La necedad de la independencia del Banco Central

Carlos de la Torre Muñoz*|

Con la suscripción de un acuerdo con el FMI en meses pasados, en el Ecuador ha revivido el anhelo de la banca privada de nuevamente hacer del Banco Central del Ecuador (BCE) una entidad “independiente”.  Con la Constitución de Montecristi quedó definida la participación del BCE como una entidad integrada a la institucionalidad gubernamental responsable del manejo económico del país. De esta manera, la “independencia” del BCE respecto del gobierno, pero no de los intereses bancarios, llegó a su fin justificada plenamente por la particularidad monetaria que implica la dolarización, y por la evidencia contundente de su perversidad cuando al BCE le correspondió entregar ingentes sumas de dinero para sostener la quiebra bancaria masiva de 1999, generando así una inflación nunca vista y la pérdida posterior de la moneda nacional.

Hoy surge nuevamente esta trasnochada idea de “independizar” al BCE bajo la tesis falsa de un supuesto perjuicio a la economía nacional debido al financiamiento que esta entidad otorgó a la Caja Fiscal en años anteriores. Este argumento, popularizado en boca de añejos “analistas económicos” y algunos de sus descendientes más jóvenes, no es sino otra línea argumental sin base técnica en procura de alcanzar otra vez prebendas para ciertos sectores del poder económico local.

Desde una construcción teórica criolla, solo posible en la Mitad del Mundo, y sin ninguna evidencia empírica, estos “analistas” han venido de tiempo en tiempo acusando, con mentiras, que este financiamiento del BCE al gobierno se lo ha hecho desde las Reservas Internacionales, afectando así a la solvencia externa del Ecuador y a la propia dolarización. Sin entrar en detalles, con un poco de conocimiento de contabilidad bancaria y con información estadística oficial, se puede demostrar la falsedad de esta aseveración, la que se ha pretendido con algún éxito insertar en el imaginario colectivo.

A partir de esta falacia, la ley pomposamente llamada de “Fomento Productivo” y otras hierbas más, en agosto de 2018 suprimió la posibilidad de que el BCE pueda proporcionar financiamiento barato al gobierno, lo cual es un tiro en el pie a las posibilidades de un manejo económico técnico y responsable. Pero aun suprimido este importante instrumento, vigente y activo en muchos países del mundo, se insiste ya por dogma de fe en avanzar en la “independencia” del BCE.

En el plano técnico y formal, el concepto de independencia de la banca central aparece y se consolida a lo largo de los años ochenta del siglo pasado y se basa en las contribuciones de los Nobel 2004 Kydland y Prescott. En sus varios aportes, desarrollados principalmente en los setenta, plantean que la consecución de objetivos de largo plazo en la política económica se vería afectada por esfuerzos dirigidos a alcanzar objetivos de corto plazo que van apareciendo en el camino. Es decir, que la discrecionalidad en el manejo económico del corto plazo, así procure objetivos inmediatos socialmente adecuados, resulta en menores beneficios respecto de un manejo planificado y orientado hacia los objetivos de largo plazo. El factor determinante de este resultado inferior está dado por la falta de credibilidad de los agentes frente a un compromiso de cumplimiento de largo plazo.  De esta manera, el cumplimiento de los objetivos de largo plazo, y por tanto un mayor beneficio social, sería solo posible con un alto grado de credibilidad en los compromisos de las autoridades, lo cual se lograría sin discrecionalidad en el manejo económico, es decir, sin el establecimiento de objetivos de corto plazo sobre la marcha. 

Esto, en el ámbito de la política monetaria, y bajo el supuesto de que existen niveles importantes de inflación, se traduce en que los bancos centrales deben establecer objetivos inflacionarios específicos en el tiempo y dedicar todos sus esfuerzos, sin desviarse, para su consecución. Con ello, se generaría la credibilidad necesaria para que las expectativas racionales de los agentes contribuyan a que efectivamente se alcancen estos objetivos. De lo contrario, estas expectativas generarían comportamientos de los agentes que impedirían alcanzar los niveles inflacionarios establecidos.

En este contexto, una estrecha relación entre los bancos centrales y los gobiernos afectaría al éxito de la política monetaria en cuanto a alcanzar los objetivos inflacionarios. Esto se explicaría ya que los gobiernos, bajo lógicas clientelares propicias al incremento de gastos en períodos electorales, o por necesidades particulares de recursos en momentos de debilidad de las cajas fiscales, terminarían financiando sus requerimientos de dinero con préstamos de los bancos centrales. Este financiamiento resultaría en una mayor emisión monetaria no contemplada en el marco de las acciones definidas en función de los objetivos inflacionarios de largo plazo, los cuales terminarían incumpliéndose.

Adicionalmente, esta primera fundamentación teórica de la “independencia” de los bancos centrales, se complementa con el supuesto de que el dinero es “exógeno” en la economía y que la inflación es solo producto de la sobre emisión monetaria. El concepto de dinero “exógeno” significa que la cantidad de dinero en una economía, que es generada por su banco central, no tiene ninguna incidencia en la producción u otras variables reales como es el empleo. Asimismo, sostiene que ninguna variable macroeconómica determina la cantidad de dinero en una economía, la cual es solamente producto de la emisión que realiza su banco central.  

Esta idea muy favorecida por los economistas ortodoxos y santificada por el también premio Nobel Milton Friedman, pero empíricamente insostenible y ya caduca, tiene su origen en la denominada Teoría cuantitativa del dinero, primeramente expuesta como tal por Irving Fisher en su libro de 1911 “The Purchasing Power of Money”.

De esta manera, los bancos centrales solo deberían preocuparse de emitir la cantidad de dinero necesaria para cubrir la demanda de los agentes en función de las transacciones que realizan y del nivel de producción que la economía genera. Para ello, los bancos centrales deberían operar de forma totalmente autónoma e independiente de los demás componentes de la institucionalidad responsable del manejo económico de los países, garantizando así bajos niveles de inflación.

Sobre esta base teórica, en los noventa, en un entorno en el que la visión ortodoxa de la economía prevaleció en el mundo, y con los multilaterales que adoptaron este concepto de “independencia” de los bancos centrales como parte de su credo, muchos países, incluido el Ecuador, reformaron sus marcos normativos en esta dirección. Pero como ya se adelantó en líneas anteriores, en el caso ecuatoriano, esta “independencia” del BCE fue respecto del gobierno pero no de los intereses bancarios, al punto que en la misma conducción del entonces Instituto Emisor, participaban formalmente representantes de la banca privada.  

Con la “independencia” del BCE se alcanzaron los más altos niveles de inflación en la historia, se produjo la mayor crisis económica y financiera de todos los tiempos, se financió con dinero público la quiebra de la mitad del sistema financiero privado y se perdió la moneda nacional.

Ahora que nos vuelven a hablar de esta “independencia” solo basta contrastar su fundamentación teórica –nunca expuesta por los rancios “analistas económicos” criollos-, con la realidad de la economía ecuatoriana. Es así que el primer elemento que justificaría la “independencia” del BCE sería la necesidad de combatir la inflación, que en los hechos es casi irrelevante por sus muy reducidos niveles en dolarización. Seguidamente, la “independencia” de los bancos centrales los aislaría de presiones que puedan afectar su emisión monetaria, lo cual en el Ecuador dolarizado no aplica ya que el BCE no es emisor primario de dinero. Por último, toda la fundamentación teórica alrededor de la “independencia” de los bancos centrales corresponde a economías con moneda propia, situación que no aplica al caso ecuatoriano en el cual el banco central opera con características muy distintas a las de los bancos centrales convencionales.

Pero entonces, ¿para qué la tan aludida “independencia” del BCE? Llegar a la respuesta no es muy difícil luego de una década en que la banca privada exigía que el BCE cubra con sus Reservas Internacionales el 100% de los depósitos que este sector mantiene en la entidad. Si bien la ley lo establecía hasta la expedición del Código Orgánico Monetario y Financiero en septiembre de 2014, a la larga resultaba en otro mecanismo abusivo e inútil de aseguramiento de riesgos de privados con recursos públicos. Las Reservas Internacionales no son sino la liquidez generada por el BCE a partir de los depósitos que recibe del gobierno central, GAD, empresas públicas, seguridad social y sistema financiero público y privado.

Es decir, que en un caso de necesidad de retiro masivo e instantáneo por parte de los bancos privados de la totalidad de sus depósitos en el BCE –lo cual solo sucedería en una situación casi improbable de colapso total del sistema financiero nacional-, esta demanda de dinero se cubriría con los recursos de todos los demás depositantes. De esta manera, con la cobertura del 100% de los depósitos de la banca privada en el BCE con recursos de las Reservas Internacionales, se generaban restricciones importantes a los mecanismos de recirculación de la liquidez de la economía sobre la base de un hecho improbable -el colapso del sistema financiero-, al menos en años anteriores.

Ahora, de alcanzarse la “independencia” del BCE, lo que la banca privada procura es garantizarse una fuente importante de liquidez que le permita resistir cualquier situación adversa generada por posibles impactos macroeconómicos, y hasta por un manejo distendido de sus operaciones.  Lo primero resulta factible y ya es anticipado por los banqueros en el marco de las medidas contradictorias impuestas por el FMI. Es así que de llegar a concretarse un escenario muy negativo en la economía ecuatoriana, incluso con la posibilidad de una salida de la dolarización, la banca privada podría sostenerse en pie al tener acceso sin restricciones a los recursos de las Reservas Internacionales del BCE. Por eso es la necedad de banqueros y “analistas”.

*Exministro de Economía del Ecuador.