Por Maria del Carmen Villareal y Fabricio Pereira

Publicamos “Intelecto social colectivo, resistencia transformadora y ucronía”, una entrevista con el investigador ecuatoriano René Ramírez Gallegos.

Eres un intelectual latinoamericano internacionalmente reconocido y has sido ministro/secretario del Gobierno de Ecuador. Nos gustaría que empezaras contándonos un poco de tu trayectoria intelectual y personal, así como de tu experiencia de actuación en el Estado.

La noción de intelectual, siento que en este mismo momento ha sufrido un cambio de 180 grados. La producción de ideas en América Latina ha pasado desde lo que suelo denominar paradigmas epistémicos individualistas de “arriba hacia abajo”, a formas colectivas y democráticas de generación de conocimientos de “abajo hacia arriba”. Se pasa de los grandes pensadores o tanques de pensamiento a procesos de generación de ideas que emergen de procesos de resistencia social donde se buscan soluciones a los grandes problemas que aquejan a nuestros pueblos y ecosistemas. En el primer patrón intelectual existe cierta noción de clarividencia sobre qué hacer en las sociedades. En los procesos epistémicos colectivos, en cambio, el pensamiento surge de la interacción entre la lucha política y social.

En Ecuador, como en América Latina, el proyecto neoliberal perdió prestigio a nivel nacional y regional, por sus desastrosos efectos sociales. A la par de las movilizaciones sociales, surgieron nuevos debates intelectuales en los que nos formamos las generaciones recientes.

René Ramírez Gallegos

Soy una persona con formación interdisciplinaria en economía (Ecuador), finanzas (Ecuador), gobierno y asuntos públicos (México), estadística (Estados Unidos), desarrollo económico (Holanda), sociología (Portugal); y también he sido parte de un proceso político de emergencia social que disputó el gobierno del Estado e interpeló al neoliberalismo buscando alternativas de convivencia social. Me considero parte de ese general intellect, de ese intelecto social colectivo que ha resistido y resiste generando ideas y praxis para disputar la transformación social.

En el Estado fui, en distintos momentos, ministro/secretario de las carteras de Planificación y Desarrollo y luego de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación; y además pude presidir el Consejo de Estado de Educación Superior. Al ser el Estado el espacio, por antonomasia, de lucha por el poder, el tránsito por este me dejó claro que sin disputarlo difícilmente se puede buscar transformar la sociedad.

No obstante, fue evidente también que tal cambio implica no solo tener voluntad política de poner en marcha políticas públicas alternativas en beneficio de las grandes mayorías sin dejarse cooptar por grupos de interés, sino también conlleva la propia necesidad de transformar al mismo Estado si lo que se quiere es romper con la correlación de fuerzas que imperan en la lógica neoliberal. Si bien sin Estado no se puede transformar la sociedad, tampoco es posible generar cambio social sin trastocar la lógica estatal neoliberal.

El Buen Vivir o Sumak Kawsay, derivado de las cosmovisiones de los pueblos andinos, es una propuesta clave, opuesta a la noción convencional de desarrollo, e incorporada por la Constitución ecuatoriana de 2008 sobre la que tú y diversos intelectuales de la región, como Alberto Acosta o Eduardo Gudynas, han escrito varias reflexiones. Hoy en día, numerosas universidades y think tanks en América Latina, América del Norte y Europa debaten el concepto, e incluso se discute en países asiáticos como China y Filipinas. ¿Cuál es el significado e importancia del buen vivir? ¿Es posible, por ejemplo, conciliar buen vivir y desarrollo, buen vivir y socialismo o estamos hablando de algo diferente?

Existen muchos debates sobre el concepto de buen vivir. En el debate académico se suele generar tipologías con varias corrientes como la indigenista, la socialista, la estatista, la ecologista, la posdesarrollista, la feminista, etc. Personalmente no comparto tales divisiones. Porque la lógica de dominación del neoliberalismo indujo a la fragmentación bajo los discursos de la diferencia, que se tradujo en la sectarización de las luchas sociales. Una vez que la izquierda recupera terreno electoral con el giro de los gobiernos progresistas en América Latina, pasamos a un nuevo momento estratégico: por eso prefiero colocar el acento en lo que nos une antes que en lo que nos divide. Más allá de la caracterización de cada una de estas perspectivas sobre el buen vivir, defiendo aquellas que están inscritas en el marco de procesos históricos y democráticos concretos y que nacen de luchas sociales.

En el caso de Ecuador, defiendo aquella que, haciendo el vínculo con la anterior respuesta, fue definida por un intelecto social colectivo en el proceso constituyente, y quedó plasmada en la Constitución de la República del 2008. El concepto del Buen Vivir o Sumak Kawsay no puede pensarse por fuera del proceso democrático. Tal propuesta, claro está, recoge la visión indígena, pero también la de los movimientos feministas, ecologistas, de estudiantes, trabajadores, campesinos; esto dio como resultado un pacto de convivencia que trasciende a la mirada lineal occidental y hegemónica del desarrollo, de la modernidad capitalista o del mismo socialismo en su versión “clásica”.

Tanto las estrategias del desarrollo capitalista como las del desarrollo socialista suponían que el valor era de carácter económico: en un caso se trata de la acumulación, en el otro del trabajo vivo. Por eso los neoliberales propugnan el crecimiento a través del libre mercado, en tanto que los socialistas defienden la justicia redistributiva en marcos regulatorios estatales. En cierto sentido, podemos entender que se trata de lógicas funcionales de una misma dinámica: la explotación solo se puede sostener bajo la premisa de cierto grado de bienestar.

Por el contrario, el buen vivir, tal como se encuentra inscrito en la promesa constitucional, trastoca el sentido del valor: que se reivindica primero en la vida misma. Y de ahí se definen una serie de complementariedades que aluden al régimen del buen vivir en una diversidad de derechos que involucran ámbitos económicos, políticos, culturales, ambientales, etc. Se trata de un cambio paradigmático fundamental, y aún estamos en deuda para reflexionar sobre las implicaciones y resonancias de este cambio.

En un momento histórico en que las narrativas hegemónicas señalan que no hay alternativas, en Nuestra América se generan proyectos sociales que proponen una ruptura epistémica social que invita a repensar el mismo sentido de las vidas (la del ser humano y la de la naturaleza) y de la historia con una perspectiva intergeneracional. La crisis de civilización que vive el mundo es producto del modelo de desarrollo capitalista. La utopía y la ucronía propuestas por la comunidad política llamada Ecuador o Bolivia plantean alternativas de convivencia que, en su conjunto, son salidas concretas a la crisis de civilización que vive el mundo. Suelo decir que el mundo no necesita alternativas de desarrollo sino alternativas al desarrollo; y el buen vivir es una de estas.

A inicios del 2020, en el contexto de la pandemia de Covid-19 y de la emergencia global climática, personalidades como Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), admitieron que las estrategias de desarrollo seguidas por la región estaban agotadas y que era necesario realizar un cambio de paradigma en nuestro modelo de desarrollo. Considerando estas premisas, ¿tiene sentido todavía hablar de desarrollo? ¿Cómo podemos definir el desarrollo hoy y cuál es el papel de la educación y de la producción de saberes en este proceso?

Es indispensable pensar nuevas formas de vivir, individualmente y en sociedad, en el marco de una convivencia armónica con la naturaleza. Lo que tenemos que tener claro es la estrategia del “mientras tanto”. Existen miradas que consideran el buen vivir como un paradigma posmaterial en sociedades que tienen todavía muchas necesidades insatisfechas. Por más buenas intenciones que tengan tales posiciones, niegan de facto la posibilidad de construir otros futuros al creer que sin cambiar la correlación de fuerzas se puede construir otro mundo.

No creo que en el propio capitalismo está la semilla de su propia destrucción. El capitalismo ha demostrado que es muy “ecológico”. Se recicla fácilmente a sus críticas y genera procesos de internalización dentro de su modelo de los problemas que crea y ficticiamente propone la narrativa de superación. Vivimos en el desarrollo capitalista y si bien el sentido del buen vivir deja ver que existe luz al final del túnel (hace poco tiempo no había alternativas y todo era oscuridad), tenemos que pensar la gran transición para la gran transformación (la sociedad del buen vivir).

En este marco, no se puede dejar de hablar de desarrollo. No se puede abandonar hablar de las luchas de poder que se dan en el interior del capitalismo. Sin tener claro el funcionamiento del desarrollo y sin buscar qué hacer en el “mientras tanto”, difícilmente nos podremos mover un centímetro en el túnel; e incluso pueden suceder procesos de retroceso que oscurecerían nuevamente el punto luminoso al final del túnel. No alcanza con hablar del horizonte utópico.

Un medio eficaz para generar tal tránsito es la educación. El paradigma actual de educación y de producción, distribución y apropiación de conocimientos es un medio eficaz para mantener el statu quo. He podido demostrar que el sistema actual de educación genera la semilla del espíritu del capitalismo. No obstante, esto no implica que la forma y fondo de la educación no pueda modificarse para generar otros valores sociales. Necesitamos un cambio en la matriz cognitiva que permita generar nuevos sentidos sobre el valor social, que a su vez permita modificar el sentido de la vida, la reproducción de la vida y la convivencia social y con la naturaleza.

El ciclo progresista latinoamericano se caracterizó por una mayor presencia del Estado y por el aumento de la inversión social y la creación de políticas públicas, entre otros elementos. Tales acciones permitieron la reducción de la pobreza y de las desigualdades sociales en la región. Sin embargo, este proceso fue financiado con la profundización del modelo de desarrollo de carácter extractivista, basado en el crecimiento económico mediante la explotación de los recursos naturales. Como muestran la experiencia de Brasil, Ecuador, Argentina o Bolivia, la profundización de este modelo tuvo lugar en medio de crecientes conflictos socioambientales y de la oposición de los pueblos indígenas, diversos sectores ecologistas y movimientos sociales. Las críticas de estos sectores hacia el progresismo son multidimensionales y han llegado a rechazar el apoyo a las candidaturas políticas de esta tendencia. La división en las elecciones presidenciales ecuatorianas de 2021 entre, por un lado, Andrés Arauz, representante de la Revolución Ciudadana y candidato del progresismo y, por otro, Yaku Pérez, candidato de Pachakutik, representante del movimiento indígena y de diversos sectores sociales antes aliados del progresismo, es un ejemplo emblemático de este proceso. ¿Por qué se produjo esta división? A pesar de la posición periférica de la región y de los límites de actuación de nuestros países ¿es posible pensar en la reconciliación entre progresismo y ambientalismo en América Latina? Autoras como Maristella Svampa hablan, por ejemplo, de la necesidad de promover transiciones ecosociales frente al colapso ecológico.

Sin duda, o se cambia el “modelo” o el colapso ecológico llegará más temprano que tarde. Ahora bien, creo que Maristella Svampa se olvida del componente más importante: las relaciones de poder.[1] A su vez, desde la perspectiva programática, la propuesta creo que adolece de viabilidad económica intertemporal real. Plantea cinco temas: un Ingreso Universal Ciudadano, una Reforma tributaria progresiva, la suspensión del pago de la Deuda Externa, un Sistema nacional de cuidados y una apuesta seria y radical a la Transición socioecológica. Sus propuestas implican grandes cantidades de dinero que deben ser sostenibles en el tiempo; es decir, no se puede pensar la transición para la transformación si la transición no es viable económicamente. Las dos propuestas económicas tienen que ver con redistribución (impuestos y deuda), lo cual es correcto, pero no habla nada del modelo de acumulación; es decir, de la distribución y lo que implica políticamente tal transformación estructural. El olvido de la política real está claro. La sostenibilidad del ingreso universal ciudadano, del sistema nacional de los cuidados o la misma transición socio-ecológica no pueden financiarse solo con redistribución. Se debe pensar en el mismo modo de acumulación que haga crecer al pastel para hacer sostenible la transición, lo cual implica un análisis de economía política. Salir de los combustibles fósiles no implica salir de la lógica capitalista. Actualmente, al analizar la economía política del litio, ya se habla de la “acumulación por desfosilización” en el triángulo Argentina, Chile, Bolivia[2]. La propuesta de caminar hacia la agroecología, sin duda, es fundamental en la transición socioecológica.

Por otra parte, es necesario señalar que la reducción de la pobreza, la desigualdad y la democratización de derechos no fueron solo financiadas con extractivismo. La economía política detrás de estos resultados es mucho más compleja. Por ejemplo, en Ecuador la participación del petróleo en el presupuesto del Estado cayó drásticamente porque subió la participación de ingresos corrientes provenientes de reformas tributarias más progresivas. Por otra parte, luego de una auditoría de la deuda estatal, se declaró tramos de ésta ilegítimos o ilegales, lo cual produjo un ahorro enorme para el Estado y esos recursos pudieron re-direccionarse al campo social para garantizar derechos. A su vez, la inversión pública, cuando se concretaron los proyectos generó ahorro al Estado. Por ejemplo, en Ecuador, se importaba energía sucia y se pasó a exportar energía limpia, lo cual permitió un cambio en la matriz energética, no solo en términos de oferta energética renovable (se realizaron catorce hidroeléctricas y un parque eólico, lo cual implicaría tener el 90% de oferta de energía limpia), sino que también significó un cambio en la estructura económica de casi dos puntos porcentuales en el PIB.

Los países de América Latina tienen 500 años de articulación subordinada al mercado mundial. A partir de los años sesenta y setenta, la división internacional del trabajo condicionó a la economía ecuatoriana a la exportación de materias primas fósiles bajas en valor agregado y a la importación de productos derivados altos en valor agregado, provocando una transferencia neta del valor nacional.

Es relativamente fácil para un intelectual escribir en el papel que el país no ha cambiado porque se mantienen, en el fondo, las estructuras del poder; pero es más difícil hacer política, involucrarse en la historia y tratar de enmendar el camino. Y lo que está torcido desde hace 500 años no se puede enderezar en diez.

Por otra parte, Svampa suele señalar que los gobiernos denominados progresistas redujeron la pobreza, pero no la desigualdad y, para demostrarlo, selecciona los años 2012 al 2015. Esto es sesgar el análisis.[3] Es algo que dista mucho de la verdad. Si uno mira los datos, por ejemplo, del último Informe Regional de Desarrollo Humano de 2021, puede ver que el coeficiente de Gini de los ingresos en la región se redujo de .523 en el 2000 a .463 en el 2015. Si se toma el período 2012 al 2015 se nota un estancamiento de la caída, pero de todas maneras pasa de .47 a .463. Claro, no es lo mismo lo que sucedió en México que lo que sucedió en Bolivia o Ecuador. Ahora bien, qué sucedió con respecto a la distribución de la riqueza vista como patrimonio. Los datos de riqueza neta de los hogares difieren entre los países de la región. Por ejemplo, en el caso del Ecuador, la participación de la riqueza en el período 2007-2017 en que gobernó el presidente Rafael Correa cayó 5 puntos porcentuales según los datos del World Inequality Data Base. Con los mismos datos, en Bolivia se evidencia una tendencia a la caída también en el gobierno de Evo Morales, pero en Colombia o México se aprecia un crecimiento sistemático durante el siglo XXI. ¿Por qué enfatizo esto? Porque este tipo de análisis genera una falsa disyuntiva entre redistribución y sostenibilidad que es necesario romper, y que busca construir un sentido común de que los gobiernos progresistas generaron mayor desigualdad con su modelo económico neo-extractivista. Creo que nadie en su sano juicio tiene como horizonte el extractivismo. No obstante, las críticas desde cierta intelectualidad izquierdista, que se supone radical, es síntoma de otro problema más profundo: la división interna y externa de las izquierdas (que es la causa principal de la derrota del campo progresista en Ecuador, hoy gobernado por el capital financiero). La defensa de los “nulos ideológicos” de cierta izquierda permitió que lleguen al gobierno Mauricio Macri o Guillermo Lasso.

Ahora bien, no hay que olvidar que el mismo boom de las commodities probablemente no hubiese tenido tanto impacto en temas redistributivos sino se hubiese actuado con soberanía con respecto a asumirlos como patrimonio del pueblo y cambiar las condiciones de la relación Estado y capital internacional. El ejemplo más claro fue Bolivia, en donde hubo procesos de nacionalización. En el caso de Ecuador, se puede demostrar que, sin procesos de renegociación de contratos a favor de recibir mayor participación estatal, el impacto del incremento de los precios del petróleo no hubiese generado casi ningún recurso adicional para el Estado, lo cual hubiese negado o menguado la posibilidad de redistribución y democratización de derechos. La soberanía también es eficiencia.

Lo señalado me lleva a poder responder dos preguntas importantes en el debate: a) ¿La acumulación que obtuvieron de la explotación de recursos naturales los gobiernos progresistas sirvió para la redistribución de ingresos y democratización de derechos? Claramente, sí. En los gobiernos progresistas hubo una clara reducción de la pobreza, la desigualdad y la cobertura de derechos sociales. Y, b) ¿Los recursos que obtuvieron se destinaron para un cambio en la matriz productiva (modo de producción)? Desde mi punto de vista, no lo suficiente, e incluso en ciertos países ni siquiera se discutió esta necesidad de cambio.

Suelo decir que el problema de la región no es solo ser primario-exportadora, sino sobre todo ser “secundario-importadora de tecnología industrial y terciario-importadora de conocimiento”. Más aún en un mundo que cada vez enfatiza más el valor de cambio en la producción de bienes inmateriales dentro del mercado mundial. Aquí se produce un extractivismo al que todos debemos ponerle más atención. Me refiero al extractivismo infocognitivo que genera una dependencia de la mentefactura. En esta esfera, por ejemplo, era necesario atacar drásticamente el rentismo parasitario del sector importador y financiero, e invertir más agresivamente en talento humano, ciencia, tecnología e innovación. Si bien creo que faltó agresividad en este segundo componente, también creo que cualquier país que se ha desarrollado a nivel mundial ha necesitado mayor tiempo del que tuvieron los gobiernos progresistas en la primera ola.

Creo que faltó creatividad y/o voluntad política para buscar alternativas que den cuenta de la transición hacia otro patrón de especialización. Claramente, en una segunda ola se debe hacer un pacto territorial para la transición, en el cual no se exploten los recursos naturales en territorios megadiversos, sensibles en términos ecológicos y/o donde habitan pueblos originarios. Esto ya sería un cambio cualitativo de fondo porque implicaría un trastocamiento en la subjetividad del valor de la no acumulación o en el proceso de desvalorización de la acumulación.

Así, por ejemplo, contrariamente a la perspectiva de acumulación del capital, en su esencia, la iniciativa Yasuní ITT justamente proponía valorar la “no acumulación”, al dejar intacto el patrimonio natural como está, sin explotar el petróleo bajo tierra. En esta otra lógica, el mayor valor de la iniciativa se conseguirá cuando el país y el mundo reconozcan el valor de no hacer nada (dejar intacto el parque o los parques naturales); porque esto implicará reconocer el significado de un bien mundial, público y común, así como el valor de la naturaleza, el valor de una acción colectiva global, el valor que tiene también la “no acumulación”, y el valor igual que tuvo y tiene la vida (la Pachamama) ayer, la vida hoy y la vida mañana. En el caso del Ecuador, sería un suicidio ecológico y político ampliar la frontera petrolera, por ejemplo, en el Yasuní ITT, uno de los territorios más megadiversos del mundo.

En el marco de la relación con el movimiento indígena y Pachakutik (PK) hay que marcar algunos puntos. Lo primero que quisiera señalar es que no debemos olvidar que, en las elecciones del 2017, Yaku Pérez apoyó en la segunda vuelta al banquero Guillermo Lasso y que Pachakutik (PK) cogobernó con Lenin Moreno. PK apoyó sistemáticamente las leyes que propuso el anterior presidente Moreno e incluso hasta el 2019 tuvo líderes como ministros de gobierno. Aquí es necesario saber que no es lo mismo la CONAIE (movimiento social) que el movimiento político (PK). En Ecuador es conocido que hubo una ruptura parcial entre PK y la CONAIE. Estoy convencido de que si en las últimas elecciones hubiese habido una real articulación entre el movimiento social indígena (CONAIE) y su brazo político (Pachakutik), Yaku Pérez hubiese pasado a la segunda vuelta. Yaku Pérez hizo un proceso electoral a espaldas de sus bases. Siento que al asumir Leonidas Iza la presidencia de la CONAIE se puede volver a pensar un PK coherente con los destinos de las grandes mayorías que permita una articulación con el campo progresista.

Bajo lo expuesto, es necesario pensar una real propuesta política que permita generar “otro tipo de acumulación” (la cual incluye incluso la “no acumulación” como horizonte). No obstante, siendo responsables, debemos tener claro que esa otra acumulación implica y requiere que exista mucha acumulación el día de hoy (obviamente con fines eco-sociales). Esto no le suele gustar a cierta izquierda. Así como es necesario abandonar el extractivismo, debemos tener claro que vivimos dentro del capitalismo y si bien el horizonte es superarlo también, lo importante es pensar la “gran transición” para esa “gran transformación”: la sociedad del buen vivir. No pensar el puente temporal político es escribir ciencia ficción, cuando lo que requerimos son transformaciones estructurales.

Aquí es fundamental que la izquierda piense en frentes globales de lucha: tenemos que dejar los sectarismos aparte. Tanto los nacionalismos exclusivistas como las reivindicaciones de la diferencia a ultranza nos dividen, y así no podemos luchar por la hegemonía. En el último año, bajo las condiciones de pandemia, vemos dos tendencias de Estado deslegitimado: el Estado liberal mínimo en que prima el anarquismo individualista y resulta imposible reivindicar la solidaridad para la salud social; y el Estado autoritario donde se controla la pandemia pero al costo de las libertades individuales. Por otra parte, la cuestión de las vacunas y el fracaso de la COP26 nos muestran algo más: no basta con las fronteras del Estado-nación para tomar decisiones sobre bienes comunes globales. Necesitamos un nuevo cosmopolitismo progresista: el Estado ya no es centro de mando, sino un nodo en articulaciones más complejas. La recuperación de la agenda de integración regional resulta prioridad “A1”.

No me cabe la menor duda de que el pacto político implica la convergencia de las luchas entre movimientos sociales y de estos con los proyectos políticos populares. Esto claramente, desde mi punto de vista, debería implicar para Ecuador una fórmula de alianza entre todos los movimientos sociales, incluido el movimiento indígena, y la Revolución Ciudadana (y, otros partidos de izquierda). No entender esto es no pensar en el bloque histórico organizado que se necesita para hacer una real transición que permita una transformación en las estructuras de poder.

Como ex Secretario de Ciencia, Tecnlogía y Educación Superior de Ecuador promoviste diversas transformaciones que, debido a su magnitud, fueron definidas como radicales por medios de comunicación como el New York Times.  Además, tu producción académica es extensa e incluye diversas críticas al extractivismo infocognitivo, así como propuestas de transformación de las Universidades y la creación de una economía social de los conocimientos. ¿Podrías extractivismo infocognitivo, así como propuestas de transformación de las Universidades y la creación de una economía social de los conocimientos. ¿Podrías explicarnos en qué consisten estas propuestas y cuál es la posibilidad de implementarlas en una región como América Latina?

El capitalismo está viviendo una transición: del capitalismo industrial al capitalismo cognitivo. Ambos en el marco de la financiarización de la economía global. La forma de remediar la tasa decreciente de ganancia del capital es volver a una ganancia por transferencia rentista (transferencia de valor sin generación de valor), abandonando la acumulación basada en el plusvalor. Adquiere relevancia lo inmaterial (conocimiento, innovación, cultura, diseño, marketing, etc.). Para que tal tránsito sea posible, se genera una institucionalidad que permita la apropiación de esta inmaterialidad a escala global.

En este marco, se genera un sistema de gobierno de la ciencia, la tecnología y la innovación funcional al sistema capitalista, a través principalmente de generar escasez ficticia de los conocimientos por medio de los sistemas de propiedad intelectual y su vínculo con los sistemas financieros. Esto produce lo que en la literatura se ha denominado la tragedia de los anticomunes: la híper- mercantilización/privatización de los conocimientos genera un sub-uso, una sub-democratización de los mismos.

Esto afecta incluso la agenda de investigación, la cual deja de tener prioridades sociales y se aboca a tener una mirada vinculada al mercado. La universidad es un actor central dentro de este proceso. Los fenómenos descritos afectan a la autonomía universitaria y generan círculos heterónomos con respecto al mercado.

La Economía Social de los conocimientos (ESC) intenta ir más allá del sentido del capitalismo cognitivo, reconociendo el valor estratégico que tienen los conocimientos, las artes, los saberes ancestrales, la innovación y su desarrollo tecnológico. Si el capitalismo crea ficticiamente la escasez del conocimiento para generar procesos rentistas, la ESC busca recuperar los sentidos públicos y comunes de los mismos.

No es suficiente defender exclusivamente la construcción de una universidad pública, gratuita y masiva sin tocar el gobierno de los conocimientos en su conjunto. Tal perspectiva implica articular un sistema de gobierno de los conocimientos con fines sociales, que cambie la función social de la ciencia y los conocimientos poniendo en el centro la vida, la paz, la democracia, la sostenibilidad ambiental, la justicia intergeneracional.

En Ecuador, se recuperó constitucionalmente la gratuidad en la educación superior, caminando a contracorriente de lo que vivía el mundo en el siglo XXI; se duplicó la inversión en el campo de la educación superior al pasar del 1 al 2% del PIB; se eliminó la precarización laboral de los académicos e investigadores, entre otros asuntos; también se buscó la construcción de un marco normativo que recupere el sentido público y común de los conocimientos.

Luego de un proceso colectivo a través de legislación colaborativa (wiki legislación) que tuvo más de tres millones de visitas y alrededor de cuarenta mil ediciones, se envió a la Asamblea el Código de “Economía Social de los Conocimientos, la creatividad y la innovación”, cuyo principio central es volver a recuperar el carácter público y común de los conocimientos, generar igualdad y equidad epistémica, y democratizar la apropiación de los conocimientos para que el usufructo sea colectivo. En esta misma propuesta también se castiga la biopiratería a través de la protección de los recursos genéticos, se protege los saberes ancestrales y se reconoce la pluralidad de propiedades intelectuales que pueden darse en el sistema por la pluralidad de economías que de facto existen en la sociedad.

Como decíamos, el problema de América Latina no solo es que sea primario-exportadora en su núcleo, sino además que no es soberana en términos cognitivos. La expropiación de la vida se da no solo al extraer recursos de la naturaleza sino de cada minuto de la vida humana. Tal expropiación ya no solo tiene que ver con el trabajo sino que ha invadido todas las esferas y momentos de la vida.

Este capitalismo cognitivo viene acompañado de un colonialismo digital en donde los ciudadanos del mundo siembran y hacen que florezca el valor que luego es apropiado por grandes transnacionales que monopolizan las carreteras por donde circula y se almacena la información; son las que transforman esa información en conocimiento que luego es vendido a las periferias del mundo. Este sistema está generando nuevas formas de explotación, precarización laboral y alienación social. En este marco, la economía social de los conocimientos es una propuesta alternativa para pasar de la tragedia a la virtud de los comunes, la cual también debe ser en el marco de construcción de bloques regionales del Sur global.

La experiencia ecuatoriana de la Revolución Ciudadana, liderada por el expresidente Rafael Correa en el período 2007-2017, ha sido uno de los ejemplos más destacados del ciclo progresista latinoamericano. A distancia de algunos años ¿podrías evaluar cuáles fueron los principales aciertos y logros de esta experiencia, pero también sus contradicciones y límites? ¿Hay algo que se hubiera podido hacer de manera diferente?

Más allá de la mejora social (reducción de pobreza y desigualdad) y de haber apostado por la gente (salud, educación, becas, etc.), el principal acierto fue recuperar la autoestima, la esperanza, la dignidad y la soberanía de nuestro pueblo. Cae perfecto un tuit que leí hace poco: “Debemos recordar que el

objetivo ideológico oligarca es que agradezcas que te exploten, que aplaudas cuando te humillan y que aceptes que ellos tienen la razón”. Esa filosofía se rompió luego del paso de gobiernos democráticos por la región. Es por eso que mientras bajo el neoliberalismo había alternancia sin alternativas, ahora hay alternativas, y la sociedad está tomando definiciones sobre en qué tipo de

sociedad quiere vivir.

Otro logro igual de importante está relacionado al concepto de “democracia”: los cambios que se realizaron se han hecho en democracia y en paz. La democracia es la principal vacuna al neoliberalismo. Pero debe quedar claro que esto no habría sido posible sin el nuevo pacto de convivencia social aprobado en 2008: la nueva Constitución de la República del Ecuador. La construcción de un proyecto social colectivo que todavía es hoja de ruta del proceso político es sin duda uno de los mayores aciertos de los diez años de la Revolución Ciudadana (RC).

Por su propio devenir desde un proceso constituyente, la RC es uno de los procesos con mayores innovaciones institucionales, y en términos de derechos y modelos de Estado, decantados en planificación y políticas públicas.

Ahora bien, algo que sin duda se debió haber trabajado más a profundidad es la construcción del poder popular. El movimiento Alianza País tuvo como centro ganar elecciones y dejó a un lado la construcción de bases populares. La capacidad de organización o movilización, hoy en día, es muy baja justamente por tal ausencia. En este marco, creo que la ausencia de trabajo colectivo con los movimientos sociales durante el ejercicio de gobierno, sin duda, fue algo negativo. Tal acercamiento hubiese permitido escuchar para tener una agenda progresista en asuntos vitales ligados a procesos decoloniales, ecológicos o antipatriarcales.

Siempre he creído que sin disputar el gobierno del Estado no se pueden hacer cambios profundos y masivos. Empero, en democracia, el gobierno del Estado es efímero y lo que trasciende son las organizaciones sociales que luchan por construir sentidos no solo subalternos sino contrahegemónicos.

Finalmente, siento que fue necesario profundizar más sobre el debate del Estado y la democracia.

El diseño institucional del Estado y su falso equilibrio de poderes debe ser repensado porque son el instrumento institucionalizado que está matando a la democracia. Es a través de este diseño institucional que se están generando lo que denomino “dictaduras democráticas”: se realizan golpes institucionales a través de los sistemas legislativos o judiciales, en contubernio con los medios de comunicación oligopólicos y privados. El diseño institucional de Estado de la democracia liberal está ahogando a la misma democracia. Superar tal problema implica separar la intromisión de grupos oligopólicos parasitarios dentro del Estado. Pueden existir algunas alternativas en diseños institucionales, pero lo que debe quedar claro es que la separación mencionada no debe depender de la voluntad individual de quién gana las elecciones. Los principios ético-normativos del (neo)liberalismo son solipsistas, atomizantes, individualizantes; y, en esta dirección, utilitaristas en beneficio propio. Con este marco normativo es imposible realizar la democracia como poder popular porque simplemente no tienes posibilidad de pensar, actuar ni proyectar la comunidad política…

Frente a los crecientes desafíos que enfrenta América Latina a nivel económico, político, social y ambiental ¿cuáles son las tareas pendientes del progresismo latinoamericano?

No sé si lo que voy a mencionar es consecuencia del error, de la omisión, o se debe a la imposibilidad histórica de hacerlo. Los gobiernos progresistas “solo” se preocuparon de la redistribución y no de la distribución. Las praxis de derecha no toman en cuenta la desigualdad. La izquierda ha contemplado la reducción de la pobreza, pero en el marco de la reducción de la desigualdad. No obstante, no se preocupó o no pudo hacer el cambio en la estructura del poder real: la estructura productiva y de propiedad. De hecho, la región ha vivido (casi en su mayoría) un proceso de profundización de su estructura extractiva primario-exportadora y secundario-importadora.

Claro que el Estado obtuvo más rentas al recuperar soberanía en sectores estratégicos (ej.: renegociando contratos petroleros o modificando la matriz energética), lo que permitió justamente financiar inversión pública para democratizar derechos, pero en el marco de una misma estructura productiva que genera muy poco valor agregado. No obstante, debe quedar claro que en muchos casos tal situación de inercia en el campo productivo se ha debido a la falta de posibilidades reales para hacerlo o de tiempo de gobierno para concretarlo.

En otros lugares, se creyó que con política macroeconómica se iba a trastocar la economía política en los aparatos productivos y, obviamente, se olvidaron de la parte “política” de las políticas públicas. El impacto social hubiese sido mucho mayor si hubiésemos sido capaces de trastocar el patrón de especialización productivo.

El lado más vulnerable que tiene la economía ecuatoriana es el frente externo (la balanza de pagos), que paradójicamente es el sector que más concentra riqueza de la economía y, en el marco de las relaciones de poder, el que menos ha cambiado su estructura. Sin duda, el parasitismo rentista importador es uno de los sectores que más daño han hecho a nuestras economías. El cambio de correlación de fuerzas implica pensar cómo empoderar al pueblo de tal forma que se genere otra forma de organización productiva y de propiedad.

¿Volverías a formar parte de un futuro gobierno progresista? Si es así, ¿en qué áreas quisieras actuar y qué cambios te gustaría impulsar?

Siento que el tema hoy en día no es llegar al poder del gobierno del Estado (sin duda fundamental). Es construir una agenda que no se base en ser “anti” algo (capitalismo, neoliberalismo, imperialismo) sino “pro” proyecto emancipador. Esta agenda tiene que romper con esa lógica según la cual solo ganan elecciones los gobiernos populares cuando la derecha deja “territorios arrasados” con altos niveles de desempleo, de pobreza, de desigualdad.

En los últimos años he venido trabajando en cómo pensar la vida buena en función del tiempo. El próximo año saldrá mi libro La vida y el tiempo. Apuntes para una teoría ucrónica de la vida buena a partir de la historia reciente del Ecuador, en donde propongo como agenda central analizar la sociedad, la economía y la ecología en función de la vida buena, ligada ésta al tiempo para la vida buena.

El capitalismo tiene claro que su valor está en el tiempo (ya no solo de trabajo) y en generar nuevos espacios de colonización como es la virtualidad, la digitalidad o ahora el “metaverso” (realidad virtual). Es claro que todo orden social implica un orden temporal. Si el saber valioso está en el general intellect, que en el caso del Ecuador planteó que sea el buen vivir, necesitamos marcos epistémicos y metodológicos que acompañen la consecución de tal constructo. La sociedad del buen vivir plantea un nuevo orden social; es una nueva utopía, para la cual se requiere un nuevo orden temporal, una nueva ucronía. Esto conlleva a pensar una nueva teoría del valor cuyo centro sea la vida y no cualquier tipo de vida, sino una vida buena.

El tiempo es un gran proxy de la vida, porque “a quien entregas tu vida, entregas tu tiempo”, y “quien se queda con tu vida, se queda con tu tiempo”. La pandemia ilustra con claridad cómo cambios estructurales afectan los órdenes temporales. En el mismo sentido, nuevos órdenes temporales (tanto en términos de cronos y de kairos) son mecanismos para disputar nuevos órdenes sociales (en el caso del Ecuador, la sociedad del buen vivir). En ese sentido, la propuesta es cómo generar nuevas ucronías que, haciendo revisionismo histórico (relecturas del pasado), permitan intervenir en el aquí y en el ahora, para construir nuevos futuros. Tal propuesta implica incluso una revisión epistémica sobre el quehacer científico en donde se tiene que transcender a la perspectiva causal procedimental imperante.

Si bien el centro de lo que denomino la socioecología política de la vida buena o del tiempo para la vida buena piensa el futuro, tiene también otro objetivo: permitir la convergencia de las luchas sociales. El neoliberalismo, como lo señala Nancy Fraser al referirse al movimiento de mujeres, rompió la articulación entre redistribución y reconocimiento y generó la era de las políticas culturales o identitarias. Es necesario recuperar la convergencia de las luchas, del feminismo, de los trabajadores, del ecologismo, etc. Esto implica que converjan los principios de distribución, reconocimiento y sostenibilidad.

Las luchas de resistencias sociales que han sucedido en la historia se pueden analizar como grandes luchas por el tiempo, su sentido y la búsqueda de una convivencia armónica de las múltiples temporalidades que co-existen en una comunidad política específica. Así, por ejemplo: la lucha de los trabajadores ha sido no solo para que nadie explote o se apropie del tiempo del trabajador sino para que el tiempo de trabajo no sea un tiempo precarizado o alienado. Las luchas feministas han sido y son por una igual distribución del tiempo a lo largo de la vida, por la no existencia de tiempos violentos, de tiempos de miedo, o porque la sociedad tome en cuenta en igualdad de condiciones los tempos de los tiempos de ellas y de todos los géneros. Las luchas de los pueblos ancestrales son luchas para que sus múltiples temporalidades puedan vivir y convivir armónicamente entre todas las socialmente existentes. La lucha de los ambientalistas –en último término– es por la no separación del tiempo del espacio; es decir, que el tiempo antrópico pueda convivir con el tiempo de los ciclos ecológicos y biológicos garantizando una justicia intertemporal de las vidas (la humana y la no humana). La lucha de los migrantes o exiliados es por poder vivir armónicamente y a plenitud el tiempo de su espacio en otro espacio. Es necesario crear comunidad política con proyectos populares de orientación hegemónica. Sin la lucha unida de los movimientos sociales será muy difícil generar tal sentido.

En un contexto global de neoliberalismo autoritario y del crecimiento de nuevas derechas ¿cuál es tu opinión acerca de crecientes espacios de reflexión e intervención como las ONGs, los think tanks o los nuevos medios de comunicación? ¿Qué puede hacer la intelectualidad crítica y el pensamiento emancipatorio en esos espacios?

No me cabe duda de que el general intellect social está derrotando a la inteligencia artificial del marketing político. No es fortuito que Andrés Manuel López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, Luis Arce en Bolivia hayan ganado elecciones enfrentando las grandes billeteras que financiaban a las máquinas de troll centers que buscaban a través de la inteligencia artificial modificar comportamientos.

La victoria de tener un nuevo país (Chile) que discuta una Constitución es también ya una victoria. Boric lidera las encuestas al igual que Petro y Lula. La arremetida neoliberal fascista cada vez gasta más, pero se enfrenta a una sociedad que cada día tiene más conciencia crítica.

Esto no significa que las estrategias de la derecha no tengan impacto en buena parte de la sociedad o que se pueda revertir la tendencia. No es fortuito que sin tamiz alguno se escuchen con mayor frecuencia posturas racistas, patriarcales, clasistas al estilo Trump, Bolsonaro, Lasso, Milei.

Siento que no es momento para pensar encerrado en las cuatro paredes de los denominados tanques de pensamiento. Las ideas florecen en lo social. La intelectualidad crítica debe generar los puentes para cerrar las brechas entre una teoría sin calle y una calle sin marcos analíticos.

Ahora bien, esto no significa que también se esté pensando otro tipo de instrumentos que permitan construir sentidos comunes contrahegemónicos. Esta convivencia del intelecto colectivo que florece en las luchas sociales, en las movilizaciones, en las defensas de la democracia, debe estar acompañada de espacios que den la disputa cultural a través del arte y la recuperación de la vida lúdica en nuevas esferas de consumo masivo digital. Si no creamos plataformas alternativas y solo debatimos en Facebook o en Twitter la batalla está perdida; pero, claro está que, en el mientras tanto, no debemos abandonar la disputa de estas esferas.

Debemos construir nuevas plataformas populares. Netflix es el nuevo Hollywood cultural, y constituye un espacio estratégico de construcción de sentidos de la clase media y media alta. La industria cultural debe ser prioridad en la agenda de transformación.

Un ejemplo un tanto simple que se me viene a la mente es el juego de mesa del “monopolio socialista”, en donde no hay un solo ganador, sino que se gana o pierde colectivamente al administrar instituciones de interés común. Asimismo, debemos crear una industria cultural masiva acorde a la construcción de sentidos contrahegemónicos. Debemos construir nuestro “Choliwood” y nuestro “Minga-netflix”, pero no como repositorio de lo que se hace en el Sur global sino como industria cultural que disputa el sentido de las narrativas, del futuro en disputa y de la historia.

Esto a la par que se dispute la descentralización de las carreteras por donde viaja la información, así como los repositorios (nubes de datos), en el marco del respeto a la privacidad, la búsqueda de la verdad y la transparencia pública. Todo lo contrario a lo que es hoy en día la vida digital en el ciberespacio. Una vez más, la escala importa y debe ser agenda regional que vaya más allá de los Estados Nación, por lo que recuperar UNASUR y CELAC resulta prioridad.

Por fin, nos gustaría saber cuál es tu visión acerca del papel del intelectual, teniendo en consideración que la tesis de las dos “vocaciones” de Weber siempre retorna. ¿Cuál es el papel del intelectual en el siglo XXI, sobre todo en una región periférica y desigual como América Latina?

Como he querido sostener en las respuestas precedentes, presiento que hay un cambio paradigmático en el rol del intelectual en América Latina. Se dejó atrás la visión de la episteme individual para dar paso a la episteme colectiva en el ámbito social o político. La interacción colectiva en los espacios de resistencia genera una conciencia crítica que puede ser pasiva o activa. Los intelectuales colectivos deben interactuar para que florezca una resistencia creativa, una resistencia innovadora.

Usualmente se suele señalar que luego del boom de pensamiento latinoamericano que se dio en los años sesenta y setenta, hubo una crisis de pensamiento en la región que coincidió con la arremetida neoliberal. Viendo con perspectiva histórica, siento que tal mirada es muy arrogante y es parte de una praxis epistemicida que invisibiliza otro tipo de saberes.

En el momento cúspide neoliberal, no hubo crisis de pensamiento sino que éste se replegó en la resistencia y a través de la interacción social dio nacimiento a propuestas creativas que son hoy en día la principal fuente innovadora de pensamiento alternativo.

Conceptos tales como derechos de la naturaleza, ciudadanía universal, buen vivir y regímenes de buen vivir, Estado Plurinacional e Intercultural son conceptos que atacan problemas estructurales que aquejan a nuestros países y que incluso interpelan el modelo de desarrollo capitalista.

No se puede desasociar el cuerpo de la mente. La intelectualidad en Nuestra América hoy en día se construye en las marchas, en los exilios, en las protestas, en el arte callejero que interpela al sistema y que en tal interpelación permite concretar acción colectiva, narrativas, conceptos que dan esperanza a la sociedad y permiten que se expanda el presente porque es en el aquí y ahora que se defiende el futuro.

Notas

[1] Véase el texto de Svampa en: https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/el_futuro_despues_del_covid-19.pdf

[2] Ver “El fin del litio para América Latina o el excedente infecundo”. En Revista Tlatelolco, UNAM.

[3]  Véase el texto de Svampa en: https://revistacitrica.com/svampa-crisis-extincion-ser-humano.html

Por Editor