Descifrando el voto de los quiteños

Santiago Pérez|Sociedad|

En las pasadas elecciones seccionales, con un poco más de 296.000 votos, Jorge Yunda fue electo alcalde de Quito. Tuvo más de 40.000 votos de ventaja sobre la segunda, la candidata de la Revolución Ciudadana Luisa Maldonado. El candidato para prefecto de la lista de Yunda obtuvo en Quito unos 140.000 votos, casi la mitad de su compañero. La prefecta de la Revolución Ciudadana Paola Pabón tuvo en Quito 26.000 votos más que Luisa Maldonado y resultó electa. Paco Moncayo y Juan Zapata, los candidatos de la ID sacaron una votación muy parecida en Quito, y se quedaron atrás pese a ser los favoritos. César Montúfar obtuvo el cuarto lugar y en algunos sectores tuvo bastante apoyo.

Un análisis del voto parroquial de Quito nos permite descubrir una nueva realidad de la capital. Las parroquias urbanas del sur junto a Calderón y Cotocollao le dan la ventaja a Yunda sobre Maldonado. En cambio, se aprecia que César Montúfar le perjudicó a Paco Moncayo, obteniendo excelente votación en las parroquias del centro norte como Kennedy, Iñaquito y Jipijapa. Maldonado le ganó a Yunda en 13 parroquias: en las del centro norte de clase media, en otras más populares como Comité del Pueblo y en algunas rurales de poca población como Pacto, Nanegal y Nanegalito.

La Ecuatoriana, Chillogallo, Guamaní, Turubamba, Quitumbe son parroquias del sur de Quito que empujaron para que Jorge Yunda sea alcalde. Mientras que si fuera por Jipijapa, Cumbayá, Iñaquito o Rumipamba, el alcalde fuera César Montúfar. El voto en estas parroquias revela algunos hechos interesantes que valen la pena analizar.

Se ha hablado del voto correísta y de cómo este voto se fue, en parte para Luisa Maldonado y en parte para Jorge Yunda.  Y que el voto anticorreísta se dividió entre Paco Moncayo, César Montúfar, Juan Carlos Holguín, Juan Carlos Solines y Paola Vintimilla. Si así fuera, serían unos 550.000 contra 690.000 votos. Pero hay más, mucho más que descifrar en torno al voto de Quito y sus consecuencias políticas.

En el voto de los quiteños está operando la desigualdad, de manera que los votantes se miran con distancia. En las encuestas que se realizaron antes de las elecciones, llamaba la atención el alto porcentaje de indecisos. Las personas que no manifestaban una decisión, lo hacían por el temor a expresar algo que se había instaurado como una verdad en los medios de comunicación, como resultado de la divulgación de los sondeos: era casi inminente que Paco Moncayo gane la alcaldía de Quito y Juan Zapata la prefectura de Pichincha. Frente a esto, y a la identificación del encuestador como un representante de esa verdad instaurada, el elector común se quedaba en la respuesta de la indecisión.

En los estudios de opinión se aplican algunas herramientas más complejas, por ejemplo el análisis multivariado.  Con esto hemos llegado a establecer cómo el universo ciudadano se divide en varios campos según la afinidad de sus opiniones y la intensidad de sus manifestaciones. Hay un grupo de la sociedad que está conforme con las cosas como están, son cada vez menos porque la mala gestión del gobierno ha dañado el estado de ánimo y representan menos del 20% del electorado quiteño. El segundo es un grupo inconforme con la situación actual, pero no politizado porque no tiene intención de protestar ni se siente representado por alguna organización, son casi el 40%. Un tercer grupo está abiertamente en contra y se siente inclinado a salir a las calles a exteriorizar su malestar contra del estado actual de cosas, son cerca del 30%. Finalmente, hay un grupo muy difuso que se encuentra en todos los estratos sociales y que está tan lejos de la política que no se puede predecir cómo votará; son personas que no responden, que se mantienen indecisas hasta el final y comprenden casi el 10% de los electores. Estos grupos se inclinan en mayor o menor grado hacia los diferentes candidatos. O dicho de otra manera: el voto de los candidatos no está conformado por los votantes de un solo grupo, aunque sus posiciones políticas, el discurso y sus orígenes, les conectan con mayor o menor afinidad con cada uno de los grupos.

Jorge Yunda basó su campaña en conciertos de música, lo que ocasionó un sentido de identificación con los sectores populares. Dichos conciertos se constituyeron en mecanismos de diferenciación del resto de las campañas y de lo que representaron: su filiación al mundo político formal. El voto de Yunda no es correísta, pero su fundamento es similar al del voto de los candidatos de la Revolución Ciudadana: el rechazo a la exclusión. Un punto central es que las manifestaciones políticas se expresan en el plano de la cultura, entendida como el conjunto de nociones compartidas y sus representaciones, que ocasionan que la gente tenga diferentes marcos de comprensión sobre las experiencias de la vida. No es lo mismo un concierto de música popular para un profesional de clase media alta de Cumbayá que para un trabajador informal de Chillogallo, la música les suena distinto. Las significaciones políticas y las formas de enunciar opiniones y pensamientos políticos también son diferentes. El tratamiento que dio el mundo de la política formal a la candidatura de Jorge Yunda fue eso: a la desigualdad de clase y etnia, se agregó el estigma por ser radiodifusor y cantante. Y la exclusión trajo el ocultamiento.

La exclusión de Jorge Yunda fue social. La vimos en los memes de las redes sociales y la sentimos en las conversaciones: desprecio, repugnancia. La de Luisa Maldonado fue política. Su organización política estuvo vetada, su participación se dio a pesar de un increíble cerco mediático y la construcción maniquea de que todo lo relacionado con Rafael Correa es corrupción y dictadura. Ambos candidatos simbolizan dos formas de discriminación y cada caso adquiere sus propias características. El voto de Yunda y Maldonado puede ser, entonces, visto desde esta óptica y su presencia -mayor o menor- en las parroquias de Quito nos muestra mucho de lo que ocurre en el corazón de la sociedad quiteña.

La prefecta de la Revolución Ciudadana Paola Pabón empezó ubicándose en la orilla de la que proviene.  Apeló en su discurso inaugural a su base política de apoyo, a los que sienten que el actual gobierno ha traicionado sus postulados originales, a los inconformes y los descontentos, dispuestos a salir a rechazar las medidas económicas y las políticas laborales del FMI.

En el arranque de su gestión, Jorge Yunda ha hecho esfuerzos por acercarse al Quito de las élites, con la conformación de su equipo de trabajo, con su mensaje animalista y ambientalista. Ya se terminaron los conciertos y los bailes. Sagazmente sabe que al inicio le toca gobernar con los grupos de poder y los medios de comunicación privados. Estos sectores esperan que las calles y plazas no tengan caca de perro, ver planes de ordenamiento territorial y que el nuevo alcalde no se acerque a los detestables correístas. Pero tarde o temprano Yunda volverá a su base social, porque de allí emana su mandato y las élites quiteñas son egoístas y traicioneras… sino pregúntenle a Rodas.