Por Danilo Altamirano
La visión trumbiana se basa en una combinación de nacionalismo, populismo de derecha y pragmatismo empresarial. Donald Trump se presenta como un outsider que desafía a la élite política, mediática y académica, promoviendo un liderazgo personalista y confrontacional. Su discurso, centrado en la desregulación y la reducción del papel del Estado, ha redefinido la política estadounidense y global, alineando los intereses del capital con una estrategia que busca maximizar beneficios privados y limitar la intervención gubernamental en la economía.
El capital, como actor principal en esta ecuación, incluye empresas, inversionistas, bancos y otros agentes económicos que buscan optimizar su rentabilidad dentro del sistema. El centro económico capitalista se erige como la expresión máxima de la acumulación de riqueza, donde las grandes fortunas y corporaciones actúan como los verdaderos dueños del poder. Este derecho utilitarista genera una cultura de empresas adictas al capital, estableciendo estructuras de dominio financiero que condicionan las políticas económicas y sociales.
El nacionalismo económico y el proteccionismo han sido ejes fundamentales en la estrategia trumbiana. Bajo el lema «América First», su administración desafía los principios del comercio global, promoviendo una identidad nacional fuerte basada en la protección de la soberanía económica. Su enfoque autoritario y la centralización del poder presidencial han reducido la cooperación con organismos multilaterales, transformando la democracia en un sistema transaccional donde cada decisión se mide en términos de beneficios inmediatos para los intereses nacionales.
El populismo de derecha, impulsado por Trump, ha generado un dinamismo económico significativo, encendiendo los mercados con desregulaciones y recortes fiscales que han favorecido al gran capital. Sin embargo, este modelo también ha exacerbado las desigualdades sociales y ha generado una dependencia estructural del crecimiento basado en el endeudamiento y la especulación financiera. Al mismo tiempo, su discurso polarizador ha profundizado la brecha ideológica dentro de la sociedad estadounidense y sus aliados internacionales.
La relación de Trump con las élites políticas es ambigua. Aunque se presenta como un antagonista del establishment, ha mantenido vínculos cercanos con los sectores empresariales y financieros que dominan la economía global. Su postura oscila entre el conservadurismo tradicional y un neoliberalismo pragmático, con elementos imperialistas en su política exterior. Dentro del Partido Republicano, su posición se acerca a la extrema derecha, redefiniendo la agenda partidaria hacia un populismo económico y cultural que desafía las normas tradicionales del conservadurismo estadounidense.
Este cambio estructural en la política, la economía y las relaciones internacionales representa un punto de inflexión en el equilibrio del poder global. La visión trumbiana introduce un nuevo modelo de interacción en el orden mundial, caracterizado por una mentalidad transaccional enfocada en el control del mercado y el territorio. Su evolución reconfigurará el poder económico y la gobernanza global, redefiniendo las reglas del juego en el siglo XXI.