Crónicas de la cuarentena (17) alcahuetes

Lucrecia Maldonado|

Sabemos que los mal llamados medios de comunicación, sobre todo los oficiales, y por oposición a los alternativos y lo rescatable de las redes sociales que pretenden hacerles un poco de sombra y calor, son uno de los pilares en los cuales se sostienen los sistemas económicos y políticos. Sabemos que, por ende, no son lo que dicen ser, a saber:
* No son libres ni independientes. Con frecuencia son el brazo armado ideológico de determinadas tendencias, y aquí no importa cuál sea esa tendencia, lo que importa es que busca crear este soporte para sostenerse ante el gran público o lo que ellos mismos llaman la ‘opinión pública’.
* No son objetivos. Entre otras cosas, porque, hablando en términos de percepción humana, la objetividad total no existe. Y no está mal ser subjetivo. Lo que está mal es fingir objetividad para disfrazar la subjetividad. Una destreza que deben tener los comunicadores es la de diferenciar un hecho de una opinión; sin embargo, pocas veces la ejercen, y lo terrible es que pocas veces la ejercen de cara al público mostrando, maliciosamente, lo que ellos creen (o les obligan a creer) que pasó, como si hubiera pasado realmente.
* Jamás dicen TODA la verdad. Bueno, también, decir toda la verdad es imposible, es demasiado amplia. Pero, por otro lado, no es que seleccionan aquellas verdades útiles a la población, o aquellos segmentos de la verdad que podrían serlo. No. Recortan trocitos de verdades variopintas y con ellas arman un collage con frecuencia monstruoso que pretenden mostrar a la gente como verdad. Y con frecuencia como la verdad absoluta e inamovible.
* No están al servicio de la gente. No. Están al servicio de los intereses del poder. Es más, el poder los tiene prácticamente secuestrados, a veces, las más, con síndrome de Estocolmo y todo, otras veces con chantajes o prebendas. Y con frecuencia, cuando algún idealista opta por decir una verdad completa, pretende colocar la subjetividad y la objetividad en su sitio y expresar libremente la información que ha descubierto más allá de los intereses de los poderosos, es frecuente que lo proscriban de trabajar en cualquier medio ‘prestigioso’ (nadie sabe en qué se basa ese prestigio), o que algún rato amanezca cosido a tiros boca abajo en algún canal, cuando no en la puerta de su casa. O simplemente desapareciendo. Esto ha ocurrido, sobre todo en dictaduras y gobiernos represivos de cualquier signo.
* ‘Formadores de opinión’. Es un amable eufemismo con el que pretenden disfrazar aquello para lo que han sido cooptados: para meterle a la gente en la cabeza ideas que le servirán para sostener a aquellos a quienes en verdad sirven. Y con frecuencia es aquí donde muchos ‘comunicadores’ pierden el tino y la humildad, y se permiten algo que aquí en el Ecuador es muy frecuente: tratar mal a sus invitados cuando no cumplen el estándar requerido, o tratar mal a su audiencia, como ocurrió hace poco con una conocida presentadora de la televisión privada nacional.
Se podría abundar en otras cracterísticas y actitudes, pero esta crónica se convertiría en monografía, y no se trata de eso. Sin embargo, lo triste es que, por alguna extraña manipulación psicológica de seguro dictada por el gran Goebbels, la gente los cree, aquí en la tierra, como la virgen María le creyó al arcángel San Gabriel. Ellos mismos se han promocionado como los tenedores de la verdad absoluta, y otra cosa: nos han hecho creer que es necesario escucharles y creerles para cumplir con un estándar ineludible de la sociedad moderna: ‘estar infomados’. Pero informados con lo que al sistema le interesa, ignorando lo que al sistema le atemoriza, amando y odiando lo que los poderosos en la sombra quieren que se ame o se odie.
Últimamente, en Ecuador, y a partir del desastroso manejo de la crisis sanitaria en medio de la pandemia, los medios de comunicación, ahora unidos en un férreo y amoral cerco mediático, así como se unieron en contra del expresidente Correa, se han dedicado a ocultar los desaciertos gubernamentales, a dar la palabra y hacerles venias a los impresentables funcionarios que, por otro lado, durante tres años se han dedicado a mentir sin tregua. Solo que la realidad es tan descarnada e impresentable, que los medios internacionales que también colaboraban en el sostenimiento de su red de farsas y medias verdades ya se les comienzan a barajar, porque seguramente van a empezar a perder réditos y credibilidad si siguen defendiendo lo indefendible.
Este semi abandono de la prensa internacional, sin embargo, no encuentra todavía eco en la prensa nacional, obligada a sostener al peor gobierno de la historia hasta que los verdaderos mandantes de unos y otros recuperen los privilegios espurios de las clases dominantes que en la década anterior no es que desaparecieron, sino que disminuyeron o se ajustaron para contribuir a la creación de un estado de bienestar para la gente.
Triste cosa debe ser verse obligado a desempeñar el nada honroso papel de alcahuete de un poder usurpado, manejado desde la ambición desmedida, el servilismo y la estulticia. Más triste todavía mancillar voluntariamente una profesión que podría ser noble si se pusiera al servicio de la verdad y para el bienestar de la gente, pero que, como están las cosas, no sirve más que para sostener un sistema podrido, genocida e inmoral.