Crónicas de la cuarentena (9) la luz al final de uno de los túneles

Lucrecia Maldonado|

Desperté con una idea que era una pregunta, o más: ¿y si todo es mentira? ¿si solamente están haciendo una prueba, a ver cuán fácil es encerrarnos para poder hacer de las suyas sin que nadie les estorbe? Incluso me tentó romper normas, saltarme los protocolos y salir a caminar por la calle a ver si realmente me pasaba algo… Pero siempre cabe la posibilidad de que sea cierto, y de que el virus esté ahí, acechando. Entonces decidí calmarme y tratar de olvidar ese segundo de locura y rebeldía.
Teletrabajé, con un poco de ansiedad, alternando con bajadas a la cocina a ver cómo estaba la familia. Y en realidad, las cosas estaban bien. Conversé con mi hija, con mi yerno. MI hijo decidió preparar una pizza para el almuerzo, y entre estas y las otras comentó que en medio de todo había logrado encontrar serenidad y calma. Le asusta que yo tenga que salir, que me pueda contagiar.
A mí, anoche me dio conjuntivitis, tal vez por maquillarme para el programa de radio, entonces decidí comprar un colirio y otros medicamentos que hacían falta… llamé a una farmacia en donde ni siquiera contestaban porque daba ocupado todo el tiempo. Llamé a otra y me tocó después de veinte llamadas, pero al fin contestaron, y no solamente eso, sino que, aunque habían ofrecido traer mañana las medicinas, apenas se demoraron un par de horas.
Más tarde escuché la entrevista a David Chavez que he compartido un poco más abajo, y eso volvió a deprimirme: pensar que estamos gobernados por una gavilla de delincuentes que si algo hace bien es odiar al pueblo y odiar a quienes supieron gobernar mejor que ellos. Arreglé algo más de la casa… estaba jugando con mi nieta, y entonces recordé que había el concierto de Pedro Aznar por Facebook y me conecté…
Y aquí estoy, con un nundo en la garganta, escuchándolo cantar “Quebrado” a capella y recitar a Neruda. Escuchándolo decir que nos unamos en contra de la maldad. Escuchándolo decir que si bien esto no es lo que esperábamos de la era de Acuario ni del futuro, es lo que tenemos, y que la luz de nuestro corazón será más grande si todos los que podemos encenderla la compartimos.
Aquí estoy, sabiendo que aunque seamos él y yo, y dos que tres más, urge que encendamos esa luz interior, y mientras él se emociona al terminar, también yo me emociono más aún al escucharlo, y recuerdo las palabras de Amaru ante las latas que su padre había preparado saliendo del horno, y su alegría en medio del encierro:
-¡Estoy emocionado por comerme la pizza que hizo mi papi, Mamilú!