La guerra de baja intensidad contra el pueblo de Venezuela

Luis Varese|

El 15 de diciembre de 2017, en ALAI me publicaron un artículo llamado El Destino Manifiesto de Donald Trump en él decía:¿Está convencido Donald Trump de ser esa bestia apocalíptica del Evangelio de San Juan? Sí, está convencido, es lo que quiere, busca y le gusta jugar ese rol demoniaco que le ha asignado la historia, el pésimo y antidemocrático sistema electoral estadounidense y los enormes poderes que detrás de él transitan. Párrafos más abajo escribí: “Venezuela aparece como el próximo objetivo de la guerra de baja intensidad o incluso de invasión.”

Efectivamente y por desgracia Trump un año y medio después se ha reafirmado en ese papel que disfruta, cual Nerón decadente dispuesto a incendiar Roma, o mejor dicho al Mundo. Para ello ha escogido a un equipo delincuencial donde se destacan Mike Pompeo, John Bolton, Mike Pence, la laureada torturadora  jefa de la CIA Gina Haspel y el inefable y tristemente recordado Elliott Abrams, Enviado Especial, para Venezuela. Este señor, diplomado en Harvard estuvo nada menos que involucrado en el escándalo Irán-Contras, contraviniendo la decisión del Senado de los EE.UU., por lo que fue condenado y luego indultado por George W. Bush. (Para los más nuevos, este escándalo tuvo que ver con la prohibida venta de armas a Irán, para financiar acciones terroristas contra el gobierno Sandinista, y además con la venta de drogas en los EEUU, en barrios de negros, para los mismos fines y de paso difundir el crack y atacar a la población afrodescendiente. Tuvo un importante socio en el entonces coronel Oliver North, hoy radiodifusor evangélico, de la supremacía blanca).

Volviendo a Venezuela, más declarada no puede estar esa guerra de baja intensidad y se llama así porque se diferencia de otra forma de guerra, porque los combates no son frontales, sino una serie de atentados y actos de terrorismo contra los servicios ciudadanos, contra los dirigentes populares o del gobierno, contra los recursos del pueblo. Es una guerra sucia de desgaste cuyo objetivo es llevar al hartazgo a la población. Causa sufrimiento, dolor y exasperación a todos los ciudadanos y ciudadanas. Solamente el pueblo organizado y un fuerte trabajo de inteligencia popular pueden llevar a la derrota de esta fórmula abyecta en la que se ha especializado la CIA y que encabeza Abrams. Como no cuenta con una fuerza insurgente interna, la CIA y la inteligencia colombiana, han reclutado mercenarios y paramilitares colombianos que van a infiltrar o ya han infiltrado en territorio venezolano. Las sucesivas derrotas políticas de Guaidó, donde solamente algunos cómplices genuflexos, continúan reconociéndolo como presidente interino, siguiendo un guión que no manejan, y donde España y Alemania han hecho un papelón descomunal, buscan encontrar en la acción terrorista una salida armada contra el legítimo y Constitucional gobierno de Nicolás Maduro.

Abrams merece unas líneas aparte, no porque sea el peor entre los malos, sino porque tiene un prontuario especializado y operativo en América Latina, capítulo América Central. Durante su gestión entre los años 80 al 90 como se menciona arriba, financió con el apoyo de los cárteles colombianos y mexicanos, el apoyo a la Contra. Desarrolló e impulsó las peores atrocidades entre la población civil y sin ninguna duda tiene en su conciencia (si la tiene) el asesinato de Monseñor Romero y de los 6 sacerdotes Jesuitas de la Universidad Centroamérica, junto con sus socios de ARENA, el asesinato de miles de civiles salvadoreños nicaragüenses y guatemaltecos, además de financiar y organizar específicos escuadrones de la muerte en Guatemala. Fue el eficiente enlace entre los militares argentinos criminales del Plan Cóndor y además contribuyó con la presencia de los militares israelíes que asesoraron a las fuerzas represivas de la época. Es decir el señor Trump ha elegido bien a su enviado especial para Venezuela. Con esa hoja de vida y doctorado en el crimen, ha encontrado sin embargo la horma de su zapato en la respuesta política del PSUV y de Nicolás Maduro, que sigue siendo de una eficiencia asombrosa y corajuda.

Nos encontramos ante una ofensiva que tiene antecedentes solamente contra Cuba, Nicaragua y en Centroamérica hace treinta años. Estamos fuera del marco de la guerra fría, donde había una confrontación entre dos sistemas económicos. Hoy nos encontramos en una confrontación intercapitalista donde Rusia y China juegan un papel determinante y donde la crisis no solamente económica y financiera del capitalismo “de occidente”, sino su crisis de identidad ideológica, los lleva a posiciones radicales peligrosas, muy peligrosas para sus propios pueblos y democracias.

No habrá un desenlace pronto ni mucho menos, en el sentido que lo esperan los EE.UU. o los retrógrados subordinados de la Unión Europea o el desprestigiado Grupo (Cártel) de Lima. La fuerza demostrada por los pueblos y sus conducciones en Cuba, Venezuela y Nicaragua (y seguramente pronto Bolivia, próximo objetivo) inspiran también a los otros pueblos latinoamericanos desde México, con un Presidente cada vez más consolidado, hasta la Argentina donde la elecciones auguran una sorpresa positiva para el movimiento popular. No queremos la violencia, queremos seguir siendo un Continente de Paz. Es indispensable la acción firme de la Naciones Unidas, del Consejo de Seguridad, y, sobre todo, toda la solidaridad con Cuba, Venezuela, y Nicaragua. Solidaridad concreta y eficiente que se sienta que los pueblos hermanos de la Patria Grande estamos por la Paz en nuestro Continente. Lo que podemos y debemos oponer es la fuerza organizada de nuestros pueblos en las calles y plazas y junto con nosotros convocar a los jóvenes y viejos estadounidenses y europeos a sumarse a la lucha antifascista, democrática, por la prevalencia de los Estados de Derecho y las conquistas populares que tanto sacrificio y lucha costaron a la humanidad y que hoy gracias a esa codicia desmedida quieren destruir de un solo plumazo delincuencial.