Crónicas de la cuarentena (6) para qué sirve un artista

Lucrecia Maldonado|

Una de las polémicas de estos días se produjo cuando el Ministro de Cultura, Juan Fernando Velasco, presentó un proyecto para que los músicos (los artistas, decía él, pero era obvio que cualquier otra manifestación artística iba a estar en desventaja) hicieran presentaciones desde su casa y recibirían una compensación económica por ello.
Las opiniones en seguida se dividieron, y hasta yo caí en el juego de tomar un partido, pero hubo comentarios que me hicieron revisar mis palabras expresadas en posts de facebook.
Porque sí, es verdad que el país atraviesa una situación muy complicada por la epidemia y también por la medida preventiva del encierro. Es verdad que, si hay un sector de la sociedad que necesita en este momento de un presupuesto que le permita solucionar las necesidades más acuciantes, ese es el sector de la salud. Y la propuesta de Velasco tuvo mucho repudio precisamente porque en un momento en el que se ve la desprotección de médicos, enfermeras y demás personal hospitalario ante el embate de la epidemia, él habla de destinar un fondo particular a quienes organicen presentaciones artísticas desde casa. Parecía descabellado desde todo punto de vista.
Sin embargo, y a continuación, fueron los artistas quienes hicieron escuchar su voz: ellos viven de presentaciones, de clases particulares, de cantar en bares o cafés… En este momento de cuarentena, es obvio que ganarse el sustento no les será fácil. Y muchos incluso tuvieron reacciones que bordeaban lo descomedido con mis comentarios. No importa, son tiempos en que la hipersensibilidad manda.
No es fácil resolver este conflicto. En algún trino de twitter, Velasco confronta a ese señor que le fue a dejar unas flores a la reina Isabel La Católica, y se lo contesta de un modo revelador: obviamente, para quienes se acogieran al proyecto, habrá un control de contenidos.
Ah.
Entonces comprendemos que, como en muchas otras acciones del actual oficialismo, no dan puntada sin dedal. Tienes que cantar, recitar o dramatizar algo que nos haga quedar bien, o por lo menos que no nos haga quedar mal (porque para eso se bastan ellos solos, ya se ha visto). ¿Y no son, entonces, los artistas contestatarios quienes más han sufrido incluso la pérdida de su vida por expresar verdades contundentes o críticas al sistema?
Ahora, en este hecho llaman mucho la atención algunos detalles: el primero, el soberano desprecio que una gran parte de la población manifiesta respecto de las labores intelectuales y artísticias, y de entre ellas, concretamente, la música, el canto. No se podría cuantificar cuántas veces ha aparecido en estos días la palabra ‘cantantes’ envuelta en un halo de mordacidad y desprecio para censurar la propuesta de Velasco. Y obviamente que no es así: las manifestaciones artísticas nacen del alma y regresan a ella en un viaje iluminador y diáfano, no importa si por el camino se dan una vuelta por el reino de las sombras.
Sin embargo, también hay otra realidad, y es que en los hosptales desprovistos de insumos y medios de protección y seguridad sanitaria, la gente está muriendo y los médicos y otros profesionales de la salud se están contagiando. Y en esta situación el gasto en salud se vuelve prioritario.
Pero entonces… ¿de qué van a vivir los artistas?
Quienes desempeñamos actividades cercanas al arte sabemos que difícilmente se vive de ello en tiempos normales. Casi todos los artistas tienen una actividad paralela para la supervivencia. Ahora, si las actividades están interrelacionadas, en situaciones como esta hay un problema.
Y el problema es que parte de los desamparados del neofascismo también son los artistas. No hay políticas públicas que se ocupen de ampararlos. No cuentan con seguridad social, salvo que trabajen en la docencia o en otra actividad laboral. Por lo tanto, no cuentan con jubilaciones ni con ninguna de las prestaciones médicas o de otro tipo. Y en sus respuestas a las críticas se nota ese dolor de sentir que su actividad no es valorada socialmente salvo en casos muy puntuales.
Sin embargo, los artistas no son los únicos expuestos a este tipo de desamparo en tiempos como estos. Hay mucha gente que vivie al día, de lo que cada día produce, y en este momento se ven abocados a no poder tener esa ganancia periódica que les orecía el hecho de poder salir a la calle. El problema no es ser artista o no, y la consiguiente valoración social. El problema es vivir en sociedades excluyentes, en donde las prioridades van de la mano de la ambición, de la ganancia monetaria por encima de todo, de la complacencia con los poderosos y de la religión que endiosa al capital por encima del ser humano.