La parca se establece en Guayaquil

Dax Toscano|

Guayaquil, la perla surgida del más grande e ignoto mar, como la cantaba una de sus figuras ilustres, Julio Jaramillo, sufre hoy el embate brutal de la pandemia del coronavirus, situación que se complica aún más en una ciudad de 2.7 millones de habitantes, de los cuales el 11.2 % vive en la pobreza y el 1.4 % en pobreza extrema, según datos del Instituto de Estadísticas y Censos de Ecuador (INEC), a diciembre de 2019.

El desarrollo de la pandemia no puede estar separado de las condiciones en las que vive la mayoría de la población, como resultado de un sistema injusto, donde el capital está por encima del ser humano.

Para colmo de los males, el gobierno central y la alcaldía de Guayaquil, han actuado con tal incapacidad que los más necesitados han quedado a la deriva, por lo que hoy en las calles de Guayaquil se ven imágenes dantescas, con personas consumidas por el virus y otras ya muertas tiradas en las veredas o en el pavimento. 

El Partido Social Cristiano (PSC) y su aparato de propaganda mediático, a lo largo de algunas décadas, fabricó la idea de que la ciudad portuaria avanzaba hacia la prosperidad y la modernidad.

El modelo de administración socialcristiano fue implantado desde el primer triunfo a la alcaldía por parte de León Febres Cordero en 1992, ocupando el cargo por dos períodos consecutivos, para luego ser relevado por Jaime Nebot Saadi, quien dirigió los destinos de la ciudad desde el año 2000 hasta el 2014.

Abdalá Bucaram y su hermana Elsa, del Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) ocuparon la primera magistratura de la ciudad en los años 1984 y 1988, respectivamente, alcaldías que estuvieron marcadas por la corrupción y el desinterés para resolver los problemas fundamentales de la urbe portuaria. 

Bucaram fue involucrado en el denominado “caso Cascajo”, por la compra de material pétreo por parte de la Municipalidad de Guayaquil, con un supuesto sobreprecio de 200 millones de sucres.  El 11 de septiembre de 1990, el presidente de la Corte Superior de Justicia de Guayaquil, Hugo Quintana, dictó auto de sobreseimiento provisional para el líder roldosista. Los intríngulis de la política ecuatoriana posibilitaron la amnistía de Abdalá con el voto de los diputados del PRE, PSC, CFP, MPD y FRA, el 5 de octubre del mismo año.

Elsa Bucaram, ya como alcaldesa, organizó un acto masivo, el 24 de diciembre de 1989 para, sin ningún respeto por la gente pobre que se había reunido en los alrededores de la municipalidad, lanzar fundas de juguetes plásticos a la multitud que se abalanzó para obtener un regalo para sus hijos. El saldo fue de cuatro muertos y decenas de heridos.

Durante esta administración, el municipio de Guayaquil sometió a remate vehículos supuestamente en buen estado, haciéndolos pasar como desechos. El 29 de agosto de 1996, la Segunda Sala de la Corte Suprema de Justicia sobreseyó definitivamente a Elsa Bucaram en el caso “Chatarra”. El 10 de agosto del mismo año, su hermano había sido posesionado como presidente de la República del Ecuador.

Todo este escenario permitió al PSC tomar las riendas de la ciudad. A través de un modelo de desarrollo enfocado en la regeneración de la urbe y su entorno, acompañado de una agresiva campaña propagandística, con respaldo de los medios de comunicación masiva, las administraciones socialcristianas han posicionado la imagen de adelanto y progreso de la urbe.

Negar que Guayaquil ha tenido cambios positivos sería una incongruencia. Pero taparse los ojos ante la realidad que pone en evidencia que dicho modelo es inequitativo, excluyente y que además ha golpeado económicamente a los sectores populares, sería una estupidez.

Los contrastes sociales son innegables en una ciudad que la oligarquía ha pretendido convertir en su bastión electoral y político, lográndolo en gran medida por medio de la manipulación de las personas a través de discursos regionalistas, violentos, machistas y con una fuerte carga emocional, como los que pronunciaran en diversos momentos, León Febres Cordero y Jaime Nebot.

“Saben que cuando Guayaquil levanta el brazo de guerra, guerra habrá”, “ustedes me conocen, yo no me ahuevo jamás” decía Febres Cordero, el 8 de abril de 1999 en “la marcha de los crespones negros”, encabezada por dirigentes empresariales como Joyce de Ginatta y el que fuera propietario del Banco del Progreso, Fernando Aspiazu Seminario, banquero que arruinó la vida de miles de sus clientes a los que estafó, mientras exigía al Estado un crédito para salvar a su entidad bancaria.

Jaime Nebot, émulo de León, el 25 de junio de 2015 pronunció un discurso ante una multitud reunida a lo largo de la Av. 9 de octubre, en la que señaló que Correa “quería dividir al país, iniciando una lucha de clases, para poner en contra a empresarios y trabajadores, pudientes contra pobres”.

Nebot, que en aquella ocasión habló de la unidad de todas y todos, es el mismo dirigente socialcristiano que, en octubre de 2019, ante el levantamiento popular contra el gobierno de Moreno, amenazó a los indígenas y les “recomendó”, con una actitud racista y de desprecio, que se queden en el páramo.

En la misma Av. 9 de octubre, Nebot dijo, en tono desafiante, frente a las manifestaciones de protesta contra el gobierno de Lenín Moreno que: “La paz que tanto se reclama es indispensable. Pero hay veces, y esta es una de esas veces, que hay que hacer la guerra para conseguir la paz”, posicionándose en contra de la lucha del pueblo y poniéndose a favor de Moreno que en ese entonces se encontraba refugiado en Guayaquil.    

Fueron esos días en los cuales la oligarquía guayaquileña mostró su verdadero rostro, el del desprecio profundo por el pueblo, amparados por los medios de comunicación que les ponían micrófono abierto para expresar sus mensajes racistas. 

La burguesía solo habla de unidad y de paz cuando el pueblo se vuelve funcional a sus intereses políticos y económicos.

El modelo socialcristiano de administración municipal se ha caracterizado por entregar a la empresa privada, en algunos casos a través de la constitución de fundaciones, el manejo de asuntos fundamentales de la ciudad que van desde la regeneración de la urbe hasta el servicio de agua.

No ha faltado el culto a las figuras despóticas de León Febres Cordero y Jaime Nebot Saadi, con el objetivo de mantener en el imaginario colectivo la idea de que ellos han sido los benefactores de Guayaquil. 

En el cielo raso del salón de la ciudad, en el palacio municipal, el pintor guayaquileño Luis Peñaherrera Bermeo, dejó plasmadas en el mural titulado “Apoteosis de Guayaquil”, las efigies de los dos alcaldes socialcristianos.  

La pandemia del coronavirus ha permitido ver la dura realidad de la gente pobre en Guayaquil, la de aquellos que no viven en La Puntilla, Ceibos Club, Ciudad del Sol, Ciudad del Río, Kennedy y Urdesa Norte.

En La Puntilla, las construcciones arquitectónicas se asemejan a las de Miami o Los Ángeles, con salidas privadas hacia la ribera del río, grandes centros comerciales, restaurantes y colegios particulares, lo cual deja claro no solo la posición económica de quienes habitan en esos lugares, sino su ideología y su mirada que siempre esta puesta en el modelo vida estadounidense. 

Isla Mocoli o Isla Celeste son otras dos zonas urbanísticas ubicadas en Samborondón, donde habita la “high society” guayaquileña, con apartamentos y casas cuyos precios oscilan entre los 250 y 900 mil dólares.

En Guayaquil viven algunos de los personajes más ricos del Ecuador y de Latinoamérica, vinculados también a la actividad política y con aspiraciones presidenciales:

Álvaro Noboa Pontón cuya fortuna asciende a 1500 millones de dólares, dueño de la Corporación Noboa, Grupo Noboa y grupo de Empresas Álvaro Noboa. Una de sus principales actividades es la de la producción y exportación de banano. Es propietario de Industrial Molinera C.A., de la Compañía Azucarera Valdez, de Naviera del Pacífico S.A., entre otras empresas.

Isabel Noboa Pontón, dirige el Consorcio Internacional Nobis que opera en el sector agroindustrial, inmobiliario, hotelero, comercial, con ingresos por más de 600 millones de dólares. 

Guillermo Lasso Mendoza, principal accionista del Banco de Guayaquil, cuyos activos son de 4.565 millones de dólares, con un patrimonio neto de 458 millones. Lasso tiene depositados capitales en varias empresas offshore, en diversos paraísos fiscales, según investigaciones realizadas por la periodista argentina Cynthia García y publicadas por el periódico Página 12.

En información publicada el 16 de marzo de 2017 por la desparecida Agencia Andes y el diario cuencano El Tiempo se explica que entre los años 1999 y 2000, Lasso multiplicó su fortuna de un millón de dólares a 30 millones, gracias a la especulación de Certificados de Depósito Programados (CDR’s), documentos que recibían los depositantes por el valor de sus ahorros, pero que no podían retirarlos hasta después de un año. Los bancos compraron esos certificados a los clientes desesperados por recuperar su dinero, debido al congelamiento de depósitos decretado por el gobierno de Mahuad para proteger a los mismos bancos, a un costo de 40 y 50 % de su valor real, para luego canjearlos en la Corporación Financiera Nacional al 100 % de su valor nominal.

Los pobres, los que no pertenecen al Club la Unión, al Yacht y Tenis Club, viven en zonas desprovistas de alcantarillado, con escases o nulo servicio de agua potable o de energía eléctrica, en condiciones malas de salubridad y donde reina la inseguridad. Son las y los habitantes del Guasmo, de Flor de Bastión, Isla Trinitaria, Batallón del Suburbio, Bastión Popular, La Ladrillera, Balerio Estacio, Monte Sinaí, Nueva Prosperina, barrios donde la modernidad no ha llegado en estos casi 30 años de alcaldías socialcristianas. 

Joaquín Gallegos Lara, insigne escritor guayaquileño, de ideas socialistas, publicó en 1946 “Las cruces sobre el agua”, un relato histórico sobre la lucha de los obreros de la ciudad portuaria contra el gobierno criminal de José Luis Tamayo.

El 13 de noviembre de 1922, trabajadores ferroviarios, eléctricos, panaderos, cacahueros, zapateros, artesanos, tipógrafos, canillitas, lavanderas, trabajadoras sexuales se levantaron para exigir mejores condiciones laborales y de vida. Había iniciado la primera huelga general en la historia de la República del Ecuador.

Fue la época de los “gran cacao”, burguesía agroexportadora que, ante la crisis del capitalismo y la baja en el precio del cacao a nivel internacional, quiso descargar las consecuencias negativas de ese momento sobre la espalda del pueblo, de la clase trabajadora. 

En la obra de Gallegos Lara, el autor resalta la figura del dirigente panadero Alfredo Baldeón, quien fue presidente de la sociedad “Unión de Panaderos de Socorro Mutuo”, mismo que encabezó la protesta contra el gobierno de Tamayo, el 15 de noviembre de 1922.

Mujeres como Tomasa Garcés y la “Negra” Julia, se destacaron también en la lucha popular.

Las y los obreros exigían, entre otras peticiones, el respeto de la jornada laboral de ocho horas, mejoras salariales y estabilidad laboral. La respuesta fue la represión y el asesinato.

Fueron decenas los que cayeron bajo las balas de la soldadesca criminal. Baldeón, que en aquel momento tenía 22 años de edad, ofrendó su vida en defensa de la clase obrera, como lo hicieron también muchas de las mujeres pertenecientes a los grupos “Rosa Luxemburgo” y “Aurora”. 

Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes y otros arrojados al río. La oligarquía aplaudió a los asesinos de la clase trabajadora.

Han transcurrido 98 años desde ese acontecimiento histórico. Hoy, en las calles de Guayaquil, la gente se desploma, no por las balas asesinas de policías y militares al servicio de un régimen despótico, sino por la desidia y la ineptitud del gobierno central y de la alcaldía para dar soluciones efectivas para el control de la pandemia.

Los testimonios y las imágenes de lo que vive la población guayaquileña, producen dolor. Mientras Moreno permanece refugiado en Carondelet y sus funcionarios niegan la realidad, argumentando que se trata de noticias falsas, impulsadas desde el “correísmo”, el número de infectados y de muertos supera el de las cifras oficiales. Distintos medios internacionales han difundido informaciones sobre la situación crítica que vive Guayaquil ante la expansión del coronavirus. Los cadáveres no han podido ser recogidos y ya ni siquiera existen ataúdes para los muertos. Los hospitales están saturados, las medicinas escasean y el personal de salud, que no tiene el instrumental necesario para protegerse y de esta manera poder atender y cuidar a los infectados, también están muriendo.

En medio de esta situación trágica, los funcionarios de Moreno no han perdido el tiempo para publicitar la imagen del gobierno. Juan Sebastián Roldán, secretario de la Presidencia se toma un selfie junto al vicepresidente Otto Sonnenholzner y al gobernador del Guayas, Pedro Pablo Duart, entregando una funda con pocos alimentos, con el nombre del presidente, a una mujer de pueblo, mientras las cámaras filman, para luego difundir la información (propaganda) a través de sus cuentas oficiales.

A la crisis sanitaria se suma la crisis económica. La gente del pueblo lo expresa con una dolorosa sabiduría: el dilema está entre morir por coronavirus si sales a la calle y violas la cuarentena, o morir de hambre, encerrados en las casas. O quizás, morir por ambas causas.

La situación es compleja para Guayaquil. Se estima que solo en la provincia del Guayas, en los meses siguientes, el número de fallecidos por el COVID19 será de entre 2.500 y 3.500 personas, ha declarado Jorge Wated, Jefe de la Fuerza de Tarea encargada de la recolección de cadáveres en Guayaquil.  Los muertos de la gente humilde se meterán en bolsas plásticas o en uno de los 1000 ataúdes de cartón donados por la municipalidad. Hasta en la muerte se expresan las diferencias de clase.

En 1842 la fiebre amarilla golpeó a Guayaquil ciudad que para aquella época tenía una población de 13.000 habitantes. Dice Freddy Avilés Zambrano, en un artículo de su autoría, publicado en el periódico El Universo el 20 de marzo de 2020, con el título: “La fiebre amarilla en Guayaquil: la historia de una epidemia que hace 178 años causó 2454 muertos” que “las víctimas se contaban por decenas y era común que en cada casa al menos uno de los miembros de la familia estuviera contagiado” y añade que “las escenas en las calles eran terribles, los enfermos en mal estado eran abandonados. El Hospital de la Caridad estaba atiborrado de pacientes y colapsó, incluso muchos de los médicos que atendían a los enfermos también murieron por el contagio, como el caso del doctor Bernal, director de ese centro de salud.”  

Transcurridos 178 años de esa epidemia, la escena parece repetirse, aunque en esa época, como relata Avilés Zambrano, el gobernador de la provincia del Guayas, Vicente Rocafuerte, actuó con valentía, con firmeza y asumió el liderazgo para enfrentar a la fiebre amarilla, tan distinto de lo que hoy sucede.

Medardo Ángel Silva y Ernesto Noboa y Caamaño fueron dos poetas guayaquileños que, junto a los quiteños Arturo Borja y Humberto Fierro, formaron parte de “La Generación decapitada”, nombre que daría el ensayista Raúl Andrade a estos jóvenes que se quitaron la vida a temprana edad y que se los ha considerado como los iniciadores del Modernismo en el Ecuador.

Están por cumplirse tres años del mandato de Lenín Moreno como presidente del Ecuador. En este período, tras la traición al programa de gobierno por el cual fue electo, el país ha sido destruido. El desgobierno nos ha conducido a una situación crítica en lo político, lo económico y, fundamentalmente, en lo social. El mal manejo de la pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia el fracaso de esta administración.

Moreno, junto a Otto Sonnenholzner, Richard Martínez, María Paula Romo, Juan Sebastián Roldán, Andrés Michelena, Oswaldo Jarrín, Diana Salazar y Pablo Celi son los responsables de que el país esté a la deriva.

La desilusión, el desencanto, la decepción agobia a la mayoría de ecuatorianos. Este mal gobierno ha decapitado las esperanzas de toda una generación que ve la indolencia de un mandatario y sus funcionarios al dejar morir a la gente pobre en las calles de Guayaquil, sin darles la posibilidad de tener las condiciones adecuadas para poder salvarse de la pandemia que hoy invade al país. 

La situación es muy grave y dolorosa.

No queda más que dedicar, desde esta trinchera, palabras de esperanza y aliento para las hermanas y hermanos de esa “tierra de bellas palmeras, cristalinos ríos, paisaje ideal”. Como diría el maestro Carlos Rubira Infante: Guayaquileños, madera de guerreros, francos, valientes, jamás sienten temor. Guayaquileños, no hay nadie quien les iguale como hombres y mujeres de coraje, lo digo en mi canción.