Por Daniel Kersffeld

La exhibición de poder de Donald Trump en Davos fue frontal, certera e incontrastable. El 21 de enero el mandatario estadounidense no sólo manifestó su voluntad hegemónica sobre Groenlandia, perjudicando directamente a Dinamarca, sino que además propuso un arancel en contra de los ocho países europeos que, solidariamente, brindaron su apoyo al reclamo de Copenhague.

Si en ese momento la OTAN no voló por los aires en mil pedazos, fue gracias a la persuasiva labor de Mark Rutte, el experimentado secretario general de la organización que llamó al orden y al diálogo entre todos los socios del bloque.

El principal resultado de la conversación fue el retroceso del republicano y la apertura a un espacio colaborativo entre Estados Unidos y Europa en el esquema de seguridad y de explotación de las riquezas económicas escondidas en el subsuelo groenlandés. Sin embargo, nada presupone que la OTAN vaya a recuperarse de un golpe tan demoledor como el propinado ese día por Trump.

Desde sus inicios en 1949, la Alianza Atlántica fue asimétrica: si bien construyó su propio imaginario desde un plano de igualdad, donde supuestamente todos los socios tenían el mismo peso político, lo cierto es que nunca en su historia mantuvo este particular sentido del equilibrio.

Por el contrario, la OTAN surgió de la crisis de posguerra, en la que un socio victorioso dictaba las reglas, mientras que el bloque mayoritario las aceptaba en un contexto de reconstrucción económica y de preservación política frente a un posible avance de la izquierda y, principalmente, de la Unión Soviética. Los Comandantes Supremos de la Alianza fueron siempre estadounidenses, las armas nucleares desplegadas en Europa permanecieron bajo el control del Pentágono e, incluso, las bases militares ubicadas en Alemania, Italia, Bélgica y otros países integraron el poder estadounidense, directamente, en el territorio europeo.

La caída del bloque soviético en 1991 podría haber incidido en una revisión sobre la Alianza, ante la desaparición del enemigo tradicional que había motivado su establecimiento. Pero la OTAN optó por desplegarse hacia el este, en principio, para neutralizar a los movimientos ultranacionalistas que impulsaron crecientes conflictos políticos y étnicos, como sucedió en la antigua Yugoslavia a fines del siglo pasado.

Con todo, el verdadero objetivo fue expandir la Alianza para crear un cordón sanitario destinado a aislar y, en lo posible, asediar a Rusia. Si alguna vez la OTAN se consideró a sí misma como una coalición “defensiva”, a partir de entonces se manifestó de manera ofensiva y beligerante.

Lejos de cualquier medida de disuasión frente a Rusia, desde Washington y las principales capitales europeas se invitó a sumarse al bloque armado a países como Montenegro y Macedonia del Norte. La Alianza terminaría de apuntalarse en Polonia, en los Estados bálticos (Letonia, Estonia y Lituania) y, por último, también en Finlandia, ya directamente en el límite con Rusia. En tanto que las pretensiones de incluir en la OTAN a dos ex repúblicas soviéticas como Ucrania y Georgia solo podían incentivar la reacción por parte de Moscú, como de hecho ocurrió en Crimea en 2014.
No pasaría mucho tiempo antes de que la amplia estructura militar de la OTAN comenzara a crujir bajo su propio peso, afectando directamente a los Estados Unidos, su principal sostén económico.

Pese a la enorme repercusión de sus declaraciones, no fue Trump el primero en exigir a los socios europeos un mayor presupuesto en defensa y para la OTAN. Antes que él lo hicieron George W. Bush en 2006, en plena campaña militar en Afganistán y, una década más tarde, Barack Obama, considerado como el “presidente menos atlantista”, cuando insistió en aumentar y uniformizar el gasto en defensa de todos los integrantes del bloque en, al menos, un 2% del PBI para, de ese modo, fortalecer militarmente a Ucrania en contra de Rusia.

Bajo el argumento de que Europa está en deuda con los Estados Unidos, ahora Trump pretende aumentar las contribuciones de cada miembro de la OTAN a un 5% del PBI, medida que beneficiaría especialmente a la industria de la defensa estrechamente ligada con el Pentágono. Pero el problema del bloque en estos tiempos ya no es sólo económico sino geopolítico, más aún cuando Washington asume plena centralidad a nivel global, dejando de considerar a las tradicionales alianzas internacionales como una ventaja en sí mismas, y reemplazando su participación en organizaciones multilaterales por un modelo acabado de unipolaridad.

Desde el plano ideológico, e incluso cultural, las decisiones de Trump implican el resquebrajamiento de una unidad euroatlántica que, con sus avances y sus retrocesos, se había mantenido vigente hasta el gobierno de Biden y durante la guerra en Ucrania. Ahora, la posibilidad de un diálogo directo con Rusia e, incluso, el entendimiento en torno a intereses y necesidades mutuas, terminaron impactando en la realidad de la mayor coalición militar en la historia.

Pero el rechazo de la Casa Blanca a mantener la estructura política y militar de la OTAN no significa la cancelación de un proyecto claramente redituable para los Estados Unidos y, sobre todo, para las cinco multinacionales que, como eje central del complejo militar industrial obtienen sus beneficios a través de los múltiples escenarios bélicos esparcidos por todo el planeta. Principalmente, en los que intervienen los socios europeos, como ocurre en Ucrania.

En medio del actual proceso de reorientación, el 7 de enero Trump publicó que para el próximo año fiscal el presupuesto del Pentágono ascendería a 1,5 billones de dólares, un incremento del 50% con respecto al gasto actual y la mayor inversión desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La Casa Blanca planteó frontalmente que la principal preocupación no es Rusia sino China, por lo que el presupuesto en defensa apunta a fortalecer su capacidad estratégica en un cuadro contradictorio y, a la larga, insalvable en términos económicos.

Si bien Estados Unidos opera hoy como un imperio que gasta más que nunca en toda su historia en recursos militares, al mismo tiempo asiste a un proceso gradual de pérdida de su monopolio tecnológico al no poder contar para su producción con las cadenas de suministros esenciales, en gran medida, establecidas y controladas desde China, su principal rival a nivel geopolítico.

En este sentido, los más modernos armamentos producidos en Estados Unidos requieren un alto número de componentes chinos, como el avión de combate F/A-18E/F, el destructor de la clase Arleigh Burke, el bombardero B-2, el submarino Ohio, los misiles Tomahawk, los sistemas de defensa aérea Patriot y las municiones guiadas de precisión. Algo similar ocurre con las tierras raras requeridas para buena parte los armamentos: China controla aproximadamente el 70% de las reservas mundiales y el 90% de la capacidad de procesamiento. En Estados Unidos, cada avión F-35 necesita 417 kilogramos de tierras raras, y cada submarino de la clase Virginia, 4,2 toneladas…

Ante al interés de Washington por disputar su hegemonía con Beijing en el espacio estratégico del Asia-Pacífico, y frente a la progresiva pérdida de apoyo a Ucrania en la guerra contra Rusia, es cada vez menos lo que puede incidir hoy la base europea en la orientación general de la OTAN.

En este complejo contexto abundan las preguntas y las especulaciones en torno a la turbulenta relación entre Trump y la OTAN. Algunos líderes europeos todavía creen que, si los demócratas ganan en la elección de medio término en noviembre o, más aún, en la próxima presidencial de 2028 en los Estados Unidos, el diálogo inter atlántico posiblemente pueda volver a encausarse.

Sin embargo, son cada vez más los pesimistas que ven una ruptura del acuerdo fundacional. No casualmente, uno de los gobiernos más criticados por Trump, el del socialista español Pedro Sánchez, por estos días impulsa la propuesta de creación de unas “Fuerzas Armadas europeas”, con una amplia autonomía frente a Washington. Tal vez, de este modo consiga relegar al pasado al bloque de la OTAN, como si se tratara de una reliquia histórica ya obsoleta por el paso del tiempo.

Por RK