Aceptar la realidad nuestra para transformarla

Pedro Pierre|

Este tiempo de pandemia es un tiempo de crisis, crisis personal y social. Los caminos para salir de ella no se clarifican fácilmente. La tendencia es decir que la pandemia va a durar en el tiempo… Con las consecuencias de toda índole que surgen, no hace difícil volvernos hacia los valores humanos y los derechos sociales. ¡Cuántos nos limitamos a una solución individualista y egoísta¡ ¡Cuántos no aceptamos la realidad social tal como es, y así evitar de cambiar lo que hay que cambiar! No queremos reconocer las tremendas desigualdades que existen entre nosotros los ecuatorianos y que es simplemente un escándalo que nos cierra muchos caminos a todos.

“¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!”

Tenemos que hacernos a la idea que la pandemia se va a quedar, seguramente más calmada, pero siempre con rebrotes cíclicos. Vamos a tener que aprender a vivir con ella, como hemos aprendido a vivir con la tuberculosis, el dengue, etc. Esta pandemia lo está dejando todo por los suelos… personas, economía, empleo, iglesias, proyectos individuales y colectivos…

Leonardo Boff, gran especialista de la teología de la liberación sobre la Ecología, o sea, el Cuidado de la Naturaleza, nos advierte en un artículo que nos deja bastantes pensativos. Lo titula: “El coronavirus: un ataque de la Tierra contra nosotros”. Allí escribe este párrafo: “La Tierra ya ha perdido su equilibrio y está buscando uno nuevo. Y este nuevo podría significar la devastación de importantes porciones de la biosfera y de una parte significativa de la especie humana. Esto sucederá, aunque no sabemos ni cuándo ni cómo… La actividad humana es responsable de la producción masiva de muerte de seres vivos… Si insistimos en mantener el consumo actual, especialmente el consumo no necesario, tenemos que aplicar más violencia contra la Tierra obligándola a darnos lo que ya no tiene o ya no puede reemplazar… O cambiamos nuestra relación con la Tierra viva y con la naturaleza o tendremos que contar con virus nuevos y más potentes que podrían aniquilar millones de vidas humanas. Nuestro amor a la vida, la sabiduría humana de los pueblos y la necesidad del cuidado nunca han sido tan urgentes.”

Con esto, estamos sobre aviso. Pero, ¿somos conscientes de esto y de su gravedad? ¿Tenemos amor a la vida, a toda vida? ¿Contamos con nuestras sabidurías como pueblo ecuatoriano? ¿Estamos decididos a cuidar la naturaleza si no queremos desaparece pronto como especie humana? Parece más bien que es el “¡Sálvese quien pueda!”, cuando cada uno quiere volver a su actividad de antes como si nada hubiera pasado, a esta ‘normalidad’ que nos llevó a esta pandemia. Hablemos claro: es nuestra manera de mal vivir que no respeta a las personas y destruye la naturaleza que ha permitido la irrupción de esta pandemia.

Más que nunca tenemos que aprender a vivir juntos de manera más armonioso donde no solamente nos cuidamos individualmente, sino que nos unimos y organizamos para evaluar nuestra manera de vivir y la validez de nuestras actividades profesionales, culturales, recreativas… para tener la valentía de cambiar lo que hay que cambiar. Más que nunca nos necesitamos unos de otros para despertar personalmente nuestra consciencia, nuestro espíritu crítico, como también llegar a ser suficientemente decididos y valientes para dejar de hacer lo que es dañino para nosotros, los demás y la naturaleza. No es tan fácil, peor si pensamos que todavía es un asunto secundario o que solitos lo vamos a lograr.

Tenemos igualmente que despertar y cultivar nuestra espiritualidad, o sea, nuestra capacidad de sacar fuerza desde lo más hondo de nosotros para vivir como debe ser. La espiritualidad no es un conjunto de actos religiosos, de oraciones tradicionales o de devociones individuales. Nuestra religión nos ha acostumbrado a negociar con Dios y a pedirle que resuelva nuestros problemas, cuando somos nosotros que tenemos que enfrentarlos y superarlos juntos. Así, ‘juntos’, ‘en comunidad’, ‘organizadamente’ son las palabras claves para salir adelante y evitar nuevas pandemias más devastadoras.

Ya estamos un poco más claros: Nuestra vida está en las “manos de la Tierra” y la Tierra está en nuestras manos. Ya reconocemos que ella no necesita de nosotros para existir y nos va a eliminar si seguimos agrediéndola tal como lo estamos haciendo directa o indirectamente. Nosotros sí, necesitamos de la Tierra para que produzca lo que nos hace falta para vivir: aire puro, agua no contaminada, tierra fértil, alimentos sanos, clima amigable, temperaturas equilibradas… es decir: lo que estamos destruyendo a diario y desmesuradamente desde más de 50 años. O nos unimos para salvarnos juntos -y nos hablamos de la futura generación- o nos perdemos todos antes de 30 años. Ahora, el “¡Sálvese quien pueda!”, sencillamente, es un crimen. Y Dios dijo: “No matarás”.

NO A LA ESCLAVITUD MODERNA

No sólo tenemos que mirar la dimensión personal de nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza. Estamos involucrados y cómplices de un sistema que detiene nuestro progreso colectivo y nuestra convivencia social. ¡Cuántas desigualdades nos paralizan! Y parece que nos estamos acostumbrando a ellas… sin darnos cuenta que ellas nos destruyen cada vez más y más. Hablemos de la esclavitud moderna.

¿Hemos caído en cuenta que el asesinato a manos de policías blancos del negro estadounidense George Floyd nos revela que el racismo es la forma disfrazada de la esclavitud moderna? Los negros son impedidos de respirar no sólo por la brutalidad de la policía, sino también por la brutalidad del sistema que nos (des)organiza. Hay que decirlo bien alto: todo trabajo o empleo cuyo salario no cubre la canasta básica es un trabajo esclavo que nos disminuye. En Europa y otros países industrializados, las y los trabajadores en logrado en mayo de 1968 la equivalencia entre la canasta básica y el salario mínimo. En Ecuador estamos lejos de la cuenta: a medio camino si se considera que actualmente la canasta básica ecuatoriana ha llegado a los 800 dólares, sin cubrir todos los elementos que incluye la canasta europea. Nos engañamos si creemos que algún buen gobierno nos va a regalar este derecho del salario mínimo equiparado a la canasta básica. Nuestros derechos se conquistan en duras luchas, cuando hemos hecho conciencia de su necesidad y estamos organizados en consecuencia. En Ecuador nos gana la falta de conciencia, organización y valentía… ¿Nos será que nos acostumbramos también a la esclavitud?

¿Qué es lo que nos puede motivar para esta lucha de vivir mejor entre todos? Partamos de la semana laboral. Mediante numerosas luchas y mucha sangre derramada por la represión, se había logrado que la semana de trabajo fuera de 6 días con 8 horas de trabajo diario y de un día de descanso obligatorio. La mal llamada ley recién aprobada de ‘apoyo humanitario’ ha derrumbado estos logros sin que muchas ni muchos protestáramos por este atropello mayúsculo. Así se pierden los derechos si no somos capaces de defenderlos. No sólo hay que echar la culpa al gobierno de los empresarios, banqueros y corruptos, sino a nuestra indiferencia, cobardía e insolidaridad.

Dejémonos sorprender por la Biblia sobre la esclavitud. La organización del tiempo en ‘semanas’ de 7 días viene de las religiones del Medio Oriente que adoraban a la Luna. Esta organización fue asumida por el pueblo de Moisés y el día de descanso fue insertado como ‘obligatorio’ en los 10 mandamientos hace más de 1,000 años antes de nuestra era. Dice lo siguiente este mandamiento en el libro bíblico del Éxodo: “Acuérdate del día del Sábado, para santificarlo. Trabaja seis días, y en ellos haz todas tus faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yavé, tu Dios. Que nadie trabaje: ni tú, ni tus hijos, ni tus hijas, ni tus siervos, ni tus siervas, ni tus animales, ni los forasteros que viven en tu país.”

Sí, nos llama la este largo mandamiento más de 3 veces milenario. En ese tiempo el día de descanso era el día sábado, primero de la semana. Para marcar la nueva era en tiempos de Jesús de Nazaret el día de descanso pasó a ser el domingo, reconocido igualmente como primer día de la semana. Curiosamente en los tiempos modernos, por razones de economía turística, se consideró el domingo como último día de la semana y se lo unió al sábado para invitarnos a ir de paseo… Pero el paseo alcanza a pocos trabajadores… Perversamente se levantó la costumbre del descanso dominical obligatorio con el fin de abrir los supermercados y otros negocios. Pero ¡ojo: El descanso incluye no sólo a las y los vendedores sino también a las y los compradores!

Digo ‘perversamente’ porque la justificación bíblica del descanso semanal tiene 2 motivos: Era un día “consagrado a Yavé”, el Dios del Pueblo de Moisés. El otro motivo es señalado por el texto bíblico en la introducción que se da a los 10 mandamientos: “Yo soy Yavé, tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud.” La finalidad de los 10 mandamientos era la negación de la esclavitud. Con el pasó de los siglos se transformó los 10 mandamientos en preceptos individualistas y espiritualistas, cuando originalmente eran el resumen de la Carta Magna del Pueblo de Moisés que buscaba proclamar que ya no eran esclavos ni se hacían esclavos unos de otros. Por reafirmar esta libertad frente a la esclavitud de Egipto dejaban de trabajar un día a la semana, varones y mujeres, niños y ancianos, extranjeros y hasta los animales. Veían en este propósito hacer recuerdo de la mano de Dios que los ayudó a lograr esta libertad.

El trabajo dominical es actualmente, además de los salarios de miseria, los grandes signos de la esclavitud y la desigualdad modernas. ¡Cómo han cambiado los hábitos en 3 milenios! Tal vez nos hayamos olvidado de que Dios es un Dios liberador de los esclavos y de las víctimas de las injusticias… porque la fe no es sólo creer en Dios, es sobre todo vivir como hermanos iguales y de manera equitativa. ¡Cuán lejos estamos del proyecto de Moisés, que es el proyecto de Dios y también el proyecto de Jesús! ¿De qué sirve que en nuestra Constitución estemos “invocando el nombre de Dios” si lo transformamos en el dios de los opresores, de la esclavitud y de la desigualdad?

Que el descanso dominical nos haga valorar nuestra dignidad, reconocer nuestros derechos, construir una fraternidad equitativa, desbancar ese maldito sistema neoliberal –“el Satán de la Tierra”- y ser varones y mujeres libres, libres para trabajar, descansar, conformar un país donde vivamos en paz y felicidad mayores. Que nos ayudemos a descubrir que nadie se salva sólo, sino juntos con los demás y con la naturaleza.