Seguramente.
BOSCÁN: ¿Por qué sí llamaste dictador a Correa y no a Noboa?
VIVANCO: Porque en ese tiempo era más joven y utilizaba los términos de manera más alegre, pero dictador es dictador. Creo que existen enormes deficiencias democráticas.
BOSCÁN: Déjame reformular. ¿Hoy te parece que Correa fue un dictador?
VIVANCO: Hoy me parece que no.
BOSCÁN: ¿Te parece que Correa y Noboa fueron o son demócratas?
VIVANCO: No le puedo decir dictador a Noboa porque perdió una consulta y aceptó el resultado. Pero si tu regresas a ver todas las instituciones del Estado, no veo contrapeso alguno.
BOSCÁN: La Corte Constitucional es un contrapeso, ¿o no?
VIVANCO: Ya, uno…
BOSCÁN: El único.
VIVANCO: Ajá, entonces ¿es eso un sistema democrático? No lo sé, porque no soy un sociólogo, académico o politólogo, pero no veo otros contrapesos. En la Asamblea hay otro bloque (Revolución Ciudadana) pero ya le quitaron el partido, entonces la idea de la democracia es competir, si no tienes con quien competir ya se vuelve un poco Francisco Egas en la Federación Ecuatoriana de Fútbol.
BOSCÁN: ¿Crees que Zamora va a terminar en El Encuentro?
VIVANCO: Espero que no… pero no lo sé. Si es que viene y me pregunta hoy día le diría que no estoy seguro.
BOSCÁN: Tu le dirías “amigo tengo una agencia de viajes, que está ofreciendo…”
VIVANCO: Además, es un alcalde que sí tiene su respaldo en la ciudad, pero sin lugar a dudas hay un temor generalizado en la política ecuatoriana.
BOSCÁN: Están cagados de miedo en el Ecuador. Yo hablo con la oposición todos los días y con el gobierno, porque es mi trabajo, y están cagados de miedo todos. Quieren que los periodistas digamos lo que los políticos no se atreven.
VIVANCO: No son los tiempos mas democráticos…
Lo jodidamente fascinante de este diálogo no es lo que se dice, sino la coreografía del rodeo. Todo está ahí: miedo, concentración de poder, judicialización de la política, ausencia de contrapesos. Todo… menos la palabra prohibida.
Desde la ciencia política, el concepto de dictadura no exige ya tanques en la calle ni juntas militares con gafas oscuras. Las autocracias contemporáneas —o “autoritarismos competitivos”, en la tipología de Levitsky y Way— operan mediante la captura institucional: subordinación de la justicia, debilitamiento del legislativo, persecución selectiva de opositores y uso estratégico del aparato estatal para neutralizar la competencia política. No cancelan necesariamente las elecciones; las vacían.
Si la Fiscalía decide más que las urnas, si la oposición compite bajo amenaza, si los contrapesos se reducen a uno —y precario—, y si el miedo se vuelve un clima y no una excepción, el problema no es semántico. Es estructural.
El viejo Habermas, fallecido hace apenas unos días a los 96 años, probablemente diría también que cuando el miedo reemplaza al argumento y el poder ocupa el lugar del debate –la esfera pública–, la democracia ya empezó a podrirse por dentro.
Pero nombrarlo cuesta. Mucho.
Porque, a veces, lo más difícil no es ver la realidad.
Es decirla sin rodeos, sin eufemismos y sin ese temblor de voz con que algunos pronuncian las verdades cuando ya llegan tarde.
Y aun así, la prueba sigue siendo brutalmente sencilla:
si persigue opositores, si amordaza el disenso, si vacía los contrapesos y si gobierna sembrando miedo, no estamos ante un “déficit democrático”, ni ante una “zona gris”, ni ante una categoría pendiente de tesis doctoral.
Estamos ante una dictadura.
O, para decirlo sin tanta vuelta y con la sabiduría elemental que a veces le gana por goleada a la ciencia política:
si ladra como un perro, camina como un perro y muerde como un perro, entonces es perro.
