Por Pedro Pierre

                En muchas partes de Colombia y de América Latina se prepara una gran fiesta por han encontrado los restos mortales del padre Camilo Torres Restrepo, muerto en un enfrentamiento con el ejército colombiano cuando había entrado a formar parte de la guerrilla del ELN (Ejército de Liberación Nacional). Era el 15 de febrero de 1966. Los militares se llevaron su cadáver para enterrarlo en un lugar desconocido. El asesinato de Camilo Torres causó conmoción en Colombia porque era un personaje muy conocido. ‘El Cura guerrillero’ fue ordenado sacerdote en Bogotá, Colombia, en 1954. Estudió sociología en Bélgica. Fue nombrado capellán de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá al mismo tiempo que desarrollaba actividades sociales y políticas en varias provincias del país. En 1960 participó en la fundación de la primera facultad de Sociología de América Latina donde fue profesor. Era muy activo en los encuentros sobre la Teología de la Liberación. A pesar de la oposición de los obispos que le prohibieron el ejercicio del sacerdocio, en enero de 1964 participó en la fundación del ‘Frente Unido del Pueblo’, un movimiento político de oposición a la coalición de los partidos tradicionales. En 1965 con su ‘Mensaje a los cristianos’, escribió “me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo, en el terreno temporal, económico y social”. En enero de 1966 anunció su incorporación al ELN donde murió un mes después.

Para América Latina toda, queda Camilo Torres como el símbolo de la unión entre fe cristiana y revolución. Unos 10 años más tarde, en Nicaragua, el sacerdote Gaspar García Laviana, nacido en España, entraba en la guerrilla sandinista que derrocó en julio de 1979 la dictadura somocista ¡que había comenzado en… 1936! El 2 de junio de 1979, los obispos nicaragüenses la legitimaron la insurrección contra Somoza al escribir: “A todos nos duelen y afectan los extremos de las insurrecciones revolucionarias, pero no puede negarse su legitimación moral y jurídica «en el caso de tiranía evidente y prolongada, que atente gravemente a los derechos fundamentales de la persona o damnifique el bien común del país»”, citando la Carta encíclica del Papa Pablo 6° titulada “El progreso de los pueblos”. Tanto en la guerrilla sandinista como en el gobierno socialista que siguió su triunfo, participaron muchos sacerdotes.

A pesar de las suspensiones canónicas del papa Juan Pablo 2°, se quedaron en el gobierno sandinista 4 sacerdotes: Fernando Cardenal, ministro de Educación; Ernesto Cardenal, ministro de Cultura; Miguel D´Escoto, ministro de Relaciones Exteriores y Edgar Parrales, embajador en la OEA (Organización de los Estados Americanos). A los 4 meses del triunfo de la revolución, el 19 noviembre de 1979, los obispos nicaragüenses confirmaron las opciones socialistas del gobierno sandinista. Es un texto histórico por sus contenidos, tan novedosos como esperanzadores, no sólo para Nicaragua sino también para toda América Latina: “Tenemos confianza en que el proceso revolucionario será algo original, creativo, profundamente nacional y de ninguna manera imitativo, porque, con las mayorías nicaragüenses, lo que pretendemos es un proceso que camine firmemente hacia una sociedad plena y auténticamente nicaragüense, no capitalista, ni dependiente, ni totalitaria”.

Eran tiempos en que el Concilio Vaticano 2° de los años 1960 había dado apertura al la Iglesia para trabajar al ejemplo de Jesús de Nazaret a la construcción del Reino de Dios que es ‘fraternidad y justicia en nombre de Dios padre y madre’. Muchos obispos y sacerdotes entraron en esta dinámica de la teología de la liberación, calificada por el papa Juan Pablo 2° como “no sólo útil sino necesaria” a los obispos de Brasil en 1986. Por eso muchos obispos de esa época optaron por una Iglesia comprometida con los pobres y su liberación. En Ecuador su mayor representante es monseñor Leonidas Proaño. Este compromiso de optar por los pobres valió a varios de ellos ser asesinados por los gobiernos militares de aquella época.

Citemos a algunos. El más conocido es monseñor Osar Romero de El Salvador en 1980. Antes de él están monseñor Gerardo Valencia de Colombia en 1972 y monseñor Enrique Angelelli de Argentina en 1976, con accidentes provocados. Luego están también Luis Dalle de Perú en 1982, también en accidente provocado; monseñor Alejandro Labaca de Ecuador en 1987: “No fueron los indígenas (de la Amazonía) que lo asesinaron, sino los dueños de las petroleras” según monseñor Alberto Luna de Cuenca (Ecuador); igualmente monseñor Juan Gerardi de Guatemala en 1998 por presentar el “Documento de la Verdad” sobre los crímenes de la dictadura militar al que se les señalaba una autoría del 80%. ¡Época de gentes valientes! … sin olvidar decenas de religiosas, más de un centenar de sacerdotes y miles de cristianos que se reunían en la Comunidades Eclesiales de Base.

Todos ellos son los mártires de la Iglesia de los pobres de América Latina, testigos inconfundibles del Reino de Dios sembrado en medio de nosotros: llevando el amor hasta el don de la vida. “¡No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos!”, decía Jesús. También el libro del Apocalipsis los homenajea: “Verán el rostro de Dios y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá noche. No necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque Dios mismo será su luz, y reinarán por los siglos para siempre.” Ellos nos confirman el camino a seguir: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. ¡Prohibido olvidar!

Por RK