La “Europa fragmentada” y sus efectos en el desorden mundial

Juan Fernando Terán|

¿Qué pasó en las elecciones europeas? Con respecto al total de votantes habilitados en 2014, la participación ciudadana aumentó del 43% al 51%, un incremento que políticos y académicos han interpretado como un rechazo activo al status quo.

La derecha con su “Partido del Pueblo Europeo” (EPP) obtuvo 179 escaños y logró así el bloque mayoritario. Le siguió la “Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas” (S&D) con 153 parlamentarios y la “Alianza de Liberales y Demócratas por Europa” (ALDE) con 105 escaños. En total, estos tres partidos controlan el 58% de los votos parlamentarios.

“Por primera vez en 40 años, los dos partidos tradicionales, los socialistas y los conservadores, no tendrán la mayoría,” dijo Gyt Verhofstadt, líder de ALDE a la BBC y añadió que “existirá un nuevo balance de poder en el parlamento europeo”.

En los países con mayor peso económico y político, los resultados fueron sorprendentes. En Alemania, la Democracia Cristiana y la Unión Social Demócrata obtuvieron menos votos que en ocasiones anteriores; sin embargo, los verdes se convirtieron en la segunda fuerza electoral con el 21% de los votos.

En el Reino Unido, los partidos conservador y laborista cedieron posiciones frente a los “demócrata liberales” y el Partido Pro-Brexit obtuvo el mayor número de escaños, 29 europarlamentarios, una victoria para un movimiento de reciente constitución.

En Francia, la “Agrupación Nacional”, la extrema derecha comandada por Marine Le Pen, conquistó más votos que “La República en Marcha”, el partido del Presidente Emmanuel Macron. En España, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) logró imponerse sobre VOX, otra agrupación de extrema derecha que pretende ser “la voz de millones”.

En Italia, la “Liga” del Primer Matteo Salvini conquistó el 34% de los votos y logró 28 parlamentarios, un bloque al cual se podrían sumar 14 congresistas del Movimiento 5 Estrellas. La derecha xenófoba tendrá así mayoría en la representación italiana.

En resumen, las agrupaciones ultra-conservadoras, euroescépticas, nacionalistas, xenófobas o racistas ganaron espacios sustanciales en el Parlamento Europeo.

El escepticismo minará al Euro y facilitará el bullying estadounidense

El Europarlamento está notoriamente fragmentado y eso generará procesos que debilitarán a la Comunidad desde dentro y fuera.

Si bien la derecha euroescéptica no logró conquistar la mayoría absoluta, su presencia hará que las negociaciones extracomunitarias se vuelvan más complicadas porque, en última instancia, a aquella no le interesa mirar más allá de sus reductos nacionales. Por eso, muy probablemente, la Unión Europea no mantendrá posiciones negociadoras estables.

En sus tratos con Estados Unidos, por ejemplo, la fragmentación parlamentaria le impedirá a la Comunidad alcanzar acuerdos a corto plazo. Ante la ausencia de aquellos contundentes y rápidos resultados que Donald Trump necesita para reelegirse, el gobierno estadounidense recurrirá con más frecuencia e intensidad al incremento de aranceles como instrumento de chantaje para “ablandar” a sus competidores.

Este “bullying económico” impactará en los sectores primario y secundario europeos. Desde tiempo atrás, Estados Unidos ha presionado por introducir sus productos agrícolas pero no ha conseguido hacerlo (como quisiera) porque la Comunidad sí tiene un acervo de normas para la importación de bienes agrícolas que operan como barreras técnicas en contra de productos asociados con tóxicos y organismos genéticamente modificados.

Por otra parte, en el nuevo Europarlamento, los “costos de negociación” con la minorías de la extrema derecha serán altos y las políticas para preservar el valor del Euro no serán fáciles de conseguir. En ese contexto, cualquier depreciación coyuntural de la moneda común será interpretada por Trump como un ataque a la hegemonía del dólar, una circunstancia que atizará aún más su propensión a las sanciones económicas.

El panorama aparece sombrío y sí lo es. El presidente estadounidense parecería apreciar a la Unión Europea como un estorbo. Desde su lógica de negociación “dura”, este bloque económico será respetable si acepta aquello que su capricho demande.

A manera de un efecto colateral generado desde lejos, la guerra comercial contra China aumentará también la presión estadounidense. En momentos en los cuales los granjeros ya están experimentan la caída de sus exportaciones, Trump no tendrá otra opción que imponer más aranceles a las manufacturas europeas para maquillar así, ante una fracción de sus potenciales electores, el problema que él mismo recrea constantemente.

Esta alternativa será ineficiente e ineficaz pues la Política Agrícola Común (PAC) no permite cualquier tipo de resultado en una negociación comercial. Y la razón es simple pues, como puede apreciarse en las históricas movilizaciones de los agricultores franceses, la estabilidad política europea depende de no traspasar ciertas líneas rojas en agricultura.

Por otra parte, el triunfo de la derecha italiana podría empeorar aún más la prospectiva económica comunitaria si Salvini rompe efectivamente con la relativa rigidez fiscal que la defensa de una moneda común podría imponerle. La eventual contratación de mayor deuda externa italiana no solo que creará otro factor favorable al debilitamiento del Euro sino que podría incrementar también los riesgos para el sistema financiero comunitario.

Sobra decir que si el Euro pierde valor a largo plazo, el dólar tenderá a apreciarse, un resultado que perjudicará a las exportaciones ecuatorianas. Esta es la consecuencia indirecta de un ajedrez geoeconómico en el cual las agrupaciones políticas interesadas en mantener la unión monetaria han perdido fichas debido al avance de los euroescépticos.

Las utopías de la derecha definirán el costo de lograr mayorías

La actual composición del Europarlamento no contribuirá a la paz mundial. Cuando los intereses empresariales están en juego, la Unión Europea tiene comportamientos geopolíticos subordinados a las estrategias estadounidenses. Cuando esa subordinación no acontece o se relaja, los países comunitarios efectivizan tácticas contradictorias e inconsistentes entre sí. En África, por ejemplo, Francia e Italia han desplegado estrategias geopolíticas en las cuales sus melancolías imperiales les conducen por caminos diferentes.

El control de los recursos naturales es importante pero no lo es todo. Por eso, en lugar de buscar algún esbozo de orden (aunque sea neocolonial) favorable para sus empresas, los países comunitarios contribuyen al caos en Angola, Argelia, Libia y otras comarcas donde el Comando de África de Estados Unidos (Usafricom) tampoco ha tenido una incidencia muy “ordenadora” que se diga.

A los grupos de interés económicos les apetece siempre incrementar sus ganancias a corto plazo. Ese apetito les obligará a las agrupaciones tradicionales a hacer concesiones a los parlamentarios euroescépticos, nacionalistas, xenófobos y racistas. Si no lo hacen, aquellas no podrán conseguir respaldos “momentáneos y parciales” para la aprobación de sus propuestas macroeconómicas.

La Unión Europea subsistirá pero a cambio de mantener ignominias a la dignidad humana como son los “centros de detención” (léase “campos de concentración”) utilizados para mantener a los migrantes en el África o para detenerlos apenas pisan el viejo continente.

“Solo en la isla de Lesbos, el campamento oficial obliga a 8,000 personas a vivir en tiendas y contenedores o a dormir al descubierto,” denunció Oxfam y destacó que semejante centro solo tiene un doctor y “carece de los servicios más básicos como agua potable”.

Según el Global Detention Observatory, centenares de estas prisiones están aún operando y reforzando otros dispositivos de contención. Entre estos, se encuentran 15 vallas fronterizas al “estilo Trump” que tienen una extensión total cercana a 1,000 kilómetros y que dificultan el movimiento de los migrantes al interior de Europa continental.

¡Imagine lo que depara el futuro!… Y hágalo considerando que semejantes muestras de civilidad europea sucedieron cuando el Parlamento Comunitario no albergaba todavía a tantos personajes “estrafalarios” como Viktor Orbán, un candidato cuya fórmula de victoria fue el ataque a los migrantes en Hungría, un país absurdo donde el 80% de la población detesta a los foráneos aunque apenas el 1,5% de sus habitantes son migrantes.