Rodolfo Bueno

Las elecciones de medio término de EE.UU. despejaron la incógnita, los demócratas ganaron la Cámara de Representantes, pero los republicanos ampliaron su mayoría en el Senado, esto vuelve improbable la destitución presidencial, pues cualquier intento de un impeachment contra Trump sería bloqueado por el Senado. La victoria de Trump, en este sentido, es cuádruple: ahora es líder del partido republicano, ha colocado a sus partidarios en el Congreso, maneja el Senado y su candidatura para la reelección presidencial está garantizada. Lo que haga en los próximos dos años permitirá que sea o no reelecto. Si como hasta ahora obtiene triunfos macro económicos, el mundo será testigo de un nuevo mandato suyo.

La lucha contra Trump no va a menguar sino que va a arreciar y será más virulenta. Sus oponentes, para la buena suerte de Trump, están motivados el odio, al mismo tiempo que él sigue la lógica del empresario que conoce lo que quieren sus clientes y llega a esa “canasta de deplorables, racistas, xenofóbicos, sexistas, islamofóbicos e irredimibles que no son América”, según define la señora Clinton a los partidarios de Trump. Sus enemigos sostienen que “la manera más simple de corregir la ‘catástrofe Trump’ es el asesinato en la Casa Blanca”. No toman en cuenta que a Trump lo apoyan los sectores más retrógrados y, además, bien armados de esa sociedad, por lo que si lo eliminan, todo lo malo que pudiera suceder, sucederá.

Bernie Sanders, que ha ganado su puesto en el senado como candidato independiente, se salva de este pandemónium. A su alrededor se aglutina la juventud, lo mejor de la sociedad estadounidense. Su respuesta sobre si se considera parte del régimen capitalista es radical: “¿Si me considero parte del proceso del capitalismo de casino por el cual tan pocos tienen tanto y la inmensa mayoría tiene tan poco, con el cual la avaricia y el descuido de Wall Street destruyen esta economía? No, no lo soy”.

Sus palabras son suficientes para atraer a los que buscan evitar que por las calles del país más rico del mundo, EE.UU., deambulen millones de indigentes; a los ciudadanos de ese país que no puedan enfrentar sus gastos de emergencia de apenas $ 500, en una sociedad donde pululan los multimillonarios; a los que padecen dentro del sistema de salud privada más caro del mundo, y que es inferior al de cualquier país desarrollado; a los que se declaran culpables a cambio de que el sistema judicial les sentencie a un menor plazo, porque no pueden costearse a un abogado; a los que comprenden que EE.UU. tiene un sistema electoral poco democrático, donde se da cualquier tipo de barullos; a los que no están de acuerdo con que la policía asesine por cualquier pretexto a las personas de color, que temen la presencia policial incluso cuando se trata de detenciones por infracciones de tránsito, temor que se basa en las estadísticas de que cada día más de un negro es asesinado extrajudicialmente, sin que importe que dé aviso de no portar armas, no corra y presente sin chistar los documentos requeridos. No, algo no cuaja en esa sociedad, que pretende ser ejemplar. Si a todo eso se añade que las cárceles están repletas de negros y latinos, en muchas ocasiones inocentes, se hace válida la pregunta ¿adónde marcha ese país?

Las cosas en lo internacional son peores, pues todo mandatario de EE.UU. comete cualquier barbaridad a nombre de la libertad; en este sentido, Trump no es la excepción. Ambos partidos competirán por demostrar cual es mejor, o sea, peor. Los demócratas seguirán con el bodrio “Trump es agente ruso” e impondrán más sanciones contra Rusia; Trump, para probar su inocencia, las dictará más rigurosas. Algo similar sucederá en la guerra económica contra China.

Las sanciones contra Rusia, impuestas por EE.UU., tienen un efecto contraproducente: encarecen el petróleo y abaratan el rublo, una combinación doblemente positiva para la economía rusa; por otra parte, Rusia es un país que saca fuerzas de la adversidad para derrotar a sus contrincantes. Napoleón creyó ganar la Batalla de Borodinó, tomó Moscú, se sentó en el Kremlin y esperó que los rusos se rindieran, después salió con el rabo entre las piernas y regresó derrotado a París, luego de abandonar a sus tropas en la campiña rusa. A Hitler le pasó algo parecido. Lo cierto es que EE.UU. no puede derrotar militarmente a Rusia, por más que la acorrale. Si con Rusia no puede, menos va a poder con la China milenaria, que va de regreso antes de que sus rivales partan, y menos aún podrá competir con éxito contra una alianza entre China y Rusia. La política de sanciones contra Irán tampoco le va a funcionar, pues Europa no les va a acolitar en esta aventura loca.

Los que van a llevar la peor parte son Cuba, Venezuela y Nicaragua, porque los van a presentar como un peligro para la estabilidad política de América Latina, acusación que será apoyada por los regímenes títeres de esta región. Las sanciones contra estos tres países serán cada vez más estrictas y será más riguroso el intento de aislar a esta “troika de Tiranía y triángulo de terror… génesis de una sórdida cuna del comunismo en el hemisferio occidental”, tal como los define John Bolton, asesor de seguridad nacional del Presidente Trump.

Ni Trump ni los anteriores presidentes han tocado los problemas de fondo sino que, para ocultar las lacras sociales de EE.UU., hablan de lo que pasa lejos, en el extranjero. Son tan ciegos que ni siquiera proponen cambios para que nada cambie y lo único que hacen es incrementar los gastos militares y la deuda pública, que ya supera los 21 billones de dólares. Bernie Sanders advierte: “Espero que cada estadounidense preste atención a lo que dicen… que van a contrarrestar este gran déficit con recortes a la Seguridad Social y a los programas Medicare y Medicaid”.

Con su retórica belicosa, Trump pretende desconocer los conflictos que vive la sociedad de EE.UU. ¿Cómo va a enfrentar el inmenso desnivel en los ingresos, la inseguridad social, la pobreza, el abandono a la vejez?, problemas que agobian a ese país aunque él mismo y los medios de información los oculten.

 

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