La perversidad del discurso mediático

Lucrecia Maldonado|

El video, grabado por un transeúnte, es elocuente: la reportera de los medios públicos le hace a un ciudadano una pregunta que es más una afirmación; lo único que el hombre tendría que hacer, si fuera obediente, es darle la razón. Pero como es un ser deliberante, no lo hace. Es más, pregunta el nombre a la reportera que, ofendida al no ser valorada en la majestad del cargo que ostenta, explica displicentemente: “¡Yo le estoy en-tre-vis-tan-do!”, como quien dice “Yo le estoy sal-van-do-la-vi-da”. Y cuando el hombre le explica el porqué de su actitud, ella se enoja, cierra el micrófono y apaga la cámara con cara de reina vilipendiada. Tal vez, en su obcecación, no advierte que ella también está siendo grabada y que en estos tiempos de redes sociales en pocos minutos el video podría dar la vuelta al mundo… o al Ecuador, lo cual ya sería suficiente.

Se supone que los comunicadores sociales (ese es el pomposo nombre que se dan, cuando antes se llamaban ‘periodistas’) deben ayudar a tender puentes entre la sociedad y los acontecimientos. Y hay una serie de cualidades que ellos mismos proclaman sin que les tiemble la voz o se les acelere un parpadeo: objetividad, imparcialidad, veracidad… Sin embargo, la realidad demuestra otra cosa.

Lo primero que llama la atención poderosamente es esa aura de infalibilidad pontificia de la que algunos se ufanan. ¿Por qué? ¿Por qué la opinión de un periodista tiene que ser más valiosa que la de un ciudadano? Incluso si fuera un analista político de verdad (porque, bien mirado, aparte del codeo con políticos que de una u otra forma los agasajan, cuántos han estudiado politología, sociología o aunque sea leído un par de libros sobre el tema para decir que tienen autoridad moral para pontificar) sus opiniones no se convertirían en realidades por el mero hecho de brotar de sus bocas. Diferenciar un hecho de una opinión es una destreza intelectual básica de cuya carencia se ufanan la mayoría de ‘politólogos’ a la fuerza que más bien son opinólogos a secas contratados por las emisoras de radio y canales de televisión a lo largo y ancho del país. Hay que oírles: el tono admonitorio, el hablar golpeado y enfático. Hay que verles: las cejas convergiendo en la base de la nariz porque están “¡in-dig-na-dos!!!” Pero no hay que creerles. ¿Acaso son más que usted o que yo? ¿Por qué?

Desde la más tierna infancia se nos ha inoculado la idea de que los medios de comunicación nos servían para estar ‘informados’, que una persona culta y educada debía leer los periódicos para saber lo que pasaba en el mundo y enterarse de lo que opinaban mentes ‘preclaras’ en relación con cualquier hecho de la vida, sobre todo política nacional o internacional. Sin embargo, y salvo excepciones, ya desde antiguo, las opiniones de los articulistas, así como las noticias iban siempre en el mismo sentido. No digamos que mintiendo abiertamente, sino ocultando arteramente lo que no les convenía, utilizando verbos ambiguos, olvidando los nombres de los detractores del sistema así como sus acciones.

Pero en estos días de paros y convulsión social, las reporteras y reporteros de medios públicos y privados hacen gala de una perversidad grosera, o de una grosería perversa, cuando sus entrevistados no dicen lo que ellas y ellos pretenden que deben decir, o lo que sus jefes les han indicado que deben decir para difundir en sus medios. La susodicha reportera mencionada al principio de esta nota se exaspera cuando es interpelada por su entrevistado, por otro lado un hombre ya de edad que habla pausada y respetuosamente, aunque con firmeza. Le cierra el micrófono en la cara, lo trata como a un infante, sin respeto ni consideración, poniendo cara de hastío y dando a entender que allí no podrá conseguir  nada. No es la única vez que lo hace, y tampoco es ella la única que lo hace, pues sin mencionar nombres ya desde hace tiempo uno de los más connotados ‘divos’ de la televisión se especializaba en no dejar hablar a sus entrevistados. Otros personajes también descalifican a quienes no repiten su libreto. Pretenden imponer sus ideas, cierran los micrófonos en la cara de quienes no replican sus discursos, interrumpen, hablan golpeado, son corteses hasta la lambisconería con aquellos con quienes están de acuerdo, y groseros y alevosos con aquellos con quienes disienten. No quieren tener Dios ni ley. La pregunta fundamental es: ¿qué corona tienen?