La guerra contra los migrantes: el dispositivo mexicano

Juan Fernando Terán|

JLos griegos no inventaron ni perfeccionaron la noción de tragedia. Para nada. “La Chingada” es más poderosa que todos los dioses de la imaginación europea. Cuando a ella se le antoja algo, las monedas, plegarias, ofrendas o promesas no bastan para mermar su arbitrario capricho en lo más mínimo. Si ella te quiere llevar, lo hará… sin importar si eres bueno o malo, pobre o rico, blanco o indio, hombre o mujer. Nadie escapa de “La Chingada”, un personaje simbólico cuyos misterios resistieron al análisis de Octavio Paz, Roger Bartra u otros intelectuales.

Después de vivir en México y sucumbir ante su hermosa cultura, siento preocupación y tristeza por lo que está sucediendo y sus eventuales consecuencias. ¡¡Le llevó la Chingada!! es la única expresión que corresponde a la injusticia de los acontecimientos aunque parezca altisonante.

El 22 de julio de 2019 venció el plazo del “Acuerdo de Washington” que los gobiernos de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador alcanzaron para evitar que Estados Unidos imponga aranceles a los productos de exportación mexicanos. Si bien aquellos nunca publicaron detalles de ese entendimiento, se conoce que México se comprometió a una reducción sustantiva y comprobable del número de migrantes que logran llegar a la frontera sur de Estados Unidos para ingresar sin autorización o solicitar asilo humanitario.

Si no sucede así, México deberá convertirse en un “tercer país seguro”, es decir, en un territorio hacia el cual Estados Unidos enviará a latinoamericanos, africanos o asiáticos para que permanezcan allí (esperando durante meses o años) mientras las autoridades estadounidenses analizan sus solicitudes migratorias.

A principios de junio, para reducir los flujos de migrantes hacia el norte, el presidente López Obrador propuso un “plan de desarrollo integral” para Centroamérica. Según este, México, Estados Unidos y otros países europeos deberían comprometerse a incrementar las inversiones productivas, financiar iniciativas de reforestación, favorecer la producción agrícola o generar empleos para trabajadores no calificados en Honduras, El Salvador y Guatemala.

Ciertamente, esta propuesta calmó las preocupaciones de los defensores de los derechos humanos en momentos en los cuales la Guardia Nacional mexicana comenzaba a “disuadir” a las personas de continuar su peregrinaje hacia Estados Unidos, una disuasión que implicó mayor represión y discriminación hacia los migrantes. Lamentablemente, aquella propuesta es un placebo y López Obrador tendrá que padecer el inicio de un proceso de “contención” militar a los migrantes.  

Su iniciativa no funcionará. En primer lugar, apreciada desde la racionalidad instrumental del Estado de Estados Unidos, cualquier inversión para contener a los migrantes será económica y políticamente más eficaz y eficiente si sucede en su propio territorio. Destinar USD 4.200 millones para el desarrollo centroamericano es un absurdo para una potencia decadente que necesita fabricar armas, contratar guardias, construir muros o mantener cárceles para incentivar así su economía y proporcionar la sensación de seguridad a sus ciudadanos.

Incluso si semejante altruismo financiero pudiese realizarse, ¿qué actividades productivas podrían fomentarse en los países centroamericanos? Los políticos prefieren olvidar que la crisis migratoria es el resultado de décadas de liberalización comercial que han destruido las formas de producción tradicionales en todos los países mesoamericanos. ¿Qué industrias quieren crear si ni siquiera las maquilas lograron sobrevivir al acuerdo de libre comercio con Estados Unidos? En El Salvador, Honduras o Guatemala, ¿qué actividades agrícolas quieren incentivar?

En el discurso político, donde la generación de “esperanzas” es la moneda con la cual los ilusos pretenden sobornar a La Chingada, las precisiones se evaden. Públicamente, a los gobernantes de los países involucrados en la gestión de la migración hacia Estados Unidos, no les conviene mencionar que los bosques, la agricultura y la artesanía centroamericanas han sido devastadas por la implantación de “emprendimientos” de exportación.

Tampoco les conviene recordar que México debería ser el primer país en beneficiarse de esos USD 4.200 millones porque requiere generar empleos para campesinos no calificados que ya no pueden cultivar sus tierras porque su país es el mayor importador latinoamericano de alimentos estadounidenses y su clase política cedió el control de las áreas rurales al narcotráfico. ¿En dónde deberán los campesinos mexicanos tramitar sus solicitudes de asilo? ¿En Canadá? ¡Absurdo!

Para quienes controlan el poder en Estados Unidos, México y Centroamérica, la represión es y será más barata que la prevención. Desde su lógica geopolítica, la opción más fácil de implementar es la configuración de un sistema de “esclusas” para ir deteniendo escalonadamente a los migrantes no deseados en las fronteras latinoamericanas durante su periplo hacia el norte.

A ese efecto, con o sin declaratoria explicita de “tercer país seguro”, México  y Guatemala, tarde o temprano, emularán la experiencia europea en la creación de cárceles para migrantes y las bautizarán como “centros de acogida”, “áreas de recepción temporal” u otros eufemismos similares para connotar la idea de que esos países “protegen” a los buscadores de asilo.

Si Estados Unidos tiene éxito en chantajear a sus vecinos para que asuman la protección de su “seguridad nacional” desde el exterior, los centroamericanos no alcanzarán a llegar al Rio Bravo y se quedarán atrapados en países que no les ofrecen opciones de vida decentes. Si no se soluciona la actual destrucción de las actividades económicas que suelen generar empleo para trabajadores no calificados, la inestabilidad política volverá a cundir en Centroamérica y acompañará el ocaso del imperio estadounidense en la próxima década.

En este contexto de tristezas queda un vestigio de sonrisas: la Chingada se llevará también a los supremacistas blancos, xenófobos, misóginos y sexistas.

Les guste o no, durante la segunda mitad de este siglo, Estados Unidos se convertirá en el segundo país con mayor cantidad de hispanoparlantes en el mundo. De hecho, en este mismo instante, el español ya es el idioma extranjero que los estadounidenses más hablan y más quieren aprender.

La Chingada sabe lo que hace.