Danilo Altamirano
El mundo atraviesa una transición sistémica caracterizada por la erosión del orden liberal y la reconfiguración del poder global. Este nuevo escenario geopolítico supera las dimensiones militares y económicas tradicionales, proyectándose hacia los espacios de disputa política, mediática y de construcción de legitimidades. En este contexto, el unilateralismo resurge como un mecanismo de afirmación estratégica frente a un multilateralismo percibido como lento, burocrático e ineficaz. La tensión entre ambos refleja una crisis profunda de las creencias compartidas que sostuvieron el orden internacional posterior a 1945. Como señala Ikenberry (2018), los órdenes internacionales no colapsan únicamente por transformaciones materiales, sino también por la pérdida de su legitimidad normativa.
La confrontación entre unilateralismo y multilateralismo no expresa una dicotomía moral entre cooperación y conflicto, sino una pugna estructural por definir las reglas, los ritmos y los mecanismos de decisión del sistema internacional. El unilateralismo contemporáneo se manifiesta mediante acciones selectivas, sanciones económicas y presiones diplomáticas que subordinan las instituciones multilaterales a intereses nacionales inmediatos. Esta lógica consolida una gobernanza global asimétrica, donde el poder determina la aplicabilidad real de las normas. En línea con lo propuesto por Mearsheimer (2018), las grandes potencias priorizan su autonomía estratégica aun cuando ello implique sacrificar la estabilidad del sistema.
Simultáneamente, el multilateralismo se ha transformado en un campo de disputa discursiva. La crisis de legitimidad de las organizaciones internacionales refleja tensiones entre un consenso institucionalizado -originado en el núcleo del poder occidental- y las demandas de potencias emergentes que cuestionan su representatividad. En un sistema inherentemente anárquico, estas fracturas no anuncian el fin del multilateralismo, sino la aparición de versiones fragmentadas, regionalizadas y funcionales. Como argumenta Acharya (2014), emerge un multilateralismo de geometría variable que compite por liderazgo normativo en un orden global cada vez más plural.
Esta confrontación se replica también en el terreno narrativo y comunicacional. La agenda mediática se convierte en un espacio estratégico donde el unilateralismo busca legitimarse mediante discursos centrados en la seguridad, la eficiencia y la soberanía; en contraste, el multilateralismo apela a la cooperación, la interdependencia y la legalidad internacional. Esta disputa discursiva influye en la opinión pública y condiciona la política exterior, cada vez más permeada por dinámicas domésticas. Krisch (2005) advierte que la selectividad normativa resultante erosiona la autoridad del derecho internacional y profundiza la fragmentación del sistema.
Las consecuencias de esta disputa se expresan en el debilitamiento de los pilares del derecho internacional y en el aumento de los costos de la gobernabilidad democrática. Los recursos naturales han adquirido centralidad en la competencia geopolítica contemporánea, reconfigurando alianzas y conflictos en torno a la energía, el agua y los minerales estratégicos. En este escenario, América Latina comienza a abandonar su histórica condición de espacio de relativa paz, al quedar atravesada por presiones externas y disputas geoeconómicas. Como sostiene Yergin (2020), la geopolítica de los recursos redefine actualmente las nociones de poder, desarrollo y seguridad.
El orden mundial emergente de esta transición sistémica se caracteriza por la existencia de múltiples polos y por la reafirmación del Estado como actor central. La gobernanza regional adquiere mayor relevancia como mecanismo para ampliar la autonomía estratégica, aunque se desenvuelve en un entorno de normas difusas y liderazgos fragmentados. No se trata de un equilibrio estable, sino de una multipolaridad competitiva donde la cooperación coexiste con la rivalidad. Walt (2011) advierte que esta redistribución del poder incrementa la incertidumbre y dificulta la construcción de consensos duraderos.
En suma, la transición sistémica no implica el colapso del multilateralismo, sino su reconfiguración en un escenario de creciente confrontación con el unilateralismo. El desafío central no reside en la coexistencia de múltiples polos, sino en la ausencia de mecanismos compartidos para gestionar la interdependencia y el conflicto. En este contexto, el futuro del orden internacional dependerá de la capacidad de reconstruir consensos mínimos que sostengan la gobernanza global. Como afirma Acharya (2018), el orden multipolar del siglo XXI será inevitablemente más plural, pero también más propenso a la inestabilidad.
Referencias bibliográficas
Acharya, A. (2014). The end of American world order. Polity Press.
Acharya, A. (2018). Constructing global order: Agency and change in world politics. Cambridge University Press.
Ikenberry, G. J. (2018). The end of liberal international order? International Affairs, 94(1), 7–23.
Krisch, N. (2005). International law in times of hegemony. European Journal of International Law, 16(3), 369–408.
Mearsheimer, J. J. (2018). The great delusion. Yale University Press.
Walt, S. M. (2011). The myth of American decline. Foreign Policy, 188, 72–77.
Yergin, D. (2020). The new map. Penguin Press.
