30 diciembre,2018

Izquierda y dinero: entre el utopismo conservador y el pragmatismo anti-político

José Antonio Figueroa

En los últimos años la confrontación liderada por la derecha contra los gobiernos reguladores exhala un tufillo moral vinculado a una imagen que se ha creado sobre los militantes y líderes de la izquierda. No extrañan las fotografías y las notas de prensa acentuando la marca de reloj o de los zapatos que utilice cualquier líder de la izquierda, el tipo de bebida que prefiera o los sitios donde vive o aspiraría vivir, con el sólo objetivo de descalificarlos como actores políticos y sindicarlos de corruptos.

En el sentido común circulan una serie de dichos que resumen los estereotipos más reaccionarios sobre la relación de la izquierda con el mundo material y especialmente con el dinero. Recientemente oímos de parte del filósofo cuántico del Ecuador, la afirmación de que su gobierno produce con la derecha y distribuye con la izquierda, buscando hacer creer que únicamente la derecha (y el mundo privado) es productor a pesar de que el siglo XX mostró como el socialismo real fue capaz de sacar del retraso feudal a países como la Unión Soviética o la China y colocarlos como potencias económicas.  

De hecho, la imagen del militante de izquierda como un santón, proclive al sacrificio y alejado del deseo material ha funcionado como una coartada que permite conseguir el apoyo de la opinión publica en el momento en que la derecha decide castigar a los izquierdistas si su actuación rompe con ese estereotipo: hace poco, la extrema derecha colombiana hizo circular un video donde aparece Gustavo Petro contando dinero, lo cual ¡ya de por sí lo condena moralmente!!; si nos atenemos a lo sucedido en los últimos años con los líderes de la izquierda continental, podemos presagiar que ese video marca la ruta para su eliminación política de la esfera nacional; está muy reciente la sentencia a prisión a Luis Ignacio Lula da Silva por un no demostrado beneficio de un apartamento a cambio de favores, mientras Odebrecht y Michel Temer, corruptos y corruptores reconocidos, han pasado incólumes el filtro de una justicia politizada.

En un contexto de dominación neoliberal en el que las distancias económicas entre ricos y pobres han crecido tanto que han puesto al planeta en los niveles del siglo XIX, es curioso que la derecha se haya dedicado a acusar de corrupción a los gobiernos de izquierda, a través de sus monopolios de comunicación. Una de las funciones de la imagen de corrupción que han creado sobre la administración de la cosa pública por parte de la izquierda es la de naturalizar la circulación y el acceso restringido a la riqueza. Los países latinoamericanos están llenos de expresiones culturales que enuncian la sanción negativa de la circulación monetaria entre sectores populares, y reflejan la naturalización de la circulación de la riqueza entre las elites. Expresiones como nuevo rico, longo alzado o igualado, que condenan moralmente a los sectores emergentes y que fueron especialmente utilizadas en contra de los funcionarios públicos en el contexto de los gobiernos progresistas, señala la profundidad de la naturaleza restrictiva de la circulación monetaria en nuestros países. En uno de sus textos, Alfonso López Michelsen, uno de los representantes más conspicuos de las elites colombianas, decía que la violencia colombiana se debía al aparecimiento de nuevos ricos que habían llegado con hábitos delincuenciales como resultado de la irrigación del narcotráfico en Colombia. Con esta teoría compartida por muchos de sus congéneres de clase y sin ninguna base histórica, López inventa un supuesto momento de armonía social cuando las elites colombianas ocupaban su lugar natural y los sectores populares no habían sido contaminados por el deseo de la riqueza. De este modo López formulaba la convicción compartida entre las elites latinoamericanas de que la circulación monetaria debe tener un carácter restringido. 

Si algo debe evaluar la izquierda del tiempo que estuvo en los gobiernos -antes de la irrupción del fascismo actual- es el hecho de haber administrado estados en plena vigencia del neoliberalismo, en el que el dinero y el capital, mediados por el mercado, ocupan el lugar central de la vida social. La necesidad de reflexionar sobre las relaciones entre izquierda, capital y dinero, es evidente si se toma en cuenta que la oposición de derechas y de izquierdas, así como el ascenso del fascismo, se fundamentó en una campaña sistemática encaminada a crear el sentido común de que la gestión de la izquierda y el manejo corrupto del dinero público son equivalentes. La efectividad de esta campaña es tan grande que el lugar que habían ocupado los gobiernos de izquierda fue sustituido por un vacío ético, llenado actualmente por el fundamentalismo religioso y cultural que caracterizan al fascismo contemporáneo y legitiman nuevamente la privatización de la vida.

La izquierda adolece de una reflexión sobre el capital, el dinero y la administración de la cosa pública y es necesario evaluar la experiencia que se dio en la coyuntura neoliberal de los gobiernos progresistas.

Repasando el caso del Ecuador, de modo tentativo se podría decir que en relación a la administración de la cosa pública en un contexto neoliberal, dentro de la izquierda hubo dos tendencias claramente opuestas y que representan grandes desafíos para un pensamiento y una práctica críticas: por un lado, una tendencia utopista, conformada por aquellos que expresan un rechazo moral hacia el capital y hacia el dinero, y que se caracterizaron por haber hecho una oposición a los intentos reguladores, basados en un conservadurismo esencialista, incapaz incluso de plantearse la posibilidad de la administración pública de la riqueza. Paradójicamente, sus portavoces actuaron como conspiradores de profesión, que no pronunciaron ninguna idea positiva en torno a la administración del estado y sus opiniones fueron formuladas desde lugares estables a partir de los que crearon y recrearon sus discursos anti-sistema: profesores universitarios utopistas y corporativistas que viven de hablar en contra de la universidad y de las disciplinas, intelectuales que fabrican lugares ideales en el campo, en los sindicatos o en los movimientos sociales con los cuales tienen relaciones efímeras; también están los dirigentes indígenas, campesinos o sindicales que tienen una estrecha relación con los discursos utopistas y esencialistas que se crean y recrean sobre ellos; así como los directores de ONGs nacionales o internacionales y sectores vinculados a iglesias y movimientos sociales, que viven de la cada vez más menguada circulación monetaria internacional que alguna vez fue destinada a causas humanitarias.

El otro sector de la izquierda lo conformó ese grupo que se profesionalizó en el ejercicio administrativo y apostó por una ampliación de la circulación monetaria pero lo hizo sin discurso político y sin una proyección transformadora que fuera más allá de la importante pero insuficiente ampliación del acceso a la riqueza. La falta de discusión política hizo que estos grupos  pragmatistas empezaran a crear relaciones mediadas por el clientelismo y el faccionalismo generados en torno a liderazgos que se tornaron en incapaces de forjar una perspectiva de sentido universal que disputara la hegemonía neoliberal. La izquierda en el poder fue incompetente para diferenciar entre los cuadros dedicados al ejercicio administrativo y aquellos que hubieran podido consagrarse a la educación política, lo cual debilitó a la propia política y reforzó la existencia de grupos que se disputaban el poder como un acceso a cuotas basadas en liderazgos espurios.

Abrir un debate sobre las relaciones entre la izquierda, el dinero y la administración de la cosa pública pude ofrecer pistas importantes para el diseño de una cultura contra hegemónica que cuestione las premisas de la supremacía de la derecha: puede ayudar a desmontar el proceso de naturalización del acceso a la riqueza basado en la premisa falsa de que el capital se ha creado por el esfuerzo de los grupos privados que conforman las elites; ayudaría a demoler la creencia impuesta por el neoliberalismo de que la corrupción es inherente a la esfera pública y es irrelevante en las relaciones entre privados y empujaría a disputar el sentido de que la izquierda, al estar alejada de los intereses materiales, del dinero y de la riqueza cualquier acción que haga en ese campo sea o se considere sospechosa.